El otro amor romántico


  Cuando uno se enamora

desde la necesidad

y no desde la libertad,

es fácil confundir el amor de verdad

con el amor romántico, dañino,

que no lleva a ningún buen puerto.


Ella tenía la certeza férrea y absoluta

que el amor era la falta de algo,

aunque nunca

llegaba a estar segura del todo,

qué era ese algo en concreto.

Toda la vida llevaba escuchando que estuviera tranquila, que seguro que algún día encontraría la otra mitad,

que de un solo golpe, le despojaría de toda clase de vacíos, agonías, miedos y tristezas,

y que la tornaría una persona completa.

Le acabaron convenciendo, a prueba de fuego, que no era persona de una pieza, y que nunca lo sería, sin esa media naranja, que sustentara los cimientos de su alma, mente y cuerpo.

A ella, que le encantaba la soledad, y que se bañaba, siempre que podía, en ella.

A ella, que siempre fue independiente, buscando en el silencio, la calma.

Tanto le acabaron tatuando esa idea en su conciencia, y de esa existencia de hueco inmenso de amor bajo su piel, que por fin un día, encontró a ese amor romántico, que acabaría de construir el palacio de su vida y la transformaría así, por fin en una pieza de fruta entera, sin necesidad de andar medias tintas, para acabar de escribir su destino.

«Esta más que claro que es el amor de mi vida», se decía a sí misma.

«Lo nuestro ha sido un flechazo desde el primer momento, feeling, conexión, acabarnos frases, descifrarnos en miradas.. estoy segura de que es el hombre de mi vida» .

Y así ella se enamoró, no se sabe muy bien si de él, o de la idea del amor romántico.

Poco a poco, in crescendo, ese amor idílico, azucarado, y de paraíso fue desapareciendo.

De repente él le sugería que necesitaba pasar más tiempo con ella «ya sabes, te quiero tanto, que no sé vivir sin ti».

Ella accedía, sin dudar, ni tan siquiera un segundo «¿ cómo no voy a pasar más tiempo con el amor de mi vida, que me ha salvado de todos mis miedos, huecos

y vacíos?»

Y, poco a poco, el espacio de su mundo fue menguando, quizás como la luna, cuando espera demasiado tiempo para que acabe de llegar la luz del sol para ayudarle.

Y, de repente, llegó un día, en el que, a penas se acordaba de quedar con sus amigas, porque su mundo se limitaba a estar con él.

Y a él también le empezó a molestar que pasara tanto tiempo en casa con sus padres, le empezó diciendo que se quedara a comer con él, a dormir alguna noche, y después a reprocharle y a chantajearle continuamente que le dejaba solo de forma constante... y ella empezó a dejar de lado, así, a las personas que le habían acompañado y querido toda la vida, porque claro, ellos no eran el hombre de su vida, que llenaba ese vacío romántico.

Dejó de entrenar, sus aficiones, de dedicarse tiempo

a sí misma.

Siguieron las limitaciones y exigencias, al principio disfrazadas de comentarios sin importancia, o como sugerencias

«¿ no tiene demasiado escote esa camiseta?».

Ella se sentía entre bloqueada, frustrada, cautiva y encerrada.

¿ Era ese el amor que se supone, le llevaban describiendo toda su existencia?, solía acabar contestándose un sí, ya que él la amaba, y solo quería lo mejor para ella, por eso le daba esos consejos.

Así, paso a paso, cada vez él atacando y dañando más terreno del mundo personal de ella, se fue acercando aquella relación al infierno.

Pasó a mirarle el móvil, a controlarle quién le hablaba, a ver quién interactuaba en sus redes sociales, a enfadarse y gritarle si la veía hablando con un hombre, a pedirle sus contraseñas, como prueba y fe de su amor «si me quieres te debería dar igual, entre tú y yo no debería de haber secretos, si no me das las contraseñas de tus redes, es que no confías en mí, o algo tienes que esconderme», le chantajeaba.

Y ella, con ese tatuaje de luces de neón marcado en su piel y parpadeando cual luz de discoteca, o rotativo de emergencia de una ambulancia, volvía a sacar a modo de mantra, en su cabeza «en el amor hay que soportar todo, si hace eso es porque tiene miedo a que le deje solo y me vaya con otros chicos, me quiere demasiado». Y como tantas veces había oído, leído y visto «por el amor hay que hacer sacrificios», se resignaba y quería creer que todo aquello era amor de verdad.

Lejos de mejorar esa situación, cada vez empeoraba más y de forma más rápida, obsesiva, negativa y asfixiante, llegándole a controlar las llamadas telefónicas, sus salidas, toda su ropa, sus ideales y opiniones (no podía opinar que ningún chico le parecía guapo, atractivo o agradable, porque él se lo tomaba como una ofensa).

Llegó un punto en el que ella llegó a callar sus opiniones y a dejar de quedar con su entorno más cercano, por no enfadarle a él, por evitar discusiones.

Tras tanta limitación, se había normalizado el conflicto, viéndolo como una cuestión positiva, que lejos de ser venenoso para la relación, a ella la parecía que era una prueba innegable, de fuego, de que él la amaba de verdad. Ella también pensaba que con el tiempo cambiaría, que seguro que al estar a su lado, con el amor, las cosas mejorarían, empezaría a ser más flexible.

También estaba mucho más que segura, que, como eran tan diferentes, eso ayudaba de forma muy clara, a que la relación se afianzara y creciera con fuerza, pues desde muy pequeña siempre le habían indicado la teoría, con una voz, de total fiabilidad de que «los que se pelean se desean» y «los polos opuestos se atraen».

Esa idea tan asentada de amor romántico, que tanto se cultiva en cine, publicidad, música, en literatura, y medios de comunicación en general, en donde la mujer tiene que mostrarse impasible y hierática, ante discusiones y ante yugos que la esclavizan, o mordazas que le hacen perder su esencia y potencial que lleva dentro, porque para ser buena novia, esposa, y cumplir de forma correcta su rol de mujer en el amor romántico, tiene que ser sumisa y complaciente, mientras que el rol del hombre en el amor romántico es de autoritario, de toma de decisiones, y de acción.

El amor romántico, en ella, había nacido de la inseguridad, de que ella sola no podía desenvolverse plenamente, y que los amores más eternos y duraderos eran los que sufrían grandes desgracias, baches y barreras, y cuanto más imposible se le tornara el romance, más convencida estaba de estar con él, porque para ella era símbolo de amor más puro y pasional.

Con todo este equipaje en su mochila de amor romántico, lo hiperidializó. Para ella pasó a ser una especie de semi-Dios.

Y empezó a apagarse, y a perderse. Su silueta de persona se estaba desdibujando, volviéndose casi inexistente e invisible a ojos de todo el mundo.

Empezó a hablar menos, a dejar de dar criterios y argumentos propios, a comer peor, a dormir menos tranquila, y a vagar por las calles con menos gracia, alegría e ilusión.

De alguna manera era como una luciérnaga, a la que le habían hecho perder casi todo su brillo, por no dejarla volar, cómo y por donde quisiera, como solía hacer antes.
La gente de su círculo más cercano la notaba menos alegre, y feliz, y se preocupaban y le preguntaban, pero ella, lejos de decir la verdad, y echarle la culpa a él (como le iba a echar la culpa a él, si en esos momentos lejos de verlo como alguien perjudicial en su dicha, lo veía como su salvador) ponía excusas y contestaciones rápidas o fáciles, como que tan solo era una etapa, que andaba algo agobiada y nerviosa con los estudios, pero que se le pasaría, pues ella tenía la creencia también de que eso sólo era asunto entre ellos dos, y lo tenían que solucionar juntos.

Ella, de alguna manera, buscaba a un hombre protector en su vida, que le salvara de determinadas situaciones, y le diera ese apoyo, que supuestamente, nadie se lo iba a dar de la misma forma que él.

Él buscaba una cuidadora, que le acompañara, que atendiera todo tipo de necesidades, tanto las de casa, emocionales como de pareja, y satisficiera sus opiniones y reglas.
Cada vez ella más pasiva, y reticente a tomar iniciativas y pensar, seguía justificando en su cabeza aquella situación, como que seguro que los momentos de gran pasión del principio y conexión perdurarían por siempre, y que seguro que la gente cuando estaba enamorada dejaba pasar todos los acontecimientos que le estaban sucediendo a ella con su relación y mucho más. Se supone que ella, por ser mujer, tenía que cumplir el papel de ‘ser’ para los demás, y siempre para ‘el hombre de su vida’, sin embargo, el papel que desempeñaba él dentro de esta historia de amor romántico, era estar más centrado en ‘ser’ para sí mismo, sus objetivos su propio bienestar, beneficio y placer, sin tener en cuenta ni lo más mínimo la perspectiva o idea de su pareja.

Ella, poco a poco, comenzaba a notar, que aquel amor no era real, ni justo, ni sano, ni de verdad.

Sin embargo, aguardaba, silenciosa, callada, sin mover ni un solo dedo, puesto que siempre había contemplado que terminar una relación era un fracaso personal. Para ejercer más control sobre ella, alguna vez daba algún golpe en la pared, o en la cama, o lanzaba algún objeto al suelo, y ella se iba haciendo cada vez, más y más pequeña.

Su apatía pasó a ser constante y su tristeza llegó a ser tan grande que perdió el sentido de la justicia, ya no sabía muy bien qué estaba bien, qué estaba mal, qué es lo que quería en su vida, y qué no. Un día estaba sola, en casa, y se miró a un espejo, de los que son de medio cuerpo.

Se miró a sí misma a los ojos, y lloró, fuerte, profundo, desgarrándose de fuera hacia dentro, como hacía tanto tiempo que no lloraba, con todas sus ganas y entrañas.

No se reconocía en él, para nada le gustaba, ni se identificaba con la extraña que le estaba escupiendo, con rabia, el espejo de vuelta, de aquella mujer fuerte e independiente que ella era, antes de esa historia de amor romántico.

Estaba delgada, demacrada.

Y de repente, como un gran alud negro, le estalló toda la realidad, cayéndole de golpe, enterrándola.

Se dio cuenta que aquello no era amor, ni nunca lo sería.

Que cuando uno tiene que renunciar a su amor propio, para supuestamente querer o poder estar al lado de otra persona, nunca podría ser amor de verdad.

Que ella era la protagonista total y absoluta de su propia historia y nadie más.

Tomó la decisión, mirándose de forma profunda en ese espejo, que si quería volver a coger la pluma de su vida, para escribir su destino, y de una vez por todas, ser libre y volver a alcanzar la alegría, debería romper cuanto antes esa relación de martirio y control, y deshacer esos cimientos de cuentos de hadas de palacio de amor romántico.

Un día delante de él, le plantó clara a sus miedos, temores, prejuicios, roles que se le habían adjudicado desde pequeña y le dio igual el qué dirán y todos esos cuentos sociales que nos imponen para establecer relaciones amorosas.

Le dijo que se acababa, que no iba a aguantar más gritos, más temblores, más terror.

Que ella era real, y había nacido para un amor sin cuentos, ni tretas.

Un amor que nace sin necesidad, solo por el placer de compartir.

Él se enfadó, más que nunca, su idea de posesión hacia ella se vio más débil.

Golpeó la pared, la insultó e intentó asustarla y convencerla de que estaba equivocada. Pero, cuando ella vio la realidad, ya no quiso volver la vista atrás.

Se irguió, se levantó, y se fue, dejándole con su rabia, furia, y palabras plagadas de odio y rencor en la boca.

Ella empezó una nueva vida, llena de ilusión.

Poco a poco volvió a retomar el timón de su barco, para poder navegar por todos los mares.

Estaba claro que era una superviviente.

Le costó más de un año, deshacer su idea del amor romántico, sanarse, renacer y reconstruirse. Poco después de tomar la decisión, aún le echaba de menos, y seguía replanteándose en su cabeza, y dudando si la decisión que había tomado era la correcta. Afortunadamente, en el valle, de cuando ella era antes luciérnaga, había más seres de luz, para hacerle de guía y faro en el camino y no se desviara.
Volvió a apreciar la libertad, a amarla y respetarla como hacía antes, para conocerse, volver a reconstruirse y recuperarse, y se dio cuenta otra vez que la sociedad demoniza la soledad, demasiadas veces de forma errónea, que esta es muy valiosa.

Como cuando un pequeño pájaro, recién salido del cascarón, volvió a colorear su vida.

El corazón poco a poco iba sonando más fuerte, sus gestos iban alcanzando fuerza al hablar, también retomó el deporte, y sus gustos en general, y fue así, haciéndose espacio en su propia vida.

Su universo interno volvía a fluir.

Estaba inspirada, se sentía realizada.

Tenía un miedo profundo a enamorarse, o de que

en los hombres que se fijaran, fueran a repetir el

patrón de conducta de su relación pasada.

Pero esa marea de pánicos , poco a poco se fue calmando.

Ella se relajó, y se dio cuenta, que si le escribían una carta, o le regalaban una flor, no significaba que fueran a ejercer un amor romántico negativo.

Ahora era grandiosa, sabia, poderosa, valiente superviviente.

Ella no se callaba, ni estaba avergonzada.

Sabía que cualquier persona estaba expuesta a ello.

Ella lo contaba, lo predicaba, para que la gente tomara ejemplo. A veces intentaban silenciarla con falacias, incluso llamándola loca o exagerada. Otras personas le decían que no tenía que contar su vida personal, que diciendo eso, se mostraba como alguien vulnerable. Pero nadie, absolutamente, nada ni nadie, fue capaz nunca de silenciar su rugido de leona.

Clara de Campo

Idiota

Con un chocolate abuelita

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