*Meter el diablo en el Infierno...!!!*

Forma parte de los cien relatos que componen el Decamerón, la obra maestra de Giovanni Boccaccio, quien lo empezó a escribir 1348 y lo terminó en 1353. Meter el diablo en el infierno, me fascina. Te aseguro si empiezas a leer no puedes parar hasta llegar al final.

En la ciudad de Cafsa, en Berbería,

hubo hace tiempo

un hombre riquísimo que,

entre otros hijos,

tenía una hijita hermosa y donosa

cuyo nombre era Alibech;

la cual, no siendo cristiana

y oyendo a muchos cristianos

que en la ciudad había alabar

mucho la fe cristiana y el servicio de Dios,

un día preguntó a uno de ellos

en qué materia y con menos impedimentos

pudiese servir a Dios.

El cual le repuso que servían mejor a Dios

aquellos que más huían

de las cosas del mundo,

como hacían

quienes en las soledades de los desiertos

de la Tebaida se habían retirado.
La joven, que simplicísima era

y de edad de unos catorce años,

no por consciente deseo

sino por un impulso pueril,

sin decir nada a nadie,

a la mañana siguiente

hacia el desierto de Tebaida,

ocultamente, sola,

se encaminó;

y con gran trabajo suyo,

continuando sus deseos,

después de algunos días

a aquellas soledades llegó,

y vista desde lejos una casita,

se fue a ella,

donde a un santo varón

encontró en la puerta,

el cual,

maravillándose de verla allí,

le preguntó qué es lo

que andaba buscando.

La cual repuso que,

inspirada por Dios,

estaba buscando ponerse a su servicio,

y también quién le enseñara

cómo se le debía servir.

El honrado varón,

viéndola joven y muy hermosa,

temiendo que el demonio,

si la retenía, lo engañara,

le alabó su buena disposición y,

dándole de comer algunas raíces de hierbas

y frutas silvestres y dátiles,

y agua a beber, le dijo:
-Hija mía,

no muy lejos de aquí hay un santo varón

que en lo que vas buscando

es mucho mejor maestro

de lo que soy yo:

irás a él.
Y le enseñó el camino;

y ella,

llegada a él y oídas de éste

estas mismas palabras,

yendo más adelante,

llegó a la celda de un ermitaño joven,

muy devota persona y bueno,

cuyo nombre era Rústico,

y la petición le hizo

que a los otros les había hecho.

El cual,

por querer poner su firmeza

a una fuerte prueba,

no como los demás la mandó irse,

o seguir más adelante,

sino que la retuvo en su celda;

y llegada la noche,

una yacija de hojas de palmera

le hizo en un lugar,

y sobre ella le dijo que se acostase.

Hecho esto,

no tardaron nada las tentaciones

en luchar contra las fuerzas de éste,

el cual, encontrándose

muy engañado sobre ellas,

sin demasiados asaltos

volvió las espaldas y se entregó como vencido;

y dejando a un lado los pensamientos santos

y las oraciones y las disciplinas,

a traerse a la memoria la juventud

y la hermosura de ésta comenzó,

y además de esto,

a pensar en qué vía

y en qué modo debiese

comportarse con ella,

para que no se apercibiese que él,

como hombre disoluto,

quería llegar a aquello que deseaba de ella.
Y probando primero con ciertas preguntas

que no había nunca conocido a hombre averiguó,

y que tan simple era como parecía,

por lo que pensó cómo,

bajo especie de servir a Dios,

debía traerla a su voluntad.

Y primeramente con muchas palabras

le mostró cuán enemigo

de Nuestro Señor era el diablo,

y luego le dio a entender

que el servicio

que más grato podía ser a Dios

era meter al demonio en el infierno,

adonde Nuestro Señor

lo había condenado.

La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello;

Rústico le dijo:
-Pronto lo sabrás,

y para ello harás lo que a mí me veas hacer.

Y empezó a desnudarse

de los pocos vestidos que tenía,

y se quedó completamente desnudo,

y lo mismo hizo la muchacha;

y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese

y contra él la hizo ponerse a ella.

Y estando así,

sintiéndose Rústico más que nunca inflamado

en su deseo al verla tan hermosa,

sucedió la resurrección de la carne;

y mirándola Alibech,

y maravillándose, dijo:
-Rústico,

¿qué es esa cosa que te veo que

así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?
-Oh, hija mía -dijo Rústico-,

es el diablo de que te he hablado;

ya ves,

me causa grandísima molestia,

tanto que apenas puedo soportarlo.
Entonces dijo la joven:
-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú,

que no tengo yo ese diablo.
Dijo Rústico:
-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo,

y la tienes en lugar de esto.
Dijo Alibech:
-¿El qué?
Rústico le dijo:
-Tienes el infierno,

y te digo que creo que Dios

te haya mandado aquí

para la salvación de mi alma,

porque si ese diablo me va a dar este tormento,

si tú quieres tener de mí tanta piedad

y sufrir que lo meta en el infierno,

me darás a mí grandísimo

consuelo y darás a Dios gran placer y servicio,

si para ello has venido a estos lugares,

como dices.
La joven,

de buena fe,

repuso:
-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno,

sea como queréis.
Dijo entonces Rústico:
-Hija mía, bendita seas.

Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas,

le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar

a aquel maldito de Dios.

La joven,que nunca había puesto

en el infierno a ningún diablo,

la primera vez sintió un poco de dolor,

por lo que dijo a Rústico:
-Por cierto,

padre mío,

mala cosa debe ser este diablo,

y verdaderamente enemigo de Dios,

que aun en el infierno,

y no en otra parte,

duele cuando se mete dentro.
Dijo Rústico:
-Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese,

seis veces antes de que se moviesen

de la yacija lo metieron allí,

tanto que por aquella vez

le arrancaron tan bien

la soberbia de la cabeza

que de buena gana se quedó tranquilo.

Pero volviéndole luego muchas veces

en el tiempo que siguió,

y disponiéndose la joven

siempre obediente a quitársela,

sucedió que el juego comenzó a gustarle,

y comenzó a decir a Rústico:
-Bien veo que la verdad decían

aquellos sabios hombres de Cafsa,

que el servir a Dios era cosa tan dulce;

y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna

hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como

es el meter al diablo en el infierno;

y por ello me parece que cualquier persona

que en otra cosa que en servir a Dios

se ocupa es un animal.
Por la cual cosa,

muchas veces iba a Rústico y le decía:
-Padre mío,

yo he venido aquí para servir a Dios,

y no para estar ociosa;

vamos a meter el diablo en el infierno.
Haciendo lo cual,

decía alguna vez:
-Rústico,

no sé por qué el diablo se escapa del infierno;

que si estuviera allí de tan buena gana como

el infierno lo recibe y lo tiene,

no se saldría nunca.
Así,

tan frecuentemente invitando

la joven a Rústico y

consolándolo al servicio de Dios,

tanto le había quitado

la lana del jubón

que en tales ocasiones sentía frío

en que otro hubiera sudado;

y por ello comenzó

a decir a la joven

que al diablo no había que castigarlo

y meterlo en el infierno

más que cuando él,

por soberbia,

levantase la cabeza:
-Y nosotros, por la gracia de Dios,

tanto lo hemos desganado,

que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual,

después de que vio que Rústico

no le pedía más

meter el diablo en el infierno,

le dijo un día:
-Rústico,

si tu diablo está castigado

y ya no te molesta,

a mí mi infierno

no me deja tranquila;

por lo que bien

harás si con tu diablo

me ayudas a calmar

la rabia de mi infierno,

como yo con mi infierno

te he ayudado a quitarle

la soberbia a tu diablo.
Rústico,

que de raíces de hierbas y agua vivía,

mal podía responder a los envites;

y le dijo que muchos diablos

querrían poder tranquilizar al infierno,

pero que él haría lo que pudiese;

y así alguna vez la satisfacía,

pero era tan raramente

que no era sino arrojar

un haba en la boca de un león;

de lo que la joven,

no pareciéndole servir a Dios

cuanto quería,

mucho rezongaba.

Pero mientras

que entre el diablo de Rústico

y el infierno de Alibech había,

por el demasiado deseo

y por el menor poder, esta cuestión,

sucedió que hubo

un fuego en Cafsa

en el que en la propia casa ardió

el padre de Alibech

con cuantos hijos y demás familia tenía;

por la cual cosa Alibech

de todos sus bienes quedó heredera.

Por lo que un joven llamado Neerbale,

habiendo en magnificencias gastado

todos sus haberes,

oyendo que ésta estaba viva,

poniéndose a buscarla

y encontrándola antes

de que el fisco se apropiase

de los bienes que habían sido del padre,

como de hombre muerto sin herederos,

con gran placer de Rústico

y contra la voluntad de ella,

la volvió a llevar a Cafsa

y la tomó por mujer,

y con ella

de su gran patrimonio fue heredero.

Pero preguntándole las mujeres

que en qué servía a Dios en el desierto,

no habiéndose todavía Neerbale

acostado con ella,

repuso que le servía metiendo

al diablo en el infierno

y que Neerbale

había cometido un gran pecado

con haberla arrancado a tal servicio.

Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven,

entre palabras y gestos,

se los mostró;

de lo que tanto se rieron que todavía se ríen,

y dijeron:
-No estés triste,

hija,

no,

que eso también se hace bien aquí,

Neerbale bien servirá contigo

a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego,

diciéndoselo

una a otra por toda la ciudad,

hicieron famoso

el dicho de que el más agradable

servicio que a Dios

pudiera hacerse

era meter al diablo en el infierno;

el cual dicho,

pasado a este lado del mar,

todavía se oye.

Y por ello vosotras,

jóvenes damas,

que necesitáis la gracia de Dios,

aprended a meter al diablo en el infierno,

porque ello es cosa muy grata a Dios

y agradable para las partes,

y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.

Qué tengan un buen día....Un abrazo con cariño

Somos dos extraños que nos conocemos muy bien....!!!

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Comentario por Martina el abril 20, 2015 a las 8:57pm

jaja mi tina,que tantó es tantitititó,ademas la baba es curativa jaja gusto saludarte,guapa,un abrazo de oso.

Comentario por Tina el abril 20, 2015 a las 8:51pm

Ummm, muy bueno, me he reido un rato. Besos sin baba

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