Unidas en el silencio

 

Alessandra y Gennet, en la casa de Madrid de la primera sordociega que ha logrado un título universitario en España...

 

Gennet es la primera sordociega que logra un título universitario en España; Alessandra, su guía, le traduce cada día el mundo que ella no puede ver ni oír. Juntas, son capaces de todo.

Es La historia de Gennet Corcuera y Alessandra Vadori  tan admirable como cualquiera de las que hemos aprendido a querer a través de la literatura y el cine. Sus biografías están entretejidas de paralelismos que quizá no sean azarosos. Ambas son extranjeras y viven en Madrid. La primera es etíope; la segunda, italiana. La existencia de una justifica la vida de la otra, y al revés. Pero lo más llamativo es que las dos se comunican en un idioma que no es ni el amárico (el idioma oficial de Etiopía) ni el italiano, una lengua que no tiene escritores ni premios Nobel. Gennet y Alessandra hablan entre ellas en una lengua de silencio, la lengua de los signos.

Gennet Corcuera, de 31 años, ha nacido dos veces. Sin augurios posibles, un día de 1989 comenzó su “vita nuova”, cuando fue adoptada en su Etiopía natal a los siete años de edad. Por aquel entonces, era una víctima más de la guerra civil que asoló Etiopía y diezmó su población durante casi 20 años.

Alessandra nació hace 26 en un pequeño pueblo alpino de la región italiana del Piamonte, una tierra conocida por sus buenos vinos y por su mejor escritor y suicida, Cesare Pavese. Licenciada en Lenguas y Literaturas Extranjeras Modernas, llegó a Madrid en 2011 para estudiar en la Universidad Complutense el idioma de signos español. Su sueño: ser intérprete de sordos y sordociegos costase lo que costase. Confiesa: “No quería terminar metida en una jaula que yo misma iba a construirme, como les pasa a mis amigos. Por eso vine a Madrid. Aquí, una profesora de la universidad me vio responsable y me preguntó si quería conocer a Gennet”.

Esa misma pregunta, muchos años antes, fue la que formuló Carmen Corcuera a su hija, a quien había ido a visitar a Etiopía. Carmen, viuda, solía viajar al país africano, donde su yerno, Amador Martínez Morcillo, era el embajador español y donde su hija desempeñaba trabajos diplomáticos. De profundas raíces católicas, Corcuera destinaba buena parte del día a ayudar a las monjas del hospicio Madre Teresa de Calcuta en Addis Abeba. Allí vivía Gennet.

Cómo llegó la pequeña a aquel hospicio es algo que jamás acertaría a explicar. “Una mañana, al despertar, mi familia había desaparecido”, recuerda. No tenía ni siquiera dos años. Gennet, incapaz de reconstruir el horror, unas veces sospechará que sus padres fueron asesinados; otras, que la abandonaron en el orfanato, tal vez por tener demasiadas bocas que mantener; en su versión menos espantosa, un desconocido se apiadó de ella y la dejó en el hospicio cuando vagaba por Addis Abeba suplicando comida y tropezando en las calles no con piedras o farolas, sino con cadáveres que la miraban con su mismo espanto.

Supervivencia

Poco después, Gennet se quedó sorda y ciega a consecuencia de una infección. Los dioses debieron de considerar que no era suficiente y la privaron también del sentido del olfato. Misteriosamente, le respetaron el del gusto. Nada de eso le impediría, muchos años después, convertirse en la primera sordociega con una titulación universitaria en nuestro país. En efecto, tras seis años de estudio en el C.E.S. Don Bosco de Madrid (a ella un año académico le costaba el doble), lograría diplomarse en Educación Especial, en septiembre de 2012. Tras superar el último escollo, la asignatura de Lengua, al fin podía llamarse maestra.

“Lo hice por mi madre”, reconoce agradecida. Porque su madre, como los dioses, un día bajó del cielo en aquel avión español para salvarla de una muerte casi segura en Addis Abeba. Se opuso a tirios y a troyanos, incluso a su propia familia, hasta que consiguió adoptar a aquella niña que la miraba con unos ojos azules y vacíos que sonreían a la nada. Ya en España, la llevó a un colegio especial. Después, para la Secundaria, eligió un instituto en Pastrana (Guadalajara), porque allí tenían casa propia y porque estaba menos abarrotado que cualquier centro educativo de Madrid. Por su parte, Gennet aprendió a tocar el piano para su madre, pese a que hoy confiesa con una sonrisa traviesa que no le gustaba. La enseñó a no desafinar un profesor de música del colegio Antonio Vicente Mosquete, de la ONCE. Hoy, el piano permanece mudo, solidarizándose con el silencio perpetuo de Gennet, en su piso del barrio madrileño de Salamanca. Pero, en su infancia, Gennet pulsaba las teclas que no podía ver si sentía que Carmen, su madre, estaba triste. Y esa música que Gennet no oía, para ella solo una vibración en las yemas de los dedos, las consolaba y unía más que los abrazos de los primeros tiempos, cuando no disponían de una lengua común para comunicarse.

Hoy Carmen, con el pelo blanco y ya muy anciana, pero aún con un rastro de finura y distinción en el porte, lidia a solas con los fantasmas del Alzheimer en una residencia. Gennet pasa un mal rato cada sábado, cuando va a visitarla. En ocasiones, su madre no la reconoce. Otras veces, después de saludarla, se le ilumina la cara contándole que va a adoptar en un orfanato a una niña sordociega a la que llaman Gennet: “paraíso” o “edén”, dicen que significa esa palabra en amárico.

Un futuro

En Etiopía, recuerda Gennet, todo era miedo, enfermedades, arroz y silencio. No sabía aún que se salvaría de aquel silencio del hospicio, más cruel que los puñetazos y patadas que los otros niños le propinaban, por diversión o para robarle su vasito de agua y la escudilla de arroz. Tras el primer bocado, se la arrojaban a la cara, al comprobar que casi siempre tenía un asqueroso regusto a sangre y a lágrimas.

“Las monjas me trababan muy bien. Nunca me pegaron. Pero éramos muchos niños en el orfananto y no podían estar en todo. ¿Juguetes? Sí, teníamos algunos juguetes, pero solo el día 31 de diciembre. Al día siguiente, las monjas nos los quitaban otra vez para que no se estropearan y poder entregárnoslos de nuevo al año siguiente”, refiere.

Un día, sin embargo, Gennet sintió que no iba a ser capaz de sobrevivir a su propio horror. No reconocía como familiar aquella mano que apretaba la suya, pequeñita y asustada, mientras caminaban. Ignoraba que aquella mano la estaba sacando del hospicio Madre Teresa de Calcuta, que había sido su casa, a fin de cuentas, desde los dos hasta los siete años. Más tarde, no supo que iba sentada en un avión. Solo comprendió definitivamente que estaba en otro lugar por el extraño tacto de la ropa y porque lo que le daban de comer no sabía a sangre ni a arroz. Durante muchos meses, España, para ella, solo fueron la suavidad de un jersey y el sabor dulce de las natillas. Pero aún seguía sintiendo miedo, y eso era algo del presente que continuaba uniéndola a su pasado en África.

Ya en Madrid, Carmen Corcuera la llevó a oftalmólogos de variable prestigio milagrero, con la esperanza de que algún tratamiento pudiera devolverle la vista, total o parcialmente. Pero, más allá de insistir en que la niña era propensa a las infecciones oculares, y en que debería usar gafas a fin de protegerle los ojos del viento y el polvo, poco pudieron hacer. Con todo, Carmen todavía no se había enfrentado al mayor problema: lograr que aquella niña menudita, desconfiada aún, nerviosa, perdiese el miedo y la quisiera como a una madre. Lo lograba por las noches, cuando Gennet, gesticulando y suplicando con gruñidos, le pedía que la abrazara hasta que le llegase el sueño. Una de aquellas noches, Carmen tomó una decisión: las dos acudirían a las escuelas de la ONCE para aprender juntas la lengua de signos.

Simbiosis

Alessandra está ahora perfeccionando esa misma lengua de signos en la UniversidadComplutense de Madrid. A diferencia de Gennet, tiene indemnes los cinco sentidos convencionales y alguno que otro más, sin nombre posible de momento; porque sabe que no basta ni con mil sentidos para comprender eficazmente a su acompañante sordociega y poder ayudarla. Gennet, a palo seco y sin requilorios, con su característica expresividad espartana, dice de Alessandra que es su asistente personal. Suficiente. El título incluye funciones de guía, mediadora, intérprete y algún otro tecnicismo más.

Dicho con menos esoterismos, Alessandra es el nombre que Gennet le ha puesto a sus propios ojos que no ven, a su propia voz que no habla, a su propio olfato muerto. Las manos de Alessandra son el demiurgo que crea una y otra vez, incansable y cariñoso, el mundo a cada instante para Gennet. Tanto es así que reconoce que, cuando su mediadora deja por un instante de tocarle la mano, siente miedo.

Alessandra acude por las mañanas a recoger a Gennet a su casa, donde esta vive sola. La acompaña a hacer la compra, a visitar la biblioteca del museo tiflológico, a asistir a misa en la iglesia para sordos de Nuestra Señora del Silencio, donde a Gennet le gusta hablar o confesarse con el padre Jesús, o a ver a sus amigos en la Asociación de Sordociegos de España (ASOCIDE). Con frecuencia puntean la conversación con risas (inolvidable la de Gennet, saltarina y parda), que menudean cuando alguna vez van a casa de Alessandra para tomar un té con bizcocho, o para ver una película en el ordenador.

Guía y amiga

Protegidas por una extraordinaria seguridad en sí mismas, caminan por las calles cogidas del brazo o con las manos apoyadas, como en un ceremonial de torneo medieval. Alessandra esconde tras de sí a Gennet cuando hay un desnivel o un escalón, para advertirle del peligro. Si, durante la caminata, Alessandra juzga que hay algo de interés, se detienen. Y algo de interés puede ser esa ménsula fingidamente modernista que sujeta un balcón, o un brillo en un escaparate, o una persona que se cruza. El paseo se hace interminable y asombroso, porque es como asistir a las primeras páginas del Génesis en directo, cuando Dios iba recitando los nombres de las cosas que poblarían por primera vez el mundo.

De hecho, estar con Gennet es un frotarse los ojos constantemente. Excelente y muy aplaudida fue, por ejemplo, la conferencia que a finales de 2012 ofreció en la Escuela Diplomática de Madrid sobre la promoción de los derechos y el trabajo de las personas con discapacidad.

En defensa propia

Allí, delante de un auditorio abarrotado, recordó que no se sabía con certeza cuántos sordociegos vivían en España. Pero que, según Daniel Álvarez Reyes, presidente de Asocide, se calculaba que había alrededor de 15 sordociegos por cada 100.000 habitantes, de modo que cerca de 6.000 personas vivían en nuestro país sin ver ni oír. Para acabar con la marginación en que vivían, se necesitaban más ayudas, más implicación y más sensibilidad por parte no solo de los políticos y las instituciones, sino de toda la sociedad.

Porque ser sordociego es más que no poder ver y oír. ¿Sabías que más de un 33% de los sordociegos recibe asistencia profesional, que la depresión y la ansiedad son las patologías más frecuentes entre ellos? ¿Quién les acompaña al médico, quién los saca de casa? ¿Quién se hará cargo de sus problemas si los recortes del Gobierno reducen, inevitablemente, el número de guías intérpretes para las personas sordociegas?

Gennet recordó que la ONCE le encargó al artista sordociego José María Prieto Lago una obra que ayudara a explicar a todo el mundo este casi desconocido universo. Él creó una escultura que representaba dos manos entrelazadas –la de un sordociego y la de su guía intérprete−, de las que surgía una paloma. Tituló la obra “Esperanza”. ¿Había realmente esperanza para ellos? Cuando terminó la conferencia, me dirigí a Alessandra para que le pidiera a Gennet que extrajera de su mochila la tablilla de comunicación que siempre lleva consigo. Quería decirles algo a ambas. Tomé el dedo índice de la mano de Gennet y, para expresar lo que quería decirles, fui apoyándolo en el relieve de cada letra: “Gracias a las dos por no rendiros”.

Mujer hoy - by Fernando Sánchez Alonso

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