*SANTA LUCRECIA(La tia santurrona y la sobrina promiscua)*

carimehometonight: Fuck tho

SANTA LUCRECIA

La tía Carlota era una cincuentona quedada, santurrona y casi sorda, que se la pasaba todo el día rezando y pidiendo por su alma. Siempre estaba criticando la forma de vestir de su sobrina Lucrecia, decía que se iba a ir al infierno por andar provocando a los hombres con sus caderas voluptuosas, senos prominentes y esa manera sensual de caminar.

No la dejaba usar escotes, ni faldas cortas, el tacón no debía rebasar los cinco centímetros y la ropa interior estrictamente blanca. Tenía prohibido tener novio y salir a fiestas hasta que cumpliera los veintiuno. Su comportamiento debía emular a la Santa Virgen, en lo que encontraba un hombre bueno y decente para casarse.

Pero Lucrecia, desde los diecisiete años ya no era virgen y lo único que tenía de santa era la medalla que su madre le había regalado antes de morir. A sus escasos diecinueve años, había estado con más hombres que la más vieja del pueblo, la mayoría extranjeros que llegaban de visita; y uno que otro compañero del colegio.

Aprovechaba sus encantos para incitar a los hombres, un paseo dominical por la plaza, un botón desabrochado en la iglesia, acomodarse las medias en la calle, una sonrisa coqueta en el parque o un delicado giño en la cafetería, eran suficientes para que cayeran a sus pies; luego una servilleta con el lugar y la hora exacta para llevar acabo el encuentro.

Llegada la hora, los hacía subir por la enredadera hasta su cuarto y, sacando ventaja de la sordera de su tía, le daba rienda suelta a sus más bajos placeres, luego los desechaba y olvidaba.

Sin embargo, hasta una mujer de cascos ligeros tiene corazón y la joven promiscua se había enamorado de su profesor de pintura, que era sólo un par de años mayor que ella. Procedente de Alemania, Engel Wolfgang había llegado al pueblo para dar clases en el colegio al que asistía Lucrecia, bastaron sólo un par de miradas para dejarla cautivada y a los pocos días ya disfrutaba de las mieles del amor en su cama.

Un domingo por la mañana, la tía Carlota fue a despertar a su sobrina para ir a misa, pero, en vez de Lucrecia, encontró al joven docente, dormido, vendado de los ojos y amarrado de las extremidades a los pilares de la cama, tan sólo cubriendo sus partes con una delicada sábana blanca.

La santurrona tía, sorprendida con aquél hombre de cuerpo perfecto, delicada piel blanca y cabellos dorados como rayos de sol, creyó que era un ángel y postrada a la orilla de la cama comenzó a besar sus pies, al mismo tiempo que recitaba alabanzas.

Besaba con tanta devoción el cuerpo de aquel ser celestial, que al poco tiempo logró provocarle una reacción y, olvidándose de todo recato, hizo a un lado la sábana para admirar su miembro erecto.

Excitada y conmovida por la belleza del momento, se despojó de sus ropas y en un arrebato de locura empezó a montar salvajemente al rubio amante. La primeriza mujer gemía y blasfemaba tan fuerte, que la gente de los alrededores se arremolinó en la puerta de la casa creyendo que se consumaba un acto atroz, otros aseguraban que se estaba realizando un exorcismo, pues Carlota gritaba el nombre de Dios con tanto fervor y con tanta fuerza como jamás lo había hecho, ni en los cinco rosarios que rezaba diario.

Infortunadamente, la nula práctica y el estado de éxtasis en el que entró, le hicieron una mala jugada, mientras experimentaba el primer orgasmo de su vida, su corazón se detenía con un infarto mortal.

Al mismo tiempo que abandonaba este mundo, alucinaba con las puertas del cielo abriéndose y un coro de ángeles recibiéndola, dejando en su cara una sonrisa de placer. Justo en ese momento Lucrecia abrió la puerta y todavía pudo escuchar el último gemido de su tía.

Después del funeral, se esparció la notica y todo el pueblo se enteró de lo que sucedió aquel domingo, además de los múltiples encuentros de la joven con desconocidos.

Engel, que era el que menos culpa tenía, pues hasta que su novia le quitó la venda pudo darse cuenta que no era ella, perdió su trabajo y tuvo que abandonar el pueblo; y a Lucrecia, la expulsaron del colegio por indecente. Luego de la muerte de su tía, heredó la hacienda y los negocios, pero ya no pudo volver a salir, pues cada que lo hacía la señalaban y cuchicheaban a sus espaldas.

Así que decidió recluirse en su casa como la santurrona y quedada de su tía Carlota que tanto aborrecía.

Juan Paco González B.

❦♰❦: Archivo

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