*En busca del amor en internet, en una silla de ruedas*

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La primera vez que incursioné en las citas en línea, mis fotos mostraban solo una parte de la silla de ruedas. Esperaba que los chicos buenos se sintieran tan atraídos por mi ingenioso perfil y mi ocurrente charla que miraran más allá de mi discapacidad, si es que la habían notado.

Comencé a deslizar el dedo sobre los perfiles con impaciencia y rápidamente encontré una coincidencia con un hombre guapo cuya fotografía lo mostraba cargando una enorme iguana en su hombro.

Con la idea de que ese detalle podría fácilmente detonar la conversación, le envié un mensaje. Minutos después respondió, pero en lugar de contestar mi pregunta acerca del reptil, preguntó:

“¿Estás en una silla de ruedas?”.

Respondí simplemente que sí, que uso una silla de ruedas, pero que me interesaba más la historia de la iguana. Desafortunadamente, a él no le interesó en absoluto y solo respondió para decir:

“Perdón. Para mí la silla de ruedas es una razón para

no continuar con esto”.

La franqueza de su respuesta me dolió, pero el sentimiento no era ninguna novedad. Debido a que nací con una discapacidad (síndrome de Larsen, una enfermedad genética que afecta los músculos y las articulaciones), para cuando descargué Tinder ya tenía una colección de rechazos amorosos tan grande que podía llenar una alberca olímpica. Sin embargo, ese rechazo en particular desató una ola de pánico en mí.

En el Perú, una alternativa a Machu Picchu aún oculta

Unos meses antes de deslizar el dedo sobre los perfiles, pasé por un rompimiento desastroso con un hombre con el que salí durante dos años. Creí que me iba a casar con él y que jamás tendría que volver a preocuparme por el rechazo. Cuando estuve soltera de nuevo, me incliné por las citas en línea con la esperanza de vencer mi miedo a que nunca me aceptaran como soy, de que un rayo no cayera dos veces en el mismo lugar.

Como no me desanimo fácilmente, persistí, descargué todas las aplicaciones existentes de citas en línea y abrí cuentas en varios sitios. Pero me volví reacia a revelar mi discapacidad pues, al estar insertos en una cultura de relaciones superficial, creí que mi silla de ruedas haría que muchos hombres me descartaran sin pensarlo dos veces.

Así que decidí esconder mi discapacidad por completo. Corté mi silla de ruedas de las fotos.

Eliminé cualquier mención al respecto en mis perfiles. En este mundo virtual fingiría que mi discapacidad no existía.

Seguí con la farsa un tiempo, enviando mensajes a posibles coincidencias que no se daban cuenta de nada. Una vez que creía haber hablado con un chico el tiempo suficiente para despertar su interés, elegía el momento y le contaba acerca de mi discapacidad.

Le enviaba una extensa explicación en la que le revelaba que usaba silla de ruedas, le recordaba que eso no me restaba valor como persona y terminaba asegurándole que podía preguntarme lo que quisiera, si así lo deseaba.

Luego de soltar el difícil tema de la silla de ruedas, me preparaba para sus reacciones, que siempre eran una rara mezcla que iba desde la indiferencia hasta que no me volvieran a escribir.

De vez en cuando, recibía una respuesta de aceptación.

Un hombre con el que conecté en Coffee Meets Bagel se deshacía en disculpas cuando le conté por primera vez acerca de la silla de ruedas, pues le pareció lo más trágico que había escuchado en su vida.

Lo detuve y le expliqué que mi discapacidad es parte de quien soy y que no había razón para sentirse mal.

Terminé saliendo con él un día, luego otro. Para la segunda cita, mi “bagel” sugería una noche de pintura (un evento social que involucra pinceles, lienzos, pintura acrílica y, por lo general, vino), pues yo le había contado lo mucho que me gustaban.

Él encontró un cupón de oferta y yo busqué un sitio, elegí un restaurante en Nueva York que se suponía tenía accesos para sillas de ruedas.

Resultó que el restaurante sí tenía los accesos, pero la clase de pintura se realizaba en un salón del piso superior, así que pasamos la velada sentados justo debajo de los pintores, cenando, envueltos en una tensa conversación con risas avivadas por el vino e instrucciones de pintura de fondo.

Me sentía avergonzada.

Después de ese desastre, le prometí a mi cita que recuperaría su dinero.

En cuanto la compañía devolvió el costo de las

entradas, él desapareció.

Fue doloroso darme cuenta de que la parte difícil no termina cuando alguien se entera de mi discapacidad. Salir conmigo puede ser un curso de inmersión en el mundo de las discapacidades y sé que no siempre es fácil que una persona sin ellas lo entienda, pero ocultarlo y revelárselo a las personas solo cuando sentía que era el momento correcto no ayudaba en nada.

En retrospectiva, todo esto sirvió para alimentar el estigma que por lo general trato de combatir con tanto ahínco.

Me sentí hipócrita. En todos los demás aspectos de mi vida, mi discapacidad es protagonista. Hablo y escribo incansablemente de ser una orgullosa mujer con discapacidad y sin arrepentimientos. Es parte de mi identidad, lo que moldea todo cuanto hago y valoro. Sin embargo, en el mundo de las citas en línea, mi discapacidad era mi vergüenza secreta.

Así que decidí que era hora de cambiar. Comencé gradualmente, haciendo referencia a mi discapacidad dentro de mi perfil y luego agregando fotos en las que mi silla de ruedas se veía con claridad. Traté de mantener las cosas sencillas y con humor. Por ejemplo, OKCupid pide a sus usuarios que enlisten seis cosas sin las que no pueden vivir, una de las mías era “la invención de la rueda”.

Aun así, tenía que asegurarme de que mis posibles coincidencias hubieran captado las pistas que había dejado. Me cansé de sentir que tenía que engañar a los hombres para que se interesaran en mí porque la sociedad me había hecho creer que la discapacidad me hace indeseable. Al final, di el salto que tanto temía: hablé con extraños acerca de mi discapacidad y esperaba que agradecieran mi sinceridad y que quizá me enviaran un mensaje.

Por lo general escribía en mi perfil: “Quiero ser muy sincera respecto a que utilizo una silla de ruedas. Mi discapacidad es parte de mi identidad y soy una orgullosa activista a favor de los derechos de las personas con discapacidad, pero hay muchas otras cosas que me definen (ya sabes, como lo que incluyo en mi perfil). Sé que algunas personas dudan en salir con un ser humano que experimenta el mundo sentado, pero me gustaría pensar que seguirás leyendo y hurgarás un poco más. Siéntete libre de preguntar lo que quieras, si así lo deseas”.

Una vez que agregué ese párrafo, me sentí liberada, aliviada de que cualquier persona con la que hablara tendría una imagen más clara de mí. Hay muchas coincidencias que no han funcionado y nunca sabré si se debió a mi discapacidad. Sin embargo, tuve una relación de casi un año con un hombre que conocí en OKCupid, así que sé que es posible que el rayo vuelva a caer de nuevo en el mismo lugar. Mi vida amorosa sigue siendo una comedia de errores y sigo batallando con la sensación de que mi discapacidad significa que jamás encontraré el amor, pero al menos soy sincera conmigo misma. Me estoy presentando tal cual, por completo, y estar orgullosa de ser quien soy me hace sentir bien.

Emily Ladau es activista de los derechos de las personas con discapacidad, escritora y conferenciante. Es editora en jefe de Rooted in Rights. Puedes leer su trabajo en www.wordsiwheelby.com.

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Comentario por Tina el mayo 18, 2018 a las 10:20pm

Una de tantas realidades...

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