Corre por este foro el infundio de que soy una señora. Es comprensible, dada la retórica que utilizo para contar las cosas y el ramalazo pseudo-poético que a veces me sale por las orejas. Pese a todo, no es más que eso: un infundio. Tengo de dama lo mismo que los curas de santidad: el hábito y las aspiraciones (las apariencias, vamos). Y el señorío donde a otros se les hinchan las hemorroides...

Y ya que menciono las hemorroides… ¿alguno de ustedes las padece? Padecer en serio, porque tenerlas, lo que se dice tenerlas, más o menos irritadas, las tenemos todos.

No se atreven ¿verdad?. Ya. Hablar de hemorroides es como hablar de un vicio vergonzante. Uno las padece en secreto, y en vez de aullar de dolor y gritarlo a los cuatro vientos, como quien sufre un dolor de muelas, o de oídos, o de ciática, se esconde y las llora por los rincones, como si lo que tuviese fueran unas purgaciones, un sifilazo, o eyaculación precoz… el tercer ojo es territorio tabú (excepto cuando nos referimos a terceros, claro).

En fin, como intuyo que son ustedes unos gallinas –sin ofender al Pavo, que aparte de pluma tiene moco- les contaré una anécdota con algunos años de antigüedad. Una anécdota propia, para que nadie me acuse de reírme de desgracias ajenas, y para que quienes se encuentren en situación de riesgo tomen las medidas oportunas y pongan sus barbas en remojo al ver afeitar las del vecino.

Vamos allá:

No pocas mujeres sabemos que los hijos, aparte del dichoso pan bajo el brazo, tienen la generosidad en la hora de su feliz alumbramiento de regalarnos unas gloriosas hemorroides, fruto del esfuerzo de parirlos. Ya lo decía la maldición bíblica: “Parirás con dolor”… pero no hablaba de la duración que iba a tener la cosa. Hoy por hoy, algunas nos escaqueamos del dolor de parto, pero de las hemorroides-almorranas-morenas-comoquieranustedesllamarlas nos libramos pocas.

Para no ser menos que los demás, mi niño dejó al cruzar la puerta una docena de puntos de la p… episiotomía y dos hemorroides de tamaño industrial, que dieron por saco mucho más que la criaturita per se. Claro que, por aquella época, desgraciadamente, yo no estaba para poner mucha atención en los puntos, ni en las hemorroides, ni en si la leche subía o bajaba, porque tenía otros asuntos que atender, que ahora no vienen al caso.

Así fueron pasando los años. Algo así como cuatro, más o menos. El niño creció mucho. Las hemorroides, afortunadamente, se mantuvieron en discreto segundo plano. Quiero con eso decir que dieron por culo –nunca mejor dicho- en contadas ocasiones.

Hasta que un desafortunado día reaparecieron en todo su esplendor. Al principio me encontraba incómoda, no más. Pero como una es bastante bruta y hay pocas cosas que la arranquen de su puesto de trabajo (no estaban entonces los tiempos para jugar con los garbanzos) hizo caso omiso y continuó con su vida, eso sí, con una mueca en la cara que se iba volviendo cada vez más desgraciada. Diez horas sentada frente a una máquina de escribir, más tres de viajes en autobús, más ocuparse de casa y niño, no eran precisamente el tratamiento adecuado. Al cabo de una semana apenas podía ponerme derecha, de sentarme o caminar prefiero no hablar… pero seguía en mis trece. Era incapaz de explicarle a nadie que necesitaba una baja porque las hemorroides me estaban matando. La vergüenza de hablar del punto donde ve la luz el ciego. Como si no fuera tan parte de nuestra anatomía como el resto.

Sin embargo, llegó un momento en que eran tan evidentes (les pasa como al estreñimiento, cualquiera se da cuenta de que habla con un individuo “estreñío”) que en tal día y hora mi jefe me llamó a su despacho y me dijo:

- Antes de que palmes y dejes un huérfano, sería interesante que pidieras la baja y fueras a ver al cirujano… lo mismo te resulta de alguna ayuda.

Y me largó para casa.

Cuando llegué a mi sofá apenas me quedaba resuello. Tanto es así, que fue la doctora del Centro de Salud quien se desplazó a comprobar la extensión de los daños, como si hubiera sido una catástrofe natural. De hecho, y según su punto de vista, era eso exactamente.

En la vida he visto nada igual –me soltó, la tía pelleja–. Ni se te ocurra moverte. Para nada. Hielo. Ponte esta pomada. Vive boca abajo. NO TE MENEES ni para respirar.

Y así me tiré dos semanas. Tres. Cuatro

Vivía aplastando la barriga contra el sofá y con el culo en pompa. No comía, porque tenía muy claro que todo lo que entra tiene que salir y la sola idea me producía dolores inenarrables. Estaba hecha unos zorros y tenía el humor de un basilisco. Pero la cosa no mejoraba. Empezaba a sentirme deprimida, además de doliente. Veía más televisión que nunca.

Entonces sucedió la tragedia.

La televisión se averió (falta de costumbre de pasar tantas horas encendida).

Ustedes se preguntarán: ¿por qué es una tragedia que se averíe la televisión?

No. La tragedia es que se averíe la televisión cuando uno padece de hemorroides en primer grado...

Lo es. Porque uno se ve obligado a llamar al técnico, para que la repare.

Lo es. Porque el técnico, muy bien mandao, viene a repararla.

Lo es. Porque cuando te ve, estirado sobre el sillón, boca abajo y con cara de amargao, el hombre, educado él, te preguntará:

- ¿Queeeeé? ¿Estamos de bajaaaa? ¿Catarro? ¿Gripe?

Sí. Tener hemorroides y que se te estropee el televisor es una tragedia, por todo eso, y porque cuando uno tiene un crío de cuatro años en casa, con el pico de oro y ganas de hacer amigos para siempre, antes de que tengas tiempo a reaccionar contestará por ti, con la risa a flor de labio y el desparpajo habitual en macacos de ese tamaño algo así como:

- Mi mamá tiene almorranas, jijijijijiji...

Y desearás que la tierra te trague, porque no podrás salir corriendo.

Y al técnico se le pondrá cara de circunstancias, y jurará sobre una Biblia Luterana que jamás de los jamases volverá a preguntarle a nadie por su estado de salud, aunque lo vea espatarrao en el suelo, habiendo un crío delante.

Y a tu madre tendrán que llevársela los Servicios de Salud Mental, presa de convulsiones, del ataque de risa.

Y el niño saldrá de todo el asunto sin una puta colleja, ni un rasguño, ni ná. Primero porque lo que ha soltao no es mentira, y segundo porque no hay nadie en condiciones de sacudirle un buen mandao.

Claro, que ahora que lo pienso, la tragedia no son las hemorroides, ni la avería del televisor. La tragedia es que ambas cosas sucedan teniendo un niño de cuatro años, que sepa hablar a destiempo.

Lo dicho, eviten las hemorroides como la peste, y si no pudieran evitarlas… por lo menos manden el niño un mes a casa de cualquier pariente, o de excursión al Polo Sur. Miren que los niños los carga el diablo, como las escopetas.

By.Sofia 

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