Tengo un amigo que siempre hizo de la homofobia una de sus principales señas de identidad. No de una forma especialmente agresiva, sino más bien como una bandera a la que asirse, quizá para demostrar o demostrarse no sé bien qué cosas, y un filón para las bromas o chistes.
La cuestión es que, unos días antes de navidad, su hija le confesó su lesbianismo. Desde ese día anda el hombre perdido, sin capacidad de reacción y como ausente.
De momento y a modo de tabla salvadora, se aferra a la teoría de que muy probablemente esté descentrada o desorientada; algo que seguramente arreglará un buen tratamiento psicológico. Tal vez solo sea un problema de autoestima, piensa él.
El caso es que, a veces, todavía tiene momentos en que lo olvida y, en mitad de una cena bien regada, interrumpe de golpe el último y jocoso chiste que le han contado; uno que seguramente empiece por un "van dos maricones y dicen...". A partir de ese momento él mismo cae en la cuenta e inicia un silencio repentino y helado. Luego, alguno de los presentes cambia de tercio y todo vuelve a una normalidad aparente, mientras él quizá apure una copa, sumido aún en su particular océano de desconcierto.

En otro grupo de amistades, conozco a otro que también vive su propia travesía de confusión. En este caso se trata de alguien que no hizo otra cosa en su vida sino trabajar, hasta el punto en que su ocio consistía en sumar o añadir un nuevo trabajo, sin dejar ninguno de los que ya acumulaba. Ahora está parado. Completamente parado.
La situación laboral fue deteriorándose como una cascada imparable, una avalancha que arrastró sucesivamente todos sus trabajos, uno tras otro y sin dejar ni uno.
Ahora lleva meses en que sale a caminar sin rumbo, cada vez más lejos y sumido en una espiral de pensamientos autodestructivos. No ha tenido nunca aficiones extra laborales y ahora se encuentra con todas las horas para lo único a lo que no le dedicó nunca ni un minuto: él mismo.
Su familia teme, no sin motivo, que un día salga a caminar como cada mañana y ya no regrese; ahogado en su desconcierto vital y terrorífico.

Me pregunto si les resulta familiar vivir en el desconcierto, si se manejan en él con una cierta destreza o, por el contrario, piensan que sucumbirían como los dos casos que expuse.

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