"No hablas de ti, no se trata de ti.
                                            No se trata de estas tardes falaces
                                            que ya no existen y en las que
                                            estuviste atrapado sin saberlo"

Me gustan las venganzas que de tanto en tanto
escriben las muchachas solitarias,
esas furiosas leonas dormidas,
poetisas a las que casi nadie desea.


A las que nadie interesa publicar.

A las que muy pocos leen.


Improbables invitadas a los coloquios de lujo.


Eterno público de los mediocres recitales en las plazas.


Sus venganzas son honestas:


profetas de un mundo nunca conquistado.


Mariposas fallidas,
a quienes todos han dicho con desdén
que son bellas por dentro.


Artistas de la introspección
que cultivan y odian, precisamente,
ese trozo de hielo que les habita
y que conocen al dedillo,
donde solo encuentran
sustancias gelatinosas, parajes de gases cósmicos,
fotos desgastadas que conservan un grito.

Las define el temor y la tentación de la vida y de la muerte.
A veces tienen cosas importantes que decir al respecto,
pese al desdén del auditorio,
pese al fatídico ámbito de autoayuda
que intentan ofrecerle los talleres de escritura
que nunca necesitaron pero a los que,
por un furioso y tímido anhelo de compañía,
siempre pertenecen.

Son lo que son, y bien nos valdría saberlo.
Profetas que nunca lograrán dar con el número de la lotería.


Adivinadoras que chocan, en las noches,
con las puertas abiertas de los anaqueles de la cocina.


Copistas de verdades profundas que queremos ignorar
y que ellas se toman el trabajo de apuntar
en sus cuadernos
pese a que la fama y el éxito corresponda, siempre,
a otras muchacha mucho más bonitas.

Todo les ocurre.

Todo les daña.
Episodios psicóticos, psoriasis,
obesidad mórbida,
patología de un triste y vago exotismo.


El recuerdo amargo y sólido
de una mañana de febrero sometidas
a la lenta tortura de una curva de la glucosa.


Malos resultados.
Un médico de pelo blanco que mueve la cabeza
y después les olvida para siempre.

Conocí a una muchacha psicótica que escribía poemas.


Leí algunos.
Cosas hermosas.
Estaba brava, estaba aturdida, estaba asustada.
Contaba sus historias con el shampoo que debía guardar
junto a su cama,
durante los meses de hospitalización.


Las hojas que caían de los árboles en el mes de mayo.
Las noches lentas y repetitivas donde la luna,
una luna que era también una oreja,
escuchaba los pensamientos eróticos
que ella apuntaba secretamente,
escondida bajo las sábanas
desnuda y fría y pálida.


Urdiendo un puñal para matar la noche.-
                                                     Pedro Enrique Rodríguez

Poeta y psicólogo venezolano nacido en Maracaibo en 1974. Es profesor de la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado los libros: "Oficio de lectores - Textos de detectivismo literario" (2008), "El silencioso vuelo de los peces" (2009). Fue ganador del Concurso de Poesía José Barroeta 2012 convocado por la IX Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas, con el poemario "La fugaz caligrafía del resplandor". También obtuvo el II Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo, 2014.

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"Antes era una indecisa,AHORA,no sé..."

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Etiquetas: gusta, la, venganza

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Comentario por Martina el julio 12, 2015 a las 10:23am

Buen domingo Nahomy...Saludos calurosos,gracias

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