Y líbranos del mal


Cuando era pequeña me sentaba

un ‘señor’ en su regazo.


Su forma de sujetarme encima de sus piernas

me creaba inquietud y rechazo


Cada uno sabe

cómo se forjan los lazos afectivos

y sientes al lobo feroz

aunque nunca lo hayas visto,

porque el vello se eriza,

sin necesidad de que se presente

como la alimaña que es,

aun vestido con su traje de cordero

y cercano,

muy cercano a tu propio rebaño.

Es esa confianza tan bien alimentada,

la que te hace enmudecer.

No tengo criterio de adulto

para formar las frases,

ni para elaborar un discurso creíble, 

siquiera sé si esto puede ser digno de mención.

¡Quizás sea así el mundo de los adultos!

y como la buena educación que hemos recibido nos dice que a los mayores hay que respetarlos y darles un beso cuando llegan y, cuando se van y, obedecerles y,

que son muy buenas personas si te dan una propina y…

si esto se convierte en rutinario, puedes llamarle ‘tío’,

aunque no sea nada tuyo y tus padres son cada día más amigos de él y él más amigo tuyo.

Es el pan nuestro de cada día,

pero no queremos que nos lo des ‘señor’.

En la playa ... ya mayorcita, como se decía antes,

ya era una señorita, 15 años.

¡Qué contenta estaba mi madre porque unos primos

(su prima y su esposo) iban a venir a pasar una semana con nosotros en el apartamento que habíamos alquilado.

Siempre se habían portado tan bien con ella, que sentía que nunca podría saldar esa deuda.

Ese día el viento provocaba al mar y le hacía erizarse con grandes olas que nos invitaban a jugar con ellas, a lo loco.

Y es que, cuando participas de esa fiesta sientes la risa en todos los gestos de los que disfrutan contigo.

Pero algo se cruzó en la mente de aquel ‘señor’, que después de sujetarme dos veces e impulsarme hacia las olas participando de la juerga, sus manos comenzaron a convertirse en garras que se asían a mis zonas erógenas con la excusa del juego, de la espuma y del empujón:

Una sabe que eso no es un juego, desde el minuto cero.

Se corta la risa, se acaba la fiesta y se paraliza la mente.

¡Otra vez!

¡Y de la misma manera!

Pero con más intención y,

de nuevo, me encuentro sin discurso,

sin fuerza suficiente para contarlo.

Sólo podría decírselo a mamá.

Mis amigas,

¡Ni pensarlo! …

Pero a mi madre, tampoco, es su familia, han estado a su lado, ayudándole y, como yo siempre he sido tan activa, tan alegre y atrevida, no me van a creer,

¿Me van a reñir por hablar así del marido de su querida prima, tan serios, responsables, religiosos y comedidos?

No hay opción, estoy poniendo en la balanza las posibilidades de salir victoriosa de este embrollo y no tengo ninguna, lo sé.

¡Vaya papelón!

Yo con mis 15 años, mirándole a él, mirando a mi madre y tendida en la toalla porque ya no me hacen ni pizca de gracia, las olas.

Aunque él no dejaba de llamarme para que me animase a repetir ese interesante e ingenuo juego.

Y sin comentarios.

Un señor que tenía la casa empapelada de figuras santificadas no podría entrar en esas actitudes infames... eres una mala hija y muy fantástica.

Así que otra vez toca callar y pensar… que a lo mejor no es para tanto, que con esta edad no se puede jugar así; puede parecer una provocación y además, como me estaba riendo.

Hasta parece que me gusta… y todos tan contentos.

La cosa quedó ahí.

«No quería aguarles la fiesta», además el que de verdad me daba miedo era mi padre, es mejor callar, de verdad que no es para tanto, es más, ha sido una bobada, una tontería…

Con 15 años más, cuando ya no sentía las ligaduras de la familia sobre mí, cuando la moral y la ética de mi conducta la marcaba yo, cuando ya los había escandalizado tantas veces que no me importaba hacerlo una más; fue entonces cuando se abrió de nuevo la caja de los secretos y descubrí esa ‘anécdota’ :
-Pues… te voy a decir una cosa mamá, sobre el fantástico ‘señor’ que es tan bueno y comedido.


-A ver, ¡ya estás tú!

¡A ver con lo que vas a salir ahora!
-Pues (…) y aquel día en la playa, él me cogía por los pechos para tirarme a las olas.


-Mujer, te cogería sin querer, en el agua, jugando…
-No, mamá, me cogió una y otra vez y me sujetaba con fuerza y con perversión.


-¡Eres una fantástica!

¡Mira con lo que viene esta ahora!

¡Estás loca!
-Vale… siempre supe que esto sería así y nadie me lo enseñó, pero lo supe y por eso nunca lo dije.. y esa es tu actitud de madre… ¡háztelo mirar!

Mi madre, enfadada, me dejó ir sin mediar palabra y yo saboreé la traición que ya esperaba; porque cuando naces mujer, hay tantas señales que te explican cómo son las cosas y cómo las puedes contar y sobre todo, si las puedes contar o no...

El día que mi madre me dijo que este ‘señor’ acababa de fallecer, yo sólo le respondí ¡Qué pena! y creo que fue entonces cuando ella me creyó.

Y yo no he podido perdonar a esos deudores, deudores de inocencia, de confianza, de fidelidad familiar. Pero esto ha sido el pan nuestro de cada día.

Toda mi existencia he creído que el acoso verbal callejero era parte de la vida misma y que no debía entrar a valorarlo como algo que pudiese dejar de ser, o que pudiésemos las mujeres denunciarlo y exigir que dejase de ocurrir, que tuviésemos el derecho de señalar con el dedo a aquellos hombres que nos molestaban con sus comentarios obscenos…

Y unido a ello, la buena educación de pasar silenciosa ante los comentarios y miradas libidinosas de hombres que triplicaban tu edad, o no.

Pero esto tiene una segunda lectura, porque cuando te ‘piropean’, tienes que sentirte orgullosa, es porque eres guapa y estás requetebien, osea, que tenía que estar agradecida.

Así que no se puede ser una estrecha ( mujer que se hace la difícil , la inconquistable , la que no responde a las insinuaciones masculinas , pero que en el fondo se derrite por estar con él); entonces, los piropos ofensivos y rastreros se convertían en el feedback de tus cualidades como mujer deseable y apetecible, para aquellos hombres que tienen la boca tan grande…

«Para comerte mejor».

Este aprendizaje también se ha grabado terriblemente en la mayoría de las mentes femeninas, de forma que cuando un día sabes que esas aberraciones verbales son una forma más de acoso, respiras profundamente y analizas todos los momentos en que el miedo te hacía temblar las piernas y acelerar el paso con la única intención de que aquello pasara ¡Ya!.

Y te das cuenta que nos queda un arduo camino para poder desaprender todo esto.

Puedo elegir mi camino de vuelta a casa, pasar por delante de un edificio en construcción, rechazar insinuaciones obscenas… y seguir siendo una chica muy bien educada, o mejor educada.

También me enseñaron, sin libro y sin explicaciones, que la insistencia para mantener relaciones, a pesar de mis continuas negativas, formaba parte del ritual, que, finalmente, tenías que sucumbir a los deseos sexuales, porque no se puede ser una calienta…

Y nos enseñaron a llamárnoslo entre nosotras, de forma que quedaba establecida la categoría y había que andarse con cuidado en las fiestas, guateques, salidas nocturnas... para que no te catalogasen.

Por eso, o eras formal, o ‘ligera de cascos’ (de dónde narices viene esta expresión y qué sucia te hace sentir cuando alguien te lo insinúa), o la chica de alguien.

Esos eran los tres estadios naturales, admitidos por toda la comunidad patriarcal, en que podríamos encontrar al género femenino. Y si estabas colocada porque la fiesta te ha superado y acabas, si saber cómo, con alguien con quien ( sin saber cómo) has tenido sexo… eres un - animal astuto - mala persona, fresca, fácil y culpable de haberlo hecho sin condón. Impensable considerar la posibilidad de que esto se llamara violación.

Y resulta que esto también lo tenemos que desaprender, que aunque parezca mentira, nos cuesta un gran sacrificio limpiar nuestra mente de todos esos sentimientos de culpa y renovarla con aires de «qué bonito es hacer lo que me gusta, cuando lo deseo».

Todo lo demás no tiene cabida y lo puedo y debo denunciar, porque es un delito que alguien comente abusando y violentando mi cuerpo, del que soy la única y exclusiva dueña.

Siempre he oído hablar del feminismo, desde que era pequeña, yo sabía que no tenía por qué ser yo la que pusiera la mesa para comer, ayudar a mi madre en las tareas de casa, hacer la cama de mis hermanos, que no tenía por qué recibir menos propina que ellos porque

«las chicas gastan menos, son los chicos los que las tienen que invitar».


¡Otro delirio educativo!

¿Y cómo se hace eso?

Sales y ya te encuentras con un chico que se ofrece…

sin pedirte nada a cambio… y luego ¿qué?.

Entonces salimos y buscamos un chico

(elegimos nuestra pieza) o vamos a los lugares que suelen frecuentar. Pero volviendo al mensaje de autoridad y moralina intachable, la cuestión era que no podías salir con chicos, porque todavía eres muy joven y ¿qué dirán?.

Además, simplemente, me apetece ir con mis amigas, ¡solo con mis amigas!

Todo esto rodea tu día a día y te hace sentir rabia y quieres rebelarte, pero si eres feminista, no eres femenina, no lo podías decir porque eras una radical, que pondría en peligro a las personas que se acercaran a ti.

Por eso la fuerza se diluía, no encontraba a nadie que apoyara mis intenciones, pero no por ello dejé de pensar que sí era ese el camino.

Descubrir la mentira, la doble moral, dejarla sin argumentos, desarmar la locura del pensamiento esquizofrénico, arraigado en todos y cada uno de los estamentos de todas las sociedades del planeta.

Pero ahora muchas mujeres, como yo, se han despertado o, se han cansado de esa lucha incomprendida y nos hemos propuesto dar la cara por estas injusticias y por todas las demás.

Sabemos que no es una sola batalla y que en esta afrenta tenemos que sumar hombres y mujeres, pero uno de los ejercicios estratégicos es realizar un repaso atento para no caer en los mismos errores y tener que seguir librándonos del mismo mal.

¿Quién nos tiene que librar y cómo nos las arreglaremos para librarnos de todo este mal?

Esto ha sido y lleva siendo…

por los siglos de los siglos.

Lo que un día tras otro ha ido marcando nuestras vidas, modelando nuestras mentes depilando nuestros cuerpos, castigándonos sin comer, encadenándonos al ámbito doméstico, condenándonos a postrarnos ante un gran hombre y a situarnos tras él.

Por eso ser feminista no es una actitud, es la actitud.Amén.
Clara de Campo

HECHO 2.5

Cabello de estrellas

HECHO 2.5

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