Se acercaba la primavera y las lluvias escasas de ese año, aceleraron la floración del almendro. Aquel campo estaba precioso, a los aromas inconfundibles de miles de flores, al colorido y pintoresquismo del paisaje, los trinos de los pájaros lanzaban sus notas al viento que llegaban como melodías divinas que anunciaban algo grande y monumental.

Como por arte de magia, de esos artistas que levanta una capa y surge una persona, apareció ella por entre dos hileras de almendro floridos, poniendo una nota de lujosa belleza, al de por sí ya maravilloso paisaje.

Y me quedé extasiado al verla, mudo al no poder pronunciar palabra alguna, tragué saliva y reajusté mi mente, debatiéndome entre si estaba en la realidad o en la ficción. Con un lindo cabello, negro oscuro, brillante de tanta intensidad de moreno azabache, de esos que nada más verlos, los dedos tienden a tocarlos a entrelazarse con ellos, a dejar sentir esa corriente que genera el contacto y que hace sentir a la persona receptora, lindas sensaciones. Y sus ojos? ¡Qué ojazos! Expresivos, vivos, brillantes y, sobre todo, preciosos, algo así como elementos decorativos para esa carita que es más propia de medalla que de otra cosa.

Con una sonrisa tímida que dejaba ver unos labios bonitos, sensuales, muy sensuales, tanto como una invitación andante a un beso de película. Los besaría, apenas rozándolos con los míos, con la misma sutilidad y ternura con que el vientecillo acaricia los pétalos de las rosas.

Jordi.

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Comentario por Carla el mayo 7, 2018 a las 12:34am

Hermoso!! Gracias por compartir

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