Érase que se era, que había una vez una dulce muchachita llamada Lucía, con la piel suave y sedosa, los cabellos del color del oro y bella como una rosa.
Tenía Lucía unos ojos verdes azabache que iluminaban el mundo cuando con ellos lo miraba. Lucía era tierna y hacendosa, y cualquier joven muchacho la hubiese tomado ya por esposa.

Pero Lucía tenía un problema. Lucía tenía la vagina fría…

Todas las noches, sentada ante su tocador, y mientras cepillaba y recogía sus dorados cabellos, unas lágrimas recorrían sus mejillas mientras le decía a su imagen reflejada:

Ay! Espejo, espejito, ¿por qué no siento calor en mi coñito?

Las demás muchachas de la aldea habían copulado ya varias veces con los impetuosos jóvenes y muchachos del vecindario. Incluso sus hermanas, a las cuales la naturalaza no había dotado de su belleza, ni cabellera, ni simpatía, habían sido ya poseídas por varón. Sin embrago, Lucía, la dulce Lucía, no conocía polla, ni dedo, ni alegría. Pues todo era acercarse a macho y quedarse fría.
Cada anochecer, el deseo de Lucía ardía, y sin embargo, a dos velas se dormía.

Estábamos en estas, cuando un hada madrina, cansada de tanto remilgo y despiste por parte de Lucía, decidió actuar sin contar con el beneplácito del resto de las hadas madrinas. En una noche fría se apareció ante Lucía:

Niña, seca tus lágrimas y deja ya quieto el moño. Yo, tu hada madrina, haré que se te humedezca el coño.
Y diciendo esto, agitó su varita mágica, (de avellano puro) y dando tres vueltas sobre sí misma, a Lucía el clítoris le puso duro.

Qué fue aquello, queridos amigos!!
Punto y aparte en la vida de la dulce Lucía, pues si antes ante la sola idea de copular sufría, ahora, el clítoris duro, guerra pedía.
Cuando a por agua a la fuente iba, y cual principiante, al incorporarse con el cántaro rebosante, su pipitilla con las enaguas rozaba y toda se mojaba. Cuando amasaba el pastel, o fermentaba el pan, cualquier porción de harina que entre sus ropas cayere, a su endometrio hacía la levadura que toda ella se pusiese dura.

Mas, Lucía, en todas estas ocasiones, y sin saber muy bien lo que hacía, con macho intentaba saciarse, desfogarse, quedarse otra vez fría. Y aún con su clítoris duro, con la pipitilla tiesa como un puro, la vagina de Lucía fría seguía.
Y así, día tras día...

El resto de hadas madrinas se enteraron de lo que la otra entre las piernas había dejado a Lucía.

¿Pero que le has hecho?, insensata, so arpía ¿Cómo se te ocurre ponerle así la pepita a Lucía? ¿Acaso crees que es solución que al mínimo roce la muchacha tenga un calentón?
Vamos a solucionar esto al momento, antes de que se le quede el coño como un lamento.

Bajaron de nuevo las hadas, y dando otra vez tres vueltas, cual campanas, girando como una peonza y apuntando con las varitas (de avellano de las mejores vetas) a Lucía, de al menos tres onzas le dejaron de grandes las tetas.

Ay señor!
Si no hubo arreglo con la anterior solución, ahora era peor, pues cada pecho parecía un melón.
Al rebosar el cántaro, y humedecida desde el pie hasta su clítoris incipiente, cuando a por agua iba a la fuente, ahora, además, los pezones se le erizaban de repente.
Si amasando, o cocinando, movimiento brusco hacía, cualquier teta del vestido se salía, y claro, Lucía, que la vagina fría tenía, pero de mente era ardiente, con el molinero, el aguador o el posadero intentaba quedarse otra vez fría. Pero nada. Solución no había.
Y así día tras día. Pobre Lucía.

Y en estas estábamos, cuando desde el otro mundo, a Lucía llorar oyó Segismundo.

Segismundo era hermano de las hadas, algo sarasa y maricón, oveja negra entre sus hermanas, siempre dispuesto, en lo que a pollas se refiere, a cualquier degustación.

So lerdas, esta niña no necesita un pollón. Le habéis dejado el chichi que parece un acordeón. Sube, baja, se infla y desinfla como si fuesen las alas de una ninfa. Y no! Ni pipa ni pezón, ésta lo que necesita es otro chochón!!.

Y con un giro, gran pluma y un mohín, al mundo real bajó a poner a éste cuento fin.
No hizo falta varita; tres giros, una manita así, la otra en la cadera, juntólo todo con un gritillo, un aspaviento, (ya sabemos todos que era maricón, pero el escritor aún no se fía) , y Segismundo a Lucía puso en la correcta vía.
En una alcoba antes vacía, con la molinera en pelotas dejó a Lucía.

Las muchachas, al principio, tímidas, como a su edad la precaución correspondía.
Pero al rato. Ay al rato, ni imaginaros quiero que sepáis por donde pasaron sus lenguas porque a pajas si no me mato. De la molinera dedos, labios, saliva y sudor, dejaron a Lucía la vagina como un calefactor. Tal fue el calor y el sofocón, que en un momento, a Lucía, le temblaba toda la musculación. La molinera, al parecer, además de trigo moler, sabía con los dedos y la lengua qué hacer.

De esta guisa tres días enteros estuvieron, Lucía y María, que por ese nombre la molinera respondía. Desde el cielo Segismundo satisfecho las miraba, y mientras el culo del molinero tanteaba, a sus hermanas hadas les recriminaba:

Ay!, hadas, hadas… que inútiles y desdichadas, siempre despistadas. Toda la vida jugando con varitas (de castaño…no!, avellano, espera) y aún no saben distinguir una frígida de una bollera. :mrgreen: 

Y colorín colorado, este bollo ha terminado.

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Comentario por Jorge Hector el mayo 15, 2011 a las 10:07pm

Jajaja, Muy bueno el cuento.

Comentario por Carmen A. el mayo 14, 2011 a las 6:35pm

Ummmm !qué calores¡

Voy a darme una duchita fría, jajajajjaja

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