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EL PRÍNCIPE DEL CORAZÓN HELADO.

Cuentan que la Reina de los Hielos tuvo amores imposibles con el Rey Sol, y de ellos nació un niño hermoso como la aurora, que al reír provocaba que se derritieran los copos de nieve mientras caían.

Nada más nacer, su madre que tanto había sufrido por no haber llegado a poseer al Rey Dorado, quiso protegerlo para siempre del Mal de Amores, y para ello, cuando apenas el recién nacido tenía unos minutos, le sopló delicadamente en su pecho.

Un frío gélido penetró en el cuerpecito del bebé, donde ardía un corazón poderoso heredado de su padre.

El aliento frío de la Madre Reina era sin embargo como una caricia, que envolvió y envolvió el corazón del niño como si fuera el más fino y transparente de los velos, hasta forjar una armadura de hielo impenetrable.

-Hijo mío, regalo de la Tierra y de los Cielos, el más bello de los Príncipes jamás nacido, nada has de temer pues siempre tu corazón latirá sano e intacto.

No habrá flecha de Amor que te dañe, ni espina de Desdén que te lastime. Serás fuerte e invencible, y si tú así lo quieres, gobernarás el mundo entero.

El parto de la Reina había sido provocado por su corte real de comadronas y hechiceras, en una noche de luna llena, para que el Rey Sol nada supiera.

Sin embargo, la Luna, enamorada siglos del Rey Sol, lo hizo comparecer al observar el enorme resplandor del niño que nacía en el Norte, y el Sol aquella noche apareció en forma de eclipse.

La Reina de los Hielos nada veía de lo que acontecía en los cielos, pues lloraba sangre y lágrimas de alegría sobre la tierra por su hijo recién llegado.

El Rey Sol observó con atención al niño, y vio que, en efecto, era hermoso:

blanquísimo como su madre, pero con ojos oscuros y llenos de fuego, como negras brasas ardientes, que recordaban a su padre.

Escuchó como la Reina lo bendecía con aquella gélida armadura.

Pero, como él llevaba en el mundo aún más tiempo que la Reina, desde casi el primer día de vida del Universo, albergaba toda la sabiduría de la Historia, y sabía que, si el Amor podía provocar el mayor de los sufrimientos, también otorgaba la única felicidad completa.

Así que se coló en forma de tímido rayo a través de la ventana y acarició los cabellos del niño sin que su madre se diera cuenta, dormida y exhausta por el parto.

Y asimismo, le regaló su propia bendición:

-Estarás protegido por la armadura de hielo de tu Madre, mientras seas inexperto en la vida y débil en fuerza como un cachorro.

No obstante, cuando alcances la sabiduría de un lobo y la valentía de un león, tu corazón se encenderá ante alguien especial, llorarás tu hielo en forma de lágrimas, y quedarás libre de la frialdad para amar y ser amado con todo el calor del fuego.

El joven príncipe fue creciendo sin conocer nada de las bienaventuranzas de su destino, y todos coincidían en que era hermoso como la mañana e inteligente como los grandes árboles, que crecen y se tornan poderosos sin más escuela que la de contemplar el sol.

Era un joven brillante, pero nunca había traspasado los confines de los Reinos del Norte, y su madre sabía que, para convertirse en el mejor guerrero, tendría que viajar y explorar más allá de los altos picos nevados que sólo la vista más aguda permitía distinguir.

Así que, en su dieciséis cumpleaños, la Reina le regaló a su hijo el más excelente de los caballos del reino: un caballo de un blanco purísimo, majestuosamente enjaezado con joyas propias de rey.

Era un animal formidable, fortísimo e imponente, y al mismo tiempo, manso con el muchacho como un potrillo.

-Este caballo –dijo la Reina- es descendiente directo de los primeros caballos vikingos que conquistaron las tierras nevadas y se acomodaron a nuestro reino.

Sólo aquellos que eran más fuertes sobrevivieron a la dureza del clima. Desde entonces, los cuidamos como merecida parte de nuestro pueblo -tú lo sabes-, y los entrenamos con los mismos magos que miran por nuestros hijos. “Iceberg” puede correr por la nieve, o por la arena de un desierto, siempre que no le claves herraduras que le impidan sentir la tierra que pisa.

Podrá reconocer tu voz a cientos de kilómetros de distancia, y correrá más rápido que el Viento del Norte.

En sus alforjas, he guardado para ti una de mis capas, la más especial, con ella estarás a salvo del viento más helado o de la tormenta más extrema. Iceberg cuidará de ti.

Ya es hora de que salgas a conocer otros mundos.

Pero recuerda, hijo mío, que mi corazón llorará cada día tu ausencia. Enviaré copos de nieve suave como el azúcar y ráfagas de viento fresco, como brisa marina en verano, para que no olvides tu hogar.

Y te esperaré eternamente, hasta que el Amor te vuelva a traer a mis brazos.

Mientras decía esto, la Reina de los Hielos lloraba lágrimas heladas que se congelaban al llegar a sus mejillas y acababan rodando hasta al suelo y rompiéndose como las cuentas de un collar.

Nunca se había visto llorar a la Reina.

El Príncipe, sin embargo, no lloraba.

Acariciaba a su nuevo corcel lleno de ilusión y, cuando se dio cuenta de que su madre lloraba, la apretó contra su pecho, pero no pudo comprender su dolor, pues entendía que sólo habían estado parlamentando sobre buenos y hermosos proyectos.

A menudo, la Reina se arrepentía de su bendición, pues se apercibía de que su hijo era demasiado frío incluso para amarla a ella.

Pero se consolaba pensando en su fortaleza, y daba por bueno su propio sacrificio.

El Príncipe partió, y conoció tierras tan extrañas que ni siquiera las había visto reseñadas en mapa alguno.

De todos los lugares, aprendía cómo vivían las gentes y qué artilugios hacían sus vidas más fáciles.

Por todos los pueblos donde él pasaba oía comentar a los viejos que jamás habían conocido un invierno igual: los días de frío se alargaban y las temperaturas eran tan extremas que nunca antes se habían conocido iguales. Incluso, en aldeas donde jamás había nevado, se estaban viendo caer por primera vez redondos y hermosos copos de nieve.

El Príncipe solía responderles:

"La nieve es un doble regalo.

Riega vuestros campos cuando cae, y volverá a regarlos cuando se derrita.

No temáis, vuestras cosechas serán más abundantes que nunca". Y así sucedía.

Habían transcurrido ya tres años desde que el Príncipe marchara solo con Iceberg, y su sabiduría había crecido inmensamente y también su valentía empezaba a ser cantada por las plazas en las nuevas historias de los juglares.

Pero seguía viajando solo, sin ningún compañero que le siguiera.

Muchas veces había amado a verdaderos amigos, y a muchachas adorables sin igual, pero nunca había sentido el dolor de la separación.

Y por eso continuaba su camino solo, convencido de que aquello era lo mejor para sí mismo y sus planes.

Un día especialmente luminoso, en que los rayos de sol se multiplicaban en la nieve que por costumbre rodeaba al joven, el Príncipe halló sentado bajo un árbol a un niño pequeño, de no más de seis años, con greñas rubias que medio tapaban su cara y que cobijaba con muchísimo esmero algo entre sus manecitas.

El Príncipe se detuvo para compartir su comida con el zagal y le preguntó cuál era el tesoro que tan bien protegía.

-He encontrado este polluelo de halcón.

Tengo que darle calor y alimento o morirá.

Pero no puedo llevarlo a mi casa porque criamos gallinas y conejos,

y los halcones los asustan, y mi madre se deshará del polluelo.

¿Podrías cuidarlo tú?

Y mientras decía esto puso el polluelo medio desplumado en las manos del Príncipe, de manera que éste podía notar en su palma el débil y atropellado pulso de aquel diminuto corazón asustado.

-Yo cuidaré de tu polluelo, pequeño, vuelve a tu casa sin miedo.

El niño sonrió complacido y, al momento, echó a correr tan rápido que desapareció entre los rayos de sol que blanqueaban el horizonte.

Desde ese día, el Príncipe hubo de ocuparse en tareas nuevas como la de fabricar papillas con nieve y frutas, capturar insectos, darle de comer al polluelo a cada rato y otros menesteres destinados a salvar al pajarillo.

Cortando la mitad de uno de sus guantes, forrados de piel de borrego, le impovisó un falso abrigo al desplumado halconzuelo, y siempre lo transportaba en un zurrón de pieles cruzado sobre su pecho, de manera que los dos corazones empezaron a acompasarse juntos.

Por las noches, dejaba al pequeño halcón en su guante, y dentro de su cálido zurrón, pero pronto el pájaro se escapaba y se colocaba a dormir pegadito al cuello del Príncipe, ahuecándose y adaptándose perfectamente en el rincón que dejaba su cabeza apoyada en la almohada.

El Príncipe sonreía e intentaba no moverse para no despertar al polluelo. Y así fue creciendo hasta convertirse en el halcón más espléndido que jamás se haya visto y, sin duda, en el más inteligente que nunca haya podido existir.

Sólo con mirar a los ojos al Príncipe, podía entender su estado de ánimo o saber si tenía hambre; y cuando se alejaba a cazar, ni siquiera era necesario llamarlo, sólo con que el pensamiento del Príncipe lo invocara, el halcón volaba rápido hasta él.

Llegó un día en que el Príncipe advirtió que debía ponerle un nombre, y no andar llamándole "halconzuelo" como si fuera un animal, y entonces le otorgó el nombre de "Amado".

Sucedió que un día estalló una tormenta en verdad terrible. El Príncipe, que llevaba meses instalado en la calma de una cueva de la montaña, cuidando y adiestrando a su halcón, y realizando sus muchas lecturas y estudios, observó como los rayos amenazaban cada vez desde más cerca al pueblo vecino.

Y como sabía el temor que las tormentas inculcaban en los hombres que no estaban acostumbrados a ellas, decidió bajar al pueblo a prestar su ayuda.

-Me llevaré conmigo a Iceberg –dijo el Príncipe a su caballo y su halcón-, pues siempre precisan de caballos fuertes que ayuden a salvar lo que el río crecido pueda arrastrar.

Pero no puedo llevarte a ti, Amado, pues no están acostumbrados a contemplar pájaros que sepan volar de noche.

De modo que espéranos caliente en la cueva, haz tu nido entre las pieles y duerme cerca del fuego, porque la noche augura más frío del acostumbrado.

Pero cuando se marchó el Príncipe, la tormenta empeoró como si fuera el propio océano el que se derrumbara desde los cielos.

El halcón, que -desobedeciendo al Príncipe- había decidido seguir y vigilar a su amo a cierta distancia, se empapó hasta la última de sus plumas. Intentó entonces buscar un algún refugio, pero era tanta la lluvia que ni siquiera podía distinguir nada detrás de aquella compacta cortina de gotas grises.

Finalmente, el pájaro cayó al suelo con sus alas pesadas de agua, y al instante, ésta se congelaba entre sus plumas como diminutos cristales de muerte.

El Príncipe, que ya estaba ayudando en el rescate organizado junto a la crecida del río, a pesar de que jamás antes se había sentido afectado por frío o lluvia, notaba en sus huesos un helor diferente, muy intenso, como si proviniera de dentro mismo de su alma, y comprobó que sus miembros comenzaban a paralizarse.

De manera que hubo de abandonar desconcertado su sitio y regresar presto junto a su caballo.

Allí se cubrió completamente con la capa de pieles que guardaba de su madre y de inmediato cabalgó veloz hacia su cueva.

Al llegar, ya apreciaba la sangre y el vigor circulando por sus venas, pero recordaba el temor del frío dentro de él y llamó preocupado a su halcón; pero éste no acudió.

Cada vez más nervioso, encendió una antorcha -sin desprenderse de la capa- y salió a la montaña dando gritos de llamada bajo la lluvia, pero el halcón seguía sin aparecer.

El Príncipe rajó con una daga su enorme capa, colocó la mitad sobre Iceberg, que se negaba a entrar en la cueva, y siguió buscando y gritando… entre los árboles y los arbustos… guiado más por su intuición que por un plan lógico.

De súbito, Iceberg, se puso a relinchar con pánico a unos metros de él, y el Príncipe al acercarse observó a su amado halcón casi enterrado en la nieve.

Al momento, le retiró la nieve y le fue extrayendo con extrema suavidad los cristales de hielo más grandes; le sopló repetidamente su aliento, lo llamó por su nombre, y mientras esto hacía, se abrió la capa de pieles de su madre, y después su propia camisa, y colocó el halcón mojado e inerte pegado a su pecho.

Y así, abrazado a su Amado, se sentó al fin contra el regazo de su caballo, que se había echado exhausto bajo un entrante rocoso de la montaña, donde podían guarecerse de la lluvia y del frío.

El abrigo que formaban Iceberg, el Príncipe y la capa mágica de la Reina no parecían suficientes para devolver el calor al halcón.

El Príncipe no pudo evitar llorar de impotencia y desesperación, y durante unos segundos, incluso, se sorprendió, pues le parecía recordar que nunca antes había llorado.

Sus lágrimas eran de hielo, pues provenían de la armadura de su corazón y, lo mismo que las de su madre, se volvían duras y resbalaban rodando hasta al suelo como perlas de un collar.

El corazón del Príncipe comenzó a irradiar un calor que jamás había sentido, como si todo el poder del Sol ardiera dentro de su pecho.

Entonces, sus latidos se hicieron más fuertes que nunca.

Toc, toc, toc, toc... poderosos, como si aquel corazón ardiente quisiera cabalgar fuera del pecho.

Y pronto al toc-toc poderoso del Príncipe se acompasó un débil toc, que provenía del pequeño corazoncito del halcón casi muerto.

El Príncipe lloró más y más, y cada vez su corazón se volvía más fervoroso y ardientemente feliz al latir al lado del de su Amado.

Cuando llegó la mañana, el Príncipe se sentía radiante y dichoso pues la tormenta había cesado y su halcón había renacido aún más fuerte, cual Ave Fénix, y, apoyado en su hombro, estiraba con placidez sus alas para recibir los rayos de sol en sus brillantes plumas rojizas.

Entonces el Príncipe dijo:

-Debemos volver a casa.

Ya sé cuánto debo saber.

Y lo más importante, sé cuánto debe de estar sufriendo mi madre pensando que ha perdido a su hijo.

Y así, el caballo, el halcón y el Príncipe iniciaron su cabalgata juntos bajo el sol, pero el regreso resultó extraordinariamente más rápido porque la nieve se derretía para abrirles paso.

A las puertas de palacio, los esperaba la Reina, hermosísima, pero con los cabellos aún más blancos que cuando partieron, llorando lágrimas de cristal.

Abrió los brazos para acoger a su hijo y entonces advirtió contra su pecho un calor que le sonaba de antiguo; miró los ojos del Príncipe y los vio encendidos como si tuvieran fuego.

Todo él parecía emitir una luz especial.

Y en cuanto se separó del regazo de su madre, a su hombro acudió presto el ejemplar de halcón más magnífico y hermoso que nadie por allí hubiera visto nunca.

-¿Por qué has vuelto, hijo? –preguntó la Reina.

-He vuelto porque te amo, madre –contestó el Príncipe.

Y entonces la Reina lloró, pero por primera vez, no fueron lágrimas heladas de cristal, sino lágrimas líquidas, que brillaban en su rostro como gotas de rocío al Sol del Invierno.

De Irela Perea.https://i2.wp.com/49.media.tumblr.com/aa1a47c3a04691e3f775037de940d342/tumblr_o4r3zoihxm1rlaql2o1_500.gif

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Comentario por Martina el abril 6, 2017 a las 7:15pm

Tina dos abrazos de oso para ti con cariño,un beso,buenas vibras y bendiciones.

Comentario por Tina el abril 4, 2017 a las 10:31pm
Preciosa leyenda, un abrazo

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