Gabi, la gaviota blanca (A MANERA DE FABULA )

Había una vez una gaviota muy blanca, de pico color naranja que vivía cerca de una playa bastante grande. Se llamaba Gabi y hacía muchos años que correteaba por aquella zona.

 

La vida de Gabi era muy entretenida, estaba siempre muy atareada. Se levantaba muy temprano, un poco antes del amanecer y, con sus compañeras, bajaba a la playa en busca de comida. A aquellas horas la marea había dejado sobre la arena muchos restos que eran saboreados con gusto por Gabi y sus amigos. Ése era el desayuno.

 

Durante la mañana se dedicaban a darse un buen baño en el agua del mar y luego volvían a casa. Siempre había algo que hacer: ayudar a limpiar, cui­dar de alguna gaviota que no se encontraba bien o jugar un rato con las gaviotas muy pequeñas que aún no sabían volar. Gabi se divertía mucho con ellas, les enseñaba a hacer volteretas, a hacer cometas y a sal­tar sobre una sola pata. Todas las gaviotas pequeñas querían que las cuidara Gabi.

 

Al mediodía, las gaviotas tenían que volver a la playa a buscar comida, y muchos días cuando no hacía frío ni había niebla se quedaban un buen rato en la playa, disfrutando de otro baño. Al mismo tiempo aprovechaban para coger algún pez despistado que no se había acordado de que a aquella hora las gaviotas estaban allí. Muchos días se retrasaban  en la vuelta a casa jugando y jugando con las olas del mar.

 

Gabi casi siempre dormía una gran siesta des­pués de comer, porque normalmente se despertaba muy temprano y se acostaba bastante tarde. Cuando se despertaba de la siesta, pasaba un buen rato char­lando con sus amigos y cuando empezaba a oscurecer, Gabi salía de su casa a buscar a Pablo.

 

Pablo era un marinero que tenía un gran barco de pesca. Cada día, Pablo y la tripulación de su barco salían por la noche a pescar y en algunas ocasiones se iban a lugares algo lejanos para poder pescar otra clase de peces. Gabi casi siempre los acompañaba, ella quería mucho a Pablo y éste siempre la había tratado muy bien.

 

Pablo y Gabi se habían conocido muchos años atrás cuando Gabi era todavía muy pequeña. Un día se encontraba Gabi jugando con las olas del mar, cuando de pronto vio un barco de pesca que se acer­caba. Nunca había visto uno tan grande y se asustó un poco. Quiso salir corriendo, pero su pata derecha se enredó con algo y no podía moverse. Estaba cada vez más asustada porque además ahora se sentía arrastrada por algo: se había enredado en una red.

Desde el barco de pesca, Pablo y sus compañeros iban recogiendo la red cuando de pronto vieron a Gabi.

 

-¡Qué raro! -dijo Pablo- ¿Cómo no habrá salido volando esa gaviota?

 

Gabi estaba cada vez más asustada, no podía moverse y nunca había tenido tratos con ningún hu­mano, no tenía ni idea de cómo podían ser estos a los que se acercaba cada vez más.

 

Cuando ya casi tenían la red recogida, Pablo se dio cuenta de qué había ocurrido.

-¡Pobrecilla! -dijo- se le ha enredado una pata en nuestra red. Por eso no podía salir volando. No te asustes -le dijo con cariño- enseguida te suelto y po­drás volver a tu casa.

-Seguro que se ha enredado porque quería co­merse nuestro pescado -dijo otro marinero, con cara de pocos amigos.

 

Al oír esto Gabi se enfureció, ella no era una ladrona de pescado. Quiso moverse para decirle algo al marinero, pero todavía no la habían desenredado del todo.

 

-¡Quieta! -dijo Pablo-. Todavía no he terminado. Te habías enredado bien.

-¡Oiga usted! -dijo Gabi furiosa, dirigiéndose al marinero con cara de pocos amigos- No parece usted entender mucho de gaviotas. Yo no soy una ladrona de pescado ni una glotona. El mar es muy grande y hay en él peces suficientes para que yo no tenga que venir a quitarles los suyos a unos marineros que lle­van toda la noche trabajando.

-¡Caramba Paco! -dijo Pablo dirigiéndose al ma­rinero con cara de pocos amigos-. Esta gaviota te ha dado una buena lección. Está furiosa, así que ten mucho cuidado porque me han dicho que las gaviotas con el pico de color naranja son las que tienen peor humor -comentó mientras guiñaba un ojo a Gabi.

- Así es -dijo Gabi, siguiendo la broma de Pablo-. Pero sobre todo no nos gusta que nos llamen ladronas.

Pablo ya había conseguido al fin desenredar la pata de Gabi.

-Bueno, amiga, -comentó-. Ya puedes volar todo lo que quieras. Ah, ten cuidado la próxima vez, podías haberte roto la pata.

-Muchas gracias -dijo Gabi-. Si no os importa, volveré con vosotros en el barco. Estoy muy cansada. Por si acaso -dijo mirando al marinero Paco- podéis hacer guardia para vigilar que no me coma vuestro pescado...

-Ja, ja, ja -rió Pablo-. Me parece que la has ofen­dido mucho, Paco. Descansa tranquilamente, pequeña gaviota, nadie te vigilará porque no hace ninguna falta. Por cierto, yo me llamo Pablo, ¿y tú?

- Yo soy Gabi.

- Pues, Gabi, bienvenida a bordo -dijo Pablo-.

 

Así fue cómo se conocieron Pablo y Gabi. Desde aquel día Gabi los acompañaba siempre en sus viajes; el barco de Pablo no salía nunca a la mar si Gabi no había llegado, formaba parte de la tripulación. Les ayudaba muchas veces adelantándose volando para investigar cómo estaba la mar, dónde había más pes­cado y si había o no muchos pescadores. Luego volvía al barco y pasaba un informe completo a Pablo y sus muchachos. Todos habían aprendido a quererla, in­cluso Paco, que seguía teniendo cara de pocos amigos.

 

Pero un día en uno de esos viajes largos a un país lejano, Pablo empezó a sentirse mal. Cuando ya estaban en el viaje de vuelta y faltaban cuatro días para llegar a su casa, Pablo empezó a marearse y tenía un tremendo dolor de cabeza, además parecía tener mucha fiebre. Todos estaban bastante preocupa­dos porque nunca le habían visto así. Gabi no sabía qué hacer; Pablo seguía bromeando como siempre, pero estaba claro que se encontraba muy mal.

 

Gabi pensó que lo mejor sería consultar a don Anselmo. Alzó el vuelo y se fue a buscarlo, no vivía lejos de allí. Don Anselmo era un búho muy sabio que conocía todas las enfermedades y todos los remedios. Gabi le contó lo que le ocurría a Pablo y don Anselmo puso cara de preocupación.

 

- Será mejor que vaya a verlo -dijo-. Pero por lo que cuentas creo que deben ser las fiebres del mar. Ocurre una vez entre un millón que un marinero coja estas fiebres, pero, ya ves, parece haberle tocado a tu amigo.

 

Por la cara que ponía don Anselmo, Gabi pensó que la enfermedad debía ser grave, pero no se atrevió a preguntar nada. Sería mejor que antes don Anselmo viera a Pablo. Juntos volaron hasta el barco.

 

Don Anselmo estuvo bastante rato observando a Pablo, le miró los ojos, las orejas, las manos, la len­gua, y cuando acabó dijo:

- Lo siento chicos, pero efectivamente tiene las fiebres del mar.

Todos se quedaron muy preocupados, sabían de qué enfermedad se trataba. Pero Gabi estaba segura de que don Anselmo conocía también todos los reme­dios, así que le preguntó:

-¿Cuál es el remedio? Porque usted los conoce todos.

- El remedio, querida Gabi, es casi un imposible. Que yo sepa, esta enfermedad sólo se cura con in­fusiones de andina. La andina es una flor de color azul brillante que crece únicamente en la ladera norte de una montaña de los Andes. Yo tenía algo hasta hace unos años, pero tuve que usarla para curar otras fie­bres de un león africano. Lo siento.

- Pero -dijo Gabi, muy preocupada- se puede ir a buscar más.

- Sí, por supuesto -contestó don Anselmo-. Pero se trata de un viaje muy largo y peligroso. Y nuestro amigo Pablo necesita la medicina antes de tres días. No resistirá ni un día más

Al oír esto todos se quedaron muy preocupados, pero Gabi ya había tomado una decisión:

- Yo iré a buscar la andina -dijo-. Es lo menos que puedo hacer por Pablo. Él siempre ha sido muy bueno conmigo.

 

Todos intentaron convencerla de los peligros enormes que iba a encontrar. Además, probablemente los Andes estarían cubiertos de nieve, pero Gabi no iba a cambiar de opinión. Al ver que no era posible convencerla para que se quedara, don Anselmo le explicó con todo detalle cómo tenía que coger la flor y dónde la encontraría.

 

- Vete tranquila -le dijo-. Yo me quedaré cuidan­do de Pablo hasta que tú vuelvas. Pero ten mucho cuidado, me han dicho que, desde hace un año, la montaña que buscas está custodiada por un águila que no deja que nadie se acerque.

 

Se despidieron todos de Gabi, deseándole mucha suerte, y ella emprendió el viaje.

Sabía que tardaría mucho tiempo si tenía que depender de sus alas, así que decidió buscar otras más grandes y más rápidas. Y así fue cómo Gabi voló sobre el ala de un avión que la dejó muy cerca de los Andes. El viaje fue muy duro porque el avión volaba muy alto y muy rápido, de forma que Gabi iba casi congelada y agarrada con fuerza para no caerse, pero estaba dispuesta a todo para llegar a los Andes. Cuando el avión llegó a su destino ya había transcurrido casi un día desde que se había despedido de Pablo. Le que­daba poco tiempo así que decidió no desperdiciarlo. Desde allí podía ver la cordillera de los Andes con sus picos nevados, pero sabía que todavía estaba bastante lejos.

 

Emprendió de nuevo el vuelo pero esta vez sobre sus propias alas y, siguiendo las indicaciones de don Anselmo, llegó, luchando contra un viento muy peleón, a los Andes.

 

Tuvo que volver a mirar el mapa que le había hecho don Anselmo porque a ella todas las montañas le parecían iguales y no podía equivocarse, no tenía tiempo. Según el mapa, le pareció que debía ser la tercera empezando por la derecha. Se encontró por allí con unos caballos salvajes a los que preguntó si la montaña que había escogido era la correcta. Los caballos, al verla, se sorprendieron mucho: 

-¿Qué hace aquí una gaviota? ¿Vosotras no vivís en el mar? -preguntaron-.

- Sí -contestó Gabi-, pero esto es una emergen­cia. Y les explicó la historia.

- Tu montaña es la tercera empezando por la derecha -le dijeron-, pero debes saber que hay un águila allí que no deja pasar a nadie.

Gabi ya lo sabía, pero tenía que intentarlo. No se iba a volver atrás ahora.

- Lo sé -dijo-, pero de todos modos lo intentaré. Gracias por vuestra ayuda.

- De nada, y que tengas mucha suerte -le dije­ron-

Gabi comenzó a volar con mucho cuidado hacia la tercera montaña de la derecha. Tenía muchísimo frío pero casi ni le importaba porque quería llegar y volver con Pablo. Fue volando cada vez un poco más alto y se iba maravillando de lo que veían sus ojos: aquella montaña estaba llena de flores y plantas pre­ciosas y todo parecía muy bien cuidado. De pronto oyó un fuerte aleteo y una voz de trueno que decía:

-¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí! ¿No sabes que está prohibido el paso?

Gabi se asustó un poco cuando vio de dónde salía aquella voz, un águila enorme estaba frente a ella moviendo sus alas sin parar. Gabi nunca había visto un águila tan grande. Pero no se dio por vencida.

-¿Por qué está prohibido el paso? -preguntó decidida.

- Porque lo digo yo -contestó el águila, bastante furiosa.

-¡Oh! y ¿quién es usted? -dijo Gabi.

El águila estaba sorprendida, nadie se atrevía nunca a hablar con ella. Aquella gaviota parecía muy valiente, empezaba a caerle simpática, además no había robado ninguna planta ni había destrozado nada.

-¿Quién soy yo, dices? -comentó el águila, orgu­llosa-. Pues yo soy Águeda, el águila real.

-¡Oh! Pues, buenos días, doña Águeda, estoy encantada de conocerla. Yo soy Gabi, la gaviota blanca y vengo de muy, muy lejos.

- Ya lo supongo -dijo el águila intrigada-. ¿A qué has venido?

Gabi le contó su historia. Doña Águeda la es­cuchaba muy atenta, y cuando Gabi acabó le dijo:

- Verás, Gabi, yo vigilo esta montaña y no dejo entrar nunca a nadie, como ya sabrás. Pero no se trata de que yo sea un águila gruñona y caprichosa que quiere estar sola, sino que intento conservar la montaña tal como es ahora. Todas las otras montañas que ves alrededor ya no tienen ni flores ni plantas ni animales salvajes porque algunos humanos y algunos animales poco cuidadosos las han estropeado. Yo no quiero que le ocurra lo mismo a esta montaña, así que estoy dispuesta a defenderla con mi vida. Pero tu caso es distinto, tú has expuesto tu vida para salvar la de tu amigo y te queda poco tiempo, así que voy a ayu­darte, no te muevas de aquí.

Gabi obedeció y se quedó allí muy quieta, disfru­tando del paisaje. Casi se le había quitado el frío. Al cabo de un rato doña Águeda volvió con una bolsita llena de flores azules brillantes y se la entregó a Gabi.

- Toma -le dijo-, con esto tendrás más que sufi­ciente. ¡Ah! Y si algún día necesitas algo de esta mon­taña no hace falta que hagas este viaje tan largo y tan peligroso. Envíame un recado por algún águila y te lo haré llegar. Y ahora, Gabi, debes marcharte. Te explicaré un camino más corto y menos peligroso.

Gabi le dio las gracias muy emocionada, y le dijo:

- Otra vez gracias, doña Águeda, y si algún día viaja a mis tierras no deje de venir a visitarme. ¡Ah! y no deje que nadie estropee esta montaña. ¿De acuer­do?

- De acuerdo, Gabi, feliz viaje -contestó el águila, también emocionada.

De vuelta, Gabi cogió otro avión que iba parando en casi todas partes, creía que no iba a llegar nunca, pero al tercer día desde que saliera del barco, cuando faltaban cuatro horas para que se cumpliera el plazo, don Anselmo, que estaba subido al mástil, dijo:

- ¡Es Gabi! ¡Es Gabi! Ya viene. Seguro que trae­rá la flor mágica.

Y así era. Gabi venía cargada de flores mágicas. Don Anselmo pudo curar a Pablo y Gabi buscó a un águila real y le pidió que llevara un mensaje a doña Águeda. Decía: Todos estamos bien, gracias a usted. Siga cuidando nuestra montaña. Gracias.

 

(extraído de Los Cuentos de Iris)

 

 

Visitas: 1447

Comentar

¡Necesitas ser un miembro de Anundis.com :: Discapacidad :: Red Social para añadir comentarios!

Participar en Anundis.com :: Discapacidad :: Red Social

Comentario por Giovana el noviembre 28, 2012 a las 5:50am

Primero q nada, gracias amiguita hermosa por darte tiempo para leerme. Sobre la historia, si q es bella y tiene muchos mensajes maravilloso.... la gaviota es un ave muy noble, pues como bien dices, en un momento de desesperacion, te avisa q hay tierra a la vista y con ello invade la tranquilidad. La historia tb habla de q no necesitas ser grande para alcanzar tus metas, solo tienes q tener amor por la vida y claros tu objetivos para alcanzarlos, entre esas metas, encontrar la felicidad... guiar nuestros barcos hacia ese horizonte.

Me encantaria poder un dia hornear unas galletas prepararnos un cafe y sentarnos a platicar, pienso q podriamos pasar horas intercambiando experiencias.

Un abrazo en la distancia amiga querida y q descanses

Comentario por Martina el noviembre 28, 2012 a las 4:21am

mi niña muy lindo el mensaje,los que navegamos a pesar de ser marineros el clima es nuestro amigo o enemigo,sabemos domar las olas y bailar con ellas o simplemente dormir con su arrullo,cuando un barco está a la deriba que desesperante es sentirte perdido,pero en el horizonte si divisas una gaviota es signo de que hay tierra cerca...Te das cuenta?somos marineros y llevemos nuestro barco al horizonte de la felicidad...!!Un abrazo

con cariño

Comentario por Giovana el noviembre 27, 2012 a las 4:35am
Una experiencia de Europa (España) hasta mis amados Andes....

© 2004 - 2019   Anundis.com :: Discapacidad :: Red Social   Tecnología de

Emblemas  |  Reportar un problema  |  Términos de servicio