Tejido de estrellas

 

Ayauh traía entre sus manos caobas las madejas de algodón que utilizaría en el telar; de cada lado del camino danzaban entre la hierba seca, el zacate y la jara brava mecidos por el viento que bajaba de las montañas.

La joven subía lentamente rumbo a la vereda que la conduciría a su hogar enclavadito en la profundidad de uno de los tantos montes de la selva.

El camino se extendía desde lo alto de su   hasta el empedrado de la ciudad, en donde Ayauh como la mayoría de las mujeres, bajaba a ofrecer en venta la ropa que tejía.

El camino era largo y en ocasiones lluvioso, pero era un manjar para los ojos.

Los abuelos habían abierto el monte con machetes y sus propias manos desde hace docenas de años; eso y las cien pisadas diarias de subida y bajada habían dejado planito el terreno, salvo una que otra piedrita que caía cuando el cielo lloraba, el camino se andaba en paz. Las aves revoloteaban en las copas de los árboles y las víboras se mantenían a raya siempre y cuando uno pisara con fuerza la hierba para lograr espantarlas.

Ayauh era muy parecida a su padre de quien había aprendido las labores del campo, era alta, morena y con el porte de un venado.

De su madre tenía la mirada y la forma de sus labios, ambos murieron cuando ella era pequeña y quedó al cuidado de Nana Emelina, su abuela.

Ella le enseñó la forma correcta de amasar el maíz, hacer que las tortillas quedaran redondas como la luna llena y hacer coronas de flores silvestres con las cuales adornar su cabeza cada domingo de pascua.

Nana Emelina también murió, no sin antes dejarle a su nieta las labores del telar para que pudiera vivir de lo que formara con sus madejas.

Ayauh entendió -con el corazón roto- que la única certeza de esta vida es la Muerte.

Mientras caminaba, encontró una pequeña desviación que nunca antes había visto. El sendero tenía una ligera bifurcación en donde la hierba en los pies tenía un tono amarillento y seco.

Ayauh miró hacia arriba buscando saber cuántas horas de luz quedaban antes del atardecer, los rayos del sol aún se colaban entre las ramas de los árboles con fuerza así que no dudo ni un minuto más y cambió de camino.

Durante varios minutos, Ayauh se encontró con lo mismo que había en cualquier otro lugar de la selva, la misma maleza, los mismos olores y colores, pero poco a poco, todo a su alrededor cambió con la misma rapidez que el vuelo del chupamirto.

De la nada, Ayauh vio crecer un árbol de cuya corteza surgió con fuerza un pequeño río de aguas completamente transparentes.

A pesar de que tenía miedo y no entendía a ciencia cierta qué era lo que ocurría, Ayauh decidió sentarse y observar lo que la selva le estaba dando.

Dejó las madejas de algodón sobre una piedra, se quitó los huaraches y metió sus pies en el río recién nacido.

Pasaron minutos o quizá horas en los que Ayauh se dejó llevar por la belleza de todo lo que le rodeaba, el canto de aves desconocidas cuyas plumas de colores brillaban como arcoíris en el cielo comenzó a causarle sueño, era una canción dulce como el pooté caliente que le servía en las mañanas su madre.

Ayauh sacudió su cabeza para despabilarse y comenzó a juguetear con sus dedos en el agua mientras que la nube que cubría el sol de fuego se alejó dejándolo al descubierto.

Entonces, los rayos de luz roja se filtraron entre el agua y en el fondo del río un objeto de cierta tonalidad verde se iluminó.

Ayauh lo miró fijamente pensando que se trataba del reflejo de una piedra o quizá las escamas de un enorme pez, pero la curiosidad fue más grande que su instinto y la joven entró lentamente en el riachuelo que calmaba la sed de las huertas y los maizales a su alrededor.

El agua fría le mojó los muslos haciéndola temblar pero aún no alcanzaba aquel extraño objeto, así que decidió agacharse y sumergir los brazos hasta poderlo tomar.

Cuando lo tuvo en sus manos, sintió una enorme carga. Era como si la historia de cada habitante de su pueblo estuviera detenida sobre sus palmas; abrió la mano con cuidado para encontrar un “algo” repleto de lodo, lo sumergió con la mano izquierda mientras le retiraba la tierra pegada con la derecha, el agua cristalina poco a poco comenzó a enturbiarse.

Era un arete de jade.

Cuando el sol le iluminó de lleno y sin lodo de por medio, el viento arreció y el cielo despejado se llenó de nubarrones grises. Una espesa niebla cubrió todo el lugar, Ayauh sabía que esto era cosa de los dioses – aquellos que jamás se habían dignado a escucharla-

Su cuerpo temblaba de miedo o quizá de frío o talvez de ambos pero lo cierto es que allí, metida en el río con el arete de jade entre sus manos, ecos eternos inundaron sus oídos con una inmensidad de sonidos. Una bruma -como velo difuso- cubrió su cuerpo y su rostro haciéndola experimentar el dolor de la transfiguración.

Sus manos se comenzaron a torcer, sus cabellos trenzados crecieron hasta romper los listones que lo amarraban y treparon desde el río hasta el suelo polvoso del bordo abriéndose paso como raíces entre la arcilla y la selva. En lo más profundo del río, cientos de fibras de luz comenzaron a engullir el cuerpo de Ayauh hasta que su cuerpo entero– a excepción de sus cabellos / raíces – quedó convertido en arena.

Ayauh flotaba entre la nada cuando un espejo del color de la noche apareció ante ella.

Su cara cambió, su cuerpo cambió y ella se sintió ligera. No pensaba en su madre ni en su padre, tampoco en la Nana Emelina sin embargo sabía que estaba en el mismo sitio donde estaban ellos. Estaba segura de que su vida como Ayauh había acabado, ahora era raíz, arena y selva.

Una luz la hizo girar haciendo que el espejo se rompiera en mil pedazos.

Ayauh regresó a la tierra con su cara nueva, con su cuerpo nuevo. Volvió a la tierra cubierta de bruma, pero ya no estaba en el río junto a las huertas, ni los maizales dorados, estaba descalza entre los canales de un extraño lugar.

Caminó sobre el agua y entre los cultivos mientras el alma de cien seres distintitos le acompañaba en el nuevo camino. Espíritus humanos de otros tiempos, aparecían y desaparecían ante sus ojos sin darle importancia a su presencia.

No fue hasta que llegó al corazón de una plaza que miró al espíritu de una niña mirándola fijamente mientras sonreía.

-¿A quién esperas? – preguntó Ayauh

– A ti, mujer serpiente.

-Estás equivocada. Yo soy Ayauh.

-No, yo soy Ayauh, tú eres la mujer serpiente.

La pequeña le tendió su mano abierta, en ella estaba el arete de jade…

De la boca de Ayauh brotó un grito de espanto y dio un par de pasos hacia atrás sumergiendo los pies en un charco. La niña sonrió y comenzó a girar con tal rapidez que los hilos de algodón de su huipil se deshilaron para formar una espiral que devoró el alma de Ayauh.

La espiral se convirtió en fauces, los hilos en colmillos, la niña en plumas.

Ayauh cerró sus ojos negros; llegó de nuevo el mareo, el vacío, el silencio. ¿Por qué tenía tanto miedo a cambiar si ya estaba muerta? –No acababa de formularse la pregunta cuando se vio obligada a recobrar nuevamente la conciencia-

El olor del copal le hizo abrir los ojos, esta vez Ayauh estaba vestida de humo. Sus pies descalzos caminaban entre las piedras de un templo tan alto como las estrellas.

Ayauh era guiada por dos hombres con máscaras de iguana quienes la recostaron sobre un altar, en el que un par de sacerdotes ataron sus pies y sus manos con la magia del henequén.

Ayauh permanecía en calma mirando a las estrellas. Una muerte más, una puerta más –pensó para sus adentros-

Del interior del templo salió una mujer tan bella como ella. Su cabello era tan negro como el cielo sobre sus cabezas, llevaba un tocado de serpientes y en su rostro docenas de símbolos grabados en su piel.

Entre sus manos llevaba una daga de obsidiana.

Se acercó a Ayauh y le preguntó su nombre:

-¿Quién eres?

-Era Ayauh pero ahora soy la mujer serpiente.

-¡No! Yo soy la mujer serpiente – gritó la mujer enseñando sus colmillos-

-¿Quién soy entonces?

-Un reflejo.

La mujer dejó caer con toda su fuerza la daga sobre su propio pecho perforando su piel y atravesando su corazón. Ayauh fue absorbida por el hueco, por el mar de sangre.

Fluyó entre las venas de la tierra, absorbiendo los conocimientos de todas las abuelas, hermanas y madres que germinan en ella.

Ayauh fue elegida para tejer hilo de estrellas y no paró hasta que terminó su primera creación: un rebozo gris como las nubes de su primer pueblo. Fue entonces que la devolvieron a él, pues allí estaba su corazón.

Pasó de nuevo entre la sangre, entre la espiral hasta llegar al río. Ayauh sintió que se ahogaba, había sangre, estrellas y agua en sus pulmones impidiéndole respirar, se impulsó con sus pies lo más fuerte que pudo para salir a flote dejando caer el arete de nuevo a la profundidad de aquél mítico lugar.

Justo antes de llegar a la superficie sus ojos se cerraron a causa del terrible miedo que sintió; abrió su boca inhalando la mayor cantidad de aire que pudo y comenzó a llorar de angustia.

Al abrir sus ojos se encontró en medio de la plaza adonde vende cada día lo que teje en la noche, en sus pies estaba el charco de donde acababa de salir; no había ríos, ni árboles, ni selvas, espíritus ni templos. Solo ella con su rebozo de estrellas y las nubes grises flotando sobre su cabeza.

Ayauh sonrió al pensar en sus padres y su abuela, ya había entendido la lección. Lo fácil es morir, lo difícil es nacer. Allá todo es posible, aquí nos aferramos a que nada lo sea…

Paola klug

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