*Volcán Popocatépetl,ceremonia y avistamientos de ovnis***La Historia de la Malinche,la Mujer Volcán**

(El volcán está monitoreado las 24 hrs. por el CENAPRED  y hay avistaciones de ovnis

aquí te dejo varias imagenes)

(El artículo refiere el trabajo ritual de los especialistas en el control mágico-religioso del clima en el Altiplano Central mexicano. Estos rituales tienen como núcleo ordenador las revelaciones oníricas que los tiemperos experimentan y de las cuales deducen las características de las ceremonias que se llevaran a cabo.)Signifcado de Popocatépetl en Náhuatl :

Según la tradición, el volcán Popocatépetl le avisará cuándo tendrán que

dejar sus tierras y buscar refugio

En el rostro de Antonio Analco se nota molestia por mirar a tanto fuereño rondando por su comunidad, tan solo porque don Goyo está “haciendo un

poco de ruido”. Hombre de cabellos blancos, bajo un sombrero que pocas

veces se quita, y la piel acuchillada por el sol, ha pasado más de seis décadas

a los pies del volcán Popocatépetl, escuchando su ronroneo, observando los vientos y las nubes. Dice no entender por qué tanta alarma por las fumarolas

y ceniza, “si aquí no va a pasar nada”.
En la comunidad lo conocen como El Tiempero, aquél que puede ver y platicar con don Goyo, tal y como lo hiciera su padre, Pedro Analco, su abuelo, Encarnación Analco, y el padre y el abuelo de éste. Su voz es la que anunciará al pueblo (el más cercano al volcán) el momento en que tendrá que abandonar sus tierras, la milpa y las herramientas de trabajo para refugiarse en territorio ajeno.
“Yo soy el único que puede hablar con el volcán. A veces en sueños y otras cuando se me aparece en el monte. Él me ha dicho que esté tranquilo, que no nos alarmemos como los extraños que han llegado a nuestras tierras. Cuando El Creador le avise que ha llegado la hora de levantarse, entonces el volcán me avisará en sueños, me dirá que vaya con mi gente, que tome esposa, hijos y animalitos y que dejemos las tierras. Ya les dije a los que vinieron alarmados de otros pueblos que nada va a pasar, que no sonarán las campanas y que no será necesario irse a los albergues”, afirma.
Don Toño lo platica con la misma calma con la que las mujeres cruzan frente a su tienda y lo saludan. Abajo de la banqueta se corretean perros flacos y los niños detrás de ellos. La música de una banda, contratada por el padre de una quinceañera, hace que el sábado sea un día de fiesta.
Cualquier chiquillo de Santiago Xalitzintla que salga al paso de un extraño sabrá indicar dónde vive don Antonio Analco, aquél que habla con el volcán. En los pequeños todavía hay curiosidad al mirar hombres con cámaras de video al hombro y camionetas institucionales rondando por el Palacio Municipal. Pero en los adultos hay hartazgo y desconfianza. No entienden cómo es que los del Centro Nacional de Prevención de Desastres —“con todo y sus maquinitas”— puedan descifrar si don Goyo se pondrá de pie. Saben que eso es cosa de dos: Antonio Analco y el volcán mismo.


“En 1994 hubo fumarolas —recuerda El Tiempero—, vinieron muchos policías y se llevaron a la gente a la fuerza. Cuando me enteré fui con los oficiales y les pregunté muy molesto: ‘¿Don Goyo se les apareció en sueños? ¿Saben de qué tamaño es? ¿Les dijo algo? ¿Entonces?’ Y me regresaron a mi gente.”
El hombre cierra su tiendita y acompaña al reportero a caminar. A 12 kilómetros del pueblo se observa humo negro salir de la boca del volcán. El ruido de la exhalación es similar al que hace un avión que pasa cerca, lo que pone a trabajar a los camarógrafos que llegaron hace una semana, desde el Distrito Federal. El Tiempero los mira y sonríe: “Tendrán más años que yo? ¿Sabrán más de volcanes?”
Dice también que su relación con el volcán se dio desde que estaba en el vientre de su madre. “De niño tuve sueños que no entendía. Hasta que un día llevaba unas vacas al monte cuando se me apareció un señor enorme de cabellos blancos como la nieve. Me dijo que se llamaba Gregorio Chino Popocatépetl, que yo estaba muy pequeño pero que de grande tendría mujer e hijos y que mi destino sería comunicarme con él para servir de mensajero a mi pueblo”.
Argumenta que hace poco se le apareció. Le preguntó si estaba asustado. “Le respondí que no y entonces me dijo que le dijera a mi gente que estuviera tranquila. Se lo he dicho a todos, pero los que vienen desde México llegaron con el temor en la cabeza”.
¿Y si suenan las campanas de la iglesia? La pregunta hay que repetirla varias veces en el oído de Juan Castro, anciano de ochenta y tantos ayeres y un bastón que no deja en ningún momento.
Sentado en el quiosco de Santiago Xalitzintla platica que conoció a Pedro Analco, padre de Antonio, “un Tiempero a toda ley. Sabía hablarle bonito a don Goyo. Como la vez que una sequía estaba doblando la milpa y nos juntamos para que don Pedro le pidiera favores al volcán. Nos pidió que regresáramos con tequila, pulque, cigarros y comida y subiéramos al Popocatépetl para ofrecerlos. Todavía no bajábamos cuando una lluvia salvó la cosecha. O la otra, cuando una nube cargada de granizo amenazaba nuestro maíz y el agorero del tiempo la desapareció. Eso sólo lo pueden hacer los que hablan con el volcán”.
Bajo el ritual
Según los habitantes de los pueblos cercanos al Popocatépetl, desde tiempos remotos suele aparecer en la zona un hombre de edad que personifica al volcán

y que se hace llamar Gregorio Chino Popocatépetl:
Don Goyo, como lo han llamado de manera cariñosa, y de acuerdo con los pobladores de esa zona, es quien nombra a El Tiempero.
Es este personaje quien cada año encabeza los festejos por el cumpleaños

de Don Goyo, a quien le son llevados diversos regalos, como comida y bebida, principalmente una jícara llena de pulque.
Este festejo se lleva a cabo cada 12 de marzo, es decir, el día en que se festeja a San Gregorio Magno.
El ritual también forma parte de una ceremonia preparatoria para la petición formal de lluvia, que se realiza el 2 de mayo.
Esta vez, ante la actividad volcánica, han abundado más regalos y ofrendas para el Popocatépetl

Existen dos regiones en el altiplano central mexicano en donde la

población campesina de origen nahua ha rea­lizado, desde la época prehispánica, rituales para controlar el clima con la finalidad de

obtener una buena cosecha anual de maíz y frijol. Me refie­ro a

La Malinche o Matlalcueye, volcán ex­tinto cuya altura es de 4 461

metros sobre el nivel del mar, y a la Sierra Ne­vada, formada por

dos volcanes,la Iz­taccíhuatl (5 230 metros) y el Popocaté­petl (5 465 metros),

el primero extinto y el segundo en actividad desde diciem­bre de 1994.

Los pisos ecológicos que los caracterizan, partiendo de fértiles valles ubicados a 2 200 metros de alti­tud, han permitido la utilización múl­tiple

de sus recursos, combinando la mil­pa, el huerto y el bosque para

obte­ner productos destinados al autoconsumo, el trueque o el

intercambio mo­netario en los mercados regionales.

Tradicionalmente se han concebido estos volcanes como proveedores de lluvia; así lo consignan los descubri­mientos arqueológicos, algunos códices

y varios cronistas del siglo xvi. Y es que este hecho se hace evidente

al sen­tido común de los agricultores, quienes año con año presencian la forma­ción de grandes conglomerados de nubes en sus cimas, sobre todo

a partir del mes de mayo y hasta el mes de octubre. Por esta razón

se han establecido lu­gares sagrados a alturas superiores a cuatro mil metros, a donde acuden los campesinos anualmente a entregar sus

ofrendas en medio de oraciones y alabanzas propias del rito católico.

Ambas regiones se encuentran ac­tualmente rodeadas de grandes ciuda­des como

el Distrito Federal, Puebla, Tlax­cala y Cuautla, entre muchas otras, lo que ha propiciado un proceso cada vez más intenso de aculturación,que incluye también la migración a

ciuda­des estadounidenses, como Los Ánge­les, Chicago y Nueva York. Por ello no deja

de ser sorprendente que continúe la práctica de ceremonias de tipo má­gico-religioso,

que en buena medida pro­vienen de antiguos rituales me­so­americanos.
Las caminatas rituales hacia estos volcanes con el fin de ofrendarlos

están actualmente encabezadas por espe­cialistas en el manejo mágico

del clima. Estas personas reciben diversos nombres según la zona en

la que tra­ba­jan: en Puebla se les llama tiemperos, quiaclazques,

cuitlamas, quiamperos, conjuradores y conocedores del tiempo;

en el estado de México, grani­ceros, trabajadores temporaleños,

ahua­ques, aureros, ahuizotes; en Morelos, quiapequis, misioneros

del temporal, rayados, claclazques; en Tlaxcala, quia­tlaz,

tezitlazquez e hijos del rayo, sin que esta división excluya la

coexisten­cia de términos en los distintos estados.

Una característica común a todos ellos es el desempeño del papel

de in­termediarios entre los hombres y los seres sobrenaturales

que habitan y go­biernan los fenómenos naturales, fun­ción que

sólo pueden realizar por ha­ber sido “endonados desde arriba”,

es decir, por el padre eterno o dios padre. Esta distinción,

que modificará sustancialmente sus vidas desde el mo­mento en

que decidan asumir el destino para el que han sido “exigidos”,

sólo es posible gracias al reconocimiento de la comunidad,

si no de toda, al menos de aquella parte que, pre­servando la

tradición, reconoce en ciertos signos y circunstancias la

exis­tencia de este don enviado desde el cielo.

Los que saben del tiempo En la región de La Malinche, la tradición (entendida como un vínculo con el pasado que preserva una re­lación ritual con la naturaleza

concebida como una to­talidad sagrada) establece varias formas

para que una persona pueda iniciar­se co­mo trabajador del tem­poral,

ofi­cio exclusivamen­te masculino. En primer lugar están aquellos

que na­cen con poderes inmanentes y tienen revelaciones oní­ricas

al llegar a la ma­du­rez. Cuando a alguien le ocu­rre esto, según

la infor­mación que ob­tuvo Hugo Nu­tini, La Malinche se le aparece

en sue­ños y le ex­plica en detalle la naturaleza del conocimiento

que va a adquirir y cómo practicarlo. La Malinche condu­ce al iniciado

a su morada, una enorme cueva en el corazón de la montaña,

para instruirlo en su oficio.En segundo término están aque­llos que

desean aprender el oficio de tiem­pero, y al no haber tenido sue­ños

con La Malinche buscan un tezi-tlazque po­deroso que les enseñe

a con­jurar el mal tiempo. Es el caso de don Luz Sán­chez,

un viejo tiempero de San Tadeo Huiloapan, fallecido a la edad

de 85 años, quien relató la siguiente historia a Felipe Cornelio

Hernández: “Yo apren­dí a conjurar de mi papá. El tenía mu­cha

práctica y gracia para con­jurar las nubes. Lo hacía con oraciones

lindas y magníficas; venían en unos li­bros cris­tianos, ya viejecitos;

los recibió de un tío que era cantor. Mi padre, aunque no sabía leer, conocía

de memoria las ora­ciones. Siendo yo chama­co me decía:

‘Enséñate a conjurar las nu­bes, estudia las oraciones, no seas bu­rro,

para que mañana te defiendas y tengas el dere­cho de ser un hombre

de estima’. Cuan­do ayudaba a mi papá a conjurar, me tocaba

prender el carbón en el bra­cero, encender la cera, poner el incienso

en el sahumador y sahumar los campos, para que con el aroma

del incien­so las tempestades se fueran a otro lado. Con el paso

del tiempo, mi papá me empezó a decir: ‘Anda hijo, conjú­rate

aquella nube; con­júrate esa otra. Yo agarraba el sahuma­dor y

echaba humo de incienso y agua bendita en forma de cruz en las milpas

y por las veredas. Así empecé a to­mar el ca­mi­no para conjurar’ ”.

Finalmente están aquellos que han sido “exigidos” desde Arriba

y un rayo cae en su propio cuerpo o suficientemente cerca como

para que no quepa duda alguna de que estaba dirigido a ellos.

El ser toca­do por el rayo dota de poderes a la persona elegida

desde el cielo y pos­te­rior­men­te tendrá revelaciones oníricas. Quienes mueren

en esta ex­pe­riencia se transforman en ayu­dantes de

La Malinche bajo el aspecto de serpientes con rostro humano;

los que so­bre­vi­ven habrán de asumir su des­tino como tra­bajadores

del tem­poral.En la región de los volcanes Po­pocatépetl-Iztaccíhuatl

se dan tam­bién estas tres variantes; pero quienes desempeñan el

cargo por voluntad propia, mediante un aprendizaje, inva­riablemente

ocupan un lugar secundario, pues se considera que no han si­do

endonados y no mantienen el con­tacto indispensable con los seres

sobrenaturales mediante el sueño. Pue­den ser buenos acompañantes

y hasta ayudantes en la ejecución del ritual, su buena voluntad y

su fe son aprecia­das, pero se les considera com­pletamente incapaces

de propiciar la lluvia y manejar mágicamente los elementos atmosféricos.

Otra diferen­cia respecto a La Malinche es que, en algunos pueblos,

también las mujeres de­sem­peñan el cargo de trabajadoras del tiempo.

El sueño, los mundos La relación que los tiemperos estable­cen con la naturaleza transcurre en un doble sentido: por una parte, es una

re­lación técnico-laboral, instrumentada por ciertas condiciones

técnicas y conocimientos de tipo pragmático, de la cual obtienen lo necesario

para su mantenimiento; pero simultáneamen­te es una

relación de tipo místico-ritual en la cual devuelven ceremonial­mente

a la naturaleza algunos de los bienes que han obtenido de ella.

Este acto de gratitud y correspondencia es al mismo tiempo un acto propiciatorio

del buen temporal para poder con­ti­nuar obteniendo

de ella lo indispen­sa­ble para vivir. En este segundo momen­to de

la relación, la naturaleza se revela como “adueñada”, como

habitada por una “sobrenaturaleza” imperceptible a los sentidos pero susceptible

de ma­nifestarse en ciertas circunstancias extraordinarias,

como son los sueños, la caída de un rayo, la disciplina ascé­tica,

el consumo de hongos y de plan­tas enteogénicas.

Esta segunda forma no está funda­mentada en una simple creencia,

sino en una excepcional y privilegiada per­cepción; no la caracteriza

la ambigüedad ni el titubeo de la duda especu­lativa, sino la

certidumbre de lo que ha sido experimentado en carne propia,

quiero decir, la relación con el lla­mado mundo sobrenatural es

también una relación sensorial, aunque en otro estado de conciencia.

En esa otredad de la conciencia, el sueño desempeña una

notable función por su accesibilidad, frecuencia e intensidad

experimentada. Es necesario aclarar, sin em­bargo, que no

todos los sueños son considerados como significativos

por los trabajadores del temporal.Al sueño, dice Ángel Cappelletti,

se le puede considerar como un modo de ser porque implica una

relación con el tiempo y el espacio, con la cau­salidad y la sustancia;

muy distinta, y hasta opuesta, a la de la vigilia, vista co­mo un modo

de actuar porque supone una ruptura o una discontinuidad con

las normas éticas y jurídicas, y como un singular modo de conocer,

pues los modos de ser y actuar que le son propios le otorgan, en algunas cul­turas, facultades de adivinación o profecía.

La relación onírica con el mundo es determinante en la labor de

los pe­di­dores de lluvia, pues es en los sueños donde reciben la

evidencia de la dualidad aparencial del mundo, duali­dad propia de toda hierofanía y realidad sacra. A sus ojos un volcán es un volcán,

pero simultáneamente es un an­cia­no o una mujer, es Gregorio

Popoca­tépetl o Rosita Iztaccíhuatl; a sus ojos un cerro es un cerro,

pero también un depósito de nubes, lluvias y granos de maíz.

La imagen onírica de carácter sa­grado revela el verdadero ser del mun­do,

la realidad primordial escondida, por así decirlo, en la apariencia

mate­rial que el mundo tiene a los ojos de cualquier persona

cotidianamente. Pero el sueño es fundamental también porque al socializarse,

al transmi­tirse de boca en boca, proporciona al imaginario colectivo las imágenes, los escenarios y las tramas indispensables para conservar y recrear los mitos.

Historias del tiempo
Hace cien años, el etnólogo Frederick Starr escuchó entre la gente que habita en las faldas de La Malinche, testi­monios de la belleza de la

mujer-volcán: era una bella mujer que habitaba en una cueva de

la montaña, tenía el cabello muy largo y suelto y enviaba la lluvia,

el rocío, el granizo y la nieve. Los habitantes de la zona le ofrendaban diversos

objetos, como peines y listones para adornar su pelo.

Subían a depositarlos en las partes más altas de la montaña,

la cual, creían, estaba atravesada por enormes galerías donde se conservaban

centenares de ollas en las que La Malinche preparaba

el gra­nizo y la lluvia.Cien años después se sigue hablando de una mujer corpu­lenta,

“con harto cabello”, que ocasionalmente condu­ce a las

personas que encuentra en las laderas hacia el interior de la montaña, donde los visitantes pueden ver, hundidos en el asombro, a los

hombres-víbora que la ayudan y, a ve­ces, a ella misma convertida

en ser­piente. El simbolismo de la ser­pien­te —como advierte Mircea

Eliade— es de una polivalencia turba­do­ra, pero todos los símbolos

convergen hacia una misma idea central: es inmortal y se regenera;

por lo tanto, di­ce Eliade, es una “fuerza” de la Lu­na y, como tal,

dis­tribuye la fecun­di­dad… El comple­jo mujer-serpiente-montaña-

que-hace-llover no puede ser más elocuen­te al evocar los poten­cia­les beneficios que contiene y que entre­gará a los hom­bres que se­pan

de­sen­ca­­de­narlos.“Un tiempero —decía don Luz Sán­chez—

es una persona que trabaja con el tiempo; conjura los granizos

para evitar que dañen los campos. Para ser tiempero se requiere,

primero, tener bue­na fe, después aprender las oracio­nes;

asimismo se necesita valor, resig­nación y coraje contra la nube.

Por eso yo creo que no cualquier gente puede ser tiempero, uno es designado por dios”.

El trabajador del tiempo debe sa­ber

combatir los vientos perjudiciales, las heladas, las trombas,

conocidas co­mo mangas o culebras de agua, los pe­riodos

prolongados de sequía y las tor­mentas. También debe pedir

las llu­vias y saber reconocer los signos que anun­cian su llegada

oportuna o retrasada, su intensidad y sus posibles efectos.

Todo este acontecer meteoroló­gico está profundamente impregnado

de una carga ético-religiosa. El combate de los tiemperos

contra el mal tempo­ral es concebido como una lucha per­pe­tua

contra las fuerzas del Mal y, desde luego, contra sus emisarios

aquí en la tierra. Un buen conjurador se con­sidera a sí mismo

como alguien se­ñalado por dios para trabajar con el bien y procurar el bienestar a sus semejantes, que son, según el imaginario geográfico del tiempero, la gen­te de su propia comunidad, de su región o “del mundo entero”. Esta última idea ha sido inducida recientemente por los noticieros de televisión, donde aparecen imágenes de desastres

natu­rales, lo mismo en el continente ame­ricano que en Europa o Asia,

sin que los viejos tiemperos ten­gan noción alguna de las distancias o la ubicación geográfica de los lugares devastados por hura­canes,

tormentas, temblores o sequías.Es usual en los pueblos de Tlaxca­la, al pie de la

Malinche, que los particulares contraten los servicios de un tiem­pero para que proteja

sus terrenos. Cuando don Luz era joven, pero ya adiestrado por su

padre en el oficio de conjurar, fue contratado por dos per­sonas

para que cuidara sus terrenos un par de años en un pueblo vecino

donde debía enfrentar a los que él lla­ma “tiemperos malos”.

Estas son sus palabras: “Conjuraba en el mero centro de la población,

los de San Simón me ayudaban echando cohetones y haciendo roga­cio­nes […]

La primera vez me pusieron a prueba con unos tiemperos malos,

¡ya me andaban ganando!, me metieron un granizal. Em­pezó con una

nube chiquita, ¡pero có­mo tronaba! Entonces que agarro mi machete,

con él le pegaba a la nube del lado del huracán. Recé el Padre Nues­tro

y otras ora­cio­nes lindas, así corretié la tempestad; fue a caer por San Pablo”.

"Otra vez allí mismo en San Simón, los tiemperos diabólicos

me echaron como catorce víboras de agua, una de ellas empezó

como una nube chica […] pero creció nomás de arriba, parecía

hue­vo de toro, iba y venía el re­molino, sonaba como una carreta,

se paró sobre el pueblo, pero no cayó por­que la conjuré.

Las personas que vieron, me dijeron: ‘¡Te la sacaste, mu­cha­cho!’.

También dijeron: ‘Ya no te vayas, cása­te aquí y te quedas de due­ño’,

pero co­mo era yo chamaco de die­ciséis años no hice caso […]

Los tiemperos malos son hermanos del Rayo y compañeros del Granizo.

Citan a los siervos del mal y les piden tempestades para que vengan a molestar

los campos”.El caso más sobresaliente que he encontrado en el conflicto entre

las fuerzas del bien y el mal fue en el es­tado de Morelos, en las faldas

meridionales del Popocatépetl, en una con­gregación de tiemperos denominada

Misioneros del Temporal.La disputa con otras congregaciones de la misma zona

se debe a las diferencias que existen en la interpretación simbólica de diversos elementos que intervie­nen en el ritual, como el uso de flores amarillas y

rojas para adornar las cru­ces de los lugares sagrados, que según

los misioneros propician las enferme­dades y la sequía, o el empleo

de lis­to­nes de colores que representan el ar­coiris y que, según los Misioneros,

ahu­yenta las lluvias.Esta congregación, formada por una docena de personas

iniciadas a través del sueño o el rayo, ha estable­cido un auténtico combate

onírico y ritual con los miembros de otras tres congregaciones

que visitan los mismos lugares sagrados pero que, afirman

los Misioneros, lo hacen por intereses puramente personales,

pues cobran fuertes cantidades de dinero por poner sus conocimientos

al servicio de los acaparadores de maíz, que pagan para que las

tierras de temporal no pro­duzcan lo suficiente y puedan ellos

en­riquecerse vendiendo el grano alma­cenado. Los enemigos

de los misione­ros son vistos en sueños bajo la forma de animales

como toros, serpientes, leo­nes o también con su fisonomía hu­mana. También

en sueños tienen “avi­sos”, por parte de sus mensajeros,

de cuá­les son los lugares sagrados que han sido objeto de maleficios.

Estos úl­timos consisten en amarrar las cruces con alambres,

o tirarlas “boca abajo”, o ensuciar el agua que ellos depositan

al pie de la cruz principal, enterrada y cubierta por lajas

de piedra, y que debe permanecer limpia, pues de ella

beben los espíritus que trabajan con el temporal…

El vínculo fundamental de los mi­sioneros con los seres celestiales,

como ocurre en otras zonas del volcán, se produce a través

de los sueños. A diferencia de lo que ocurre en Puebla, donde

los sueños tienen un carácter estrictamente individual, en el

sentido de que son interpretados exclusiva­mente por la persona

que soñó, en Mo­relos los sueños tienen un carácter colectivo,

es decir, son comentados a los demás miembros de la

congregación para ser analizados e interpretados conjuntamente

a fin de precisar su significado y actuar en consecuencia.

Esto sucede sobre todo con los sueños que revelan la existencia

de algún ma­leficio hecho por miembros de otras congregaciones en los calvarios.

“El sueño —dice don Epifanio—, Dios lo manda con sus mensajeros pa’ que a uno le anuncien. Por ejemplo, el señor san Miguel Arcángel tiene sus mensa­jeros, que son ángeles, no son como no­sotros, bueno, nosotros aquí somos mensajeros pero de

la Madre Tierra, o sea, para hacer los pedimentos hacia dios, por eso

somos mensajeros”.



Entre el cielo y la tierra

Es por medio de los sueños como se ha establecido una relación

analógica en­tre el cielo y la tierra. A los ojos de don Epifanio,

el mayor de la congrega­ción, el volcán Popocatépetl es el lugar

sagra­do por excelencia, un centro del mun­do donde se genera

el buen y el mal temporal, un lugar al que se acu­de para propiciar ritualmente

el bie­nes­tar o la desventura de los pueblos, en­viando

buenas lluvias o desa­tan­do ma­los temporales que perjudiquen

los cultivos. Estas son sus palabras: “Los avi­sos vienen de los

que están arriba, de los ángeles, de las nubes que mueven

los ángeles. Nooo, si se diera usté cuenta de lo que está

en el cielo, ¡Dio­sito lindo!, lo que trabaja en el cielo, mmmhh.

¡Dios mío! Todas las maravi­llas que Dios nos muestra en los sueños.

Hay veces en los sueños ve uno cosas, que de veras no quisiera

uno des­pertar. Ve uno cosas maravillosas, lo que es en la tierra

no es nada, nooo, ahí se ven cosas muy sagradas,

¡muy sagradas de veras! Ahí se ven todos los rayistas cómo

trabajan, los relampaguistas, todos los ángeles de dios.

Nomás el volcán no está pero ni una par­te descubierto,

‘ta todo alrededor lleno de ángeles, todo, todo, todo.

Si usté aho­rita lo ve así, como una cosa cualquie­ra, pero está,

mire, una tras otro, uno tras otro de ángeles. Nooo,

de veras que es una cosa que uno no lo cree. Y lo que más le

da a uno la fe, es cuando dios le demuestra a uno. Va uno a pedir

y Dios le concede a uno. ¡Híjole, dios mío, por qué es uno tan pecador,

y tan­tas co­sas que dios nos demuestra!”.

De acuerdo con la experiencia de don Epi­fanio los sueños son una puerta

de acceso a lo que el mundo tiene de misterio y maravilla:

“Tam­bién en sueños se trabaja. Es que el primer lugar es el volcán:

ese es como el pa­la­cio de gobierno federal. No es cual­quie­ra, es lo federal,

son oficinas que están ahí, pero en grande. Ahí son lo más sagrado, pues

porque de ahí de­pen­den nuestros alimentos, así es.

Por eso, si está mal allá, si descomponen y no entra tan fácil l’agua.

No entra, no entra porque el cielo también tiene sus direcciones

y si en algún lugar sa­gra­do está perturbado, no entra, no tra­ba­jan

los espíritus de arriba. Porque to­das las nubes están por un espíritu,

to­das las nu­bes son espíritus de arriba. Esos no son los que

vinieron a la tierra, como nosotros. Pero, psss, también dios

nos pone a trabajar allá, pero los que andamos de veras en

el temporal […] só­lo quien dedica toda su vida tiene opor­tunidad de trabajar

allá arriba”.A los ojos de un tiempero la lluvia y el viento no están desprovistos

de intencionalidad. Una nube, quieta o en movimiento, es la

expresión de una voluntad susceptible de ser inducida mediante

la ejecución de un ritual. Pe­ro es el sueño el que hace evidente

esta doble naturaleza del mundo. El sue­ño no sólo se caracteriza,

como bien indica Cappeletti, por su modo de ser, de actuar

y de conocer, el sueño es también una puerta de acceso a lo

sa­grado, un puente que permite consta­tar mediante la propia

experiencia la existencia de una dimensión espiritual que, lejos

de ser ajena al mundo material, es parte constitutiva de él,

pues no sólo lo complementa sino que le otorga un sentido adicional y

trascendente.La compresencia...A esa dimensión imperceptible para los sentidos

durante la vigilia y la sobriedad podemos —usando un término

de Ortega y Gasset— lla­marla compresencia. Las sociedades

tradicio­nales han construido, individual y colectivamente,

mediante sueños, visiones enteogé­ni­cas, relatos míticos y prácticas

rituales, un com­plejo mundo espiri­tual con una geografía y

seres sagrados que la ha­bitan. Un mundo simul­táneo sin el

cual el mun­do material en el que vi­vimos habitualmente sería

incompleto y falto de sentido.

La existencia de esta dimensión no es un asunto que deba circunscribirse

al terreno de las meras “creencias” sin correr el riesgo de

banalizarlo. Al hom­bre religioso esta dimensión se le ma­nifiesta

como realidad perceptible, pal­pable, audible, capaz de provocar

las más intensas emociones mediante sue­ños, visiones enteogénicas, revelacio­nes

místicas provocadas por ayunos, disciplinas corporales o enfermedades. Estas experiencias, vividas inten­sa­mente,proporcionan una certidum­bre que hunde

sus raíces en la exis­tenciamisma y no en la invisibilidad de un imaginario fantasioso.

Ortega y Gasset creó la noción de compresencia para referirse

a toda rea­lidad que no es percibida directamen­te por el individuo en un momento de­terminado, pero que, sin embargo, cuenta con su existencia como parte integrante

de la realidad total en la que vive. Sabemos que existe una infi­nidad de cosas,

lugares y personas que, aun cuando no se presenten directa­men­te a nuestros

sentidos, son compresencias que integran nuestro mun­do. Lo mismo ocurre con la dimensión espiritual que ha sido experimentada mediante un trance, un sueño

o un es­tado extático. Una vez que se ha tenido acceso a esa realidad primordial,

el hom­bre religioso sabe que cuenta con la compresencia sagrada de espí­ri­tus

y deidades que inciden permanentemente en su vida. Los mitos que ha creado

dan cuenta de la existencia de estos se­res que son los destinatarios de toda

actividad ritual y de los cuales existen representaciones plásticas o escenifica­ciones ceremoniales,como ocurre en todas las religiones. Es­ta compresencia mística expande

la vi­da espiritual del hombre religioso, que crea los más di­versos vínculos en­tre sus actividades materiales y losse­res que habitan esa dimensión sacra que le ha sido revela­da y que forma par­te de un mismo y complejo mundo.


somos dos extraños que nos conocemos muy bien...

somos tan parecidos y a la vez tan diferentes..

Tú eres lo que eres,cuando nadie te mira...

Dios ilumine tu camino ...!!!....

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