No había nada que perder. Te amé porque el sentimiento me engrandecía, porque me regalaba el placer de detenerme un instante y saborear la vida. Te amé y fui consciente de que podrías ser mi fortuna más preciada o mi más temible error, pero el resultado no importaba porque el proceso valía la pena a cada segundo. Porque en ese momento era dichosa de tenerte a mi lado y sentirme valorada, porque irradiaba luz propia como el sol mismo, y brillaba como luna en plena obscuridad.

Te amé por mí, no por ti, que quede claro. Te amé porque me amaba y era capaz de apreciar la belleza externa reflejada en mí. Porque supe que lo merecía, que podía regalarme el placer de sentir lo que sentí. Te agradezco que fuiste mi todo, y no lamento que ahora te hayas convertido en mi nada. Y el amor que profesé solamente se multiplicó exponencialmente, quizás haya llegado más lejos de lo que pensé. Gracias por haberme amado, por haber habitado juntos el mismo tiempo y el mismo espacio. Por haber hecho que desaparecieran los miedos y se esfumaran las angustias. Por haber creado el mundo utópico que nunca dejará de existir en mi mente y en mi alma.

Gracias por ser para siempre, mi error más hermoso, aquel que jamás lamentaré.

Andrea Jaime

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