EL HOMBRE QUE NO CREÍA EN EL AMOR

Quiero contarte una vieja historia sobre un hombre que no creía en el amor.
Se trataba de una persona normal, como tu y como yo, pero lo que lo hacía algo especial era su manera de pensar:

ESTABA CONVENCIDO DE QUE EL AMOR NO EXISTÍA.

Había acumulado mucha experiencia en su intento de encontrar el amor, también observado a todas las personas que tenía a su alrededor, y finalmente había acabado por confirmar que el amor no existía.


Dondequiera que fuese solía explicarle a la gente que el amor no era otra cosa que una invención de los poetas, una invención de las religiones que intentaban, de este modo, manipular la débil mente de los seres humanos para controlarlos y convertirlos en creyentes.

Decía que el amor no era real y que, por esa razón, ningún ser humano lo encontraría jamás aun cuando

lo buscase todo el tiempo.


Lo que afirmaba era que el amor es como una

especie de droga; te exalta, pero a su vez

crea una fuerte dependencia, por lo que es

posible convertirse en

un gran adicto a él.

Y... ¿qué ocurre entonces cuando no recibís tu dosis diaria, dosis que creés necesitar imperiosamente, al igual que un drogadicto su sustancia?


El adicto a las drogas, el que tiene más necesidad, vive con un miedo constante, temeroso de que, quizá, no sea capaz de conseguir su próxima dosis de la sustancia en cuestión….. o de amor.


Piensa:

¿Qué voy a hacer si ella/él me deja?.

Ese miedo lo convierte en un ser muy posesivo.

«¡Eso es mío!»

Se vuelve celoso y exigente porque teme

no conseguir su próxima dosis.

Por su parte, el suministrador puede controlar y manipular a la persona que necesita la droga dándole más dosis, menos o retirándoselas del todo.

La persona que tiene la necesidad

acabará por rendirse completamente

y hará todo lo que pueda

para no verse abandonada.


De este modo, el hombre continuó

explicando a la gente

por qué no existía el amor.

«LO QUE LOS SERES HUMANOS LLAMAN "AMOR"

NO ES OTRA COSA

QUE UNA RELACIÓN DE MIEDO

QUE SE FUNDAMENTA EN EL CONTROL.

¿DÓNDE ESTÁ EL RESPETO?»


«Lo que hay es una guerra de control para ver quién manipulará a quién.

¿Quién será el suministrador y quién tendrá la adicción? Unos meses más tarde descubrirás que el respeto que en un comienzo juraron tenerse mutuamente se ha desvanecido.

Descubrirás el resentimiento, el veneno emocional, y verás cómo, poco a poco, empezarán a herirse el uno al otro, una situación que crecerá y crecerá hasta que lleguen a tener miedo de quedarse solos, hasta que lleguen a temer las opiniones y los juicios de los demás y también sus propios juicios y opiniones.

Pero ¿DÓNDE ESTÁ EL AMOR?»


El hombre continuó hablando incansablemente de todas las razones por las cuales creía que el amor no existía.
Sin embargo, un día, salió a dar un paseo por un parque, donde encontró, sentada en un banco, a una hermosa mujer que estaba llorando.

Cuando advirtió su llanto, sintió curiosidad,

se sentó a su lado y le preguntó si podía ayudarla.


También le preguntó por qué lloraba.

Imaginate su sorpresa cuando ella le respondió

que estaba llorando porque el amor no existía.


Pensó...:

«Esto es increíble:

¡una mujer que cree que el amor no existe!».

Por supuesto, quiso saber más cosas de ella.


-¿Por qué dice que el amor no existe?

-le preguntó.
-Bueno, es una larga historia

-replicó ella-.

Me casé cuando era muy joven,

estaba muy enamorada,

llena de ilusiones y tenía la esperanza

de compartir mi vida

con el que se convirtió en mi marido.

Nos juramos fidelidad, respeto y honrarnos

el uno al otro, y así creamos una familia.

Pero, pronto, todo empezó a cambiar.

Yo me convertí en la típica mujer consagrada

al cuidado de los hijos y de la casa.

Mi marido continuó progresando

en su profesión y su éxito e imagen fuera

del hogar se volvieron para él

algo más importante que su propia familia.

Me perdió el respeto y yo se lo perdí a él.


Nos heríamos constantemente el uno al otro,

y en un momento determinado,

casi sin proponérmelo,

descubrí que ya no lo amaba

y que él tampoco me amaba a mí.


Entre nosotros no había ya ni respeto

ni amabilidad.

Y sé que,

aunque encontrase a otra persona,

sería lo mismo,

porque el amor no existe.

No tiene sentido buscar algo que no existe.

Esa es la razón por la que estoy llorando.


Como la comprendía muy bien,

la abrazó y le dijo:
-Tiene razón, el amor no existe.

Buscamos el amor,

abrimos nuestro corazón,

nos volvemos vulnerables

y lo único que encontramos es egoísmo.

Y,

aunque creamos que no nos dolerá,

nos duele.

No importa cuántas relaciones iniciemos;

siempre ocurre lo mismo.

Entonces

¿para qué seguir buscando el amor?
Se parecían tanto

que pronto trabaron una gran amistad,

la mejor que ambos habían tenido jamás.
Era una relación maravillosa.

Se respetaban mutuamente.

Cada paso que daban juntos

les llenaba de felicidad.

Entre ellos no había ni envidia ni celos,

no se controlaban el uno al otro

y tampoco se sentían poseedores

el uno del otro.

La relación continuó creciendo más y más.

Les encantaba estar juntos porque,

en esos momentos, se divertían mucho.

Además,

siempre que estaban separados

se extrañaban.


Un día él,

durante un viaje

que lo había llevado fuera de la ciudad,

tuvo una idea verdaderamente extraña.

Pensó:

«Mmm, tal vez lo que siento por ella es amor.

Pero esto resulta muy distinto

de todo lo que he sentido anteriormente.

No es lo que los poetas dicen que es,

no es lo que la religión dice que es,

porque yo no soy responsable de ella.

No tomo nada de ella;

no siento la necesidad de que ella cuide de mí;

no necesito echarle la culpa de mis problemas

ni echarle encima mis desdichas.

Juntos es cuando mejor lo pasamos;

disfrutamos el uno del otro.

Respeto su forma de pensar, sus sentimientos.

Ella no hace que me sienta avergonzado;

no me molesta en absoluto.

No me siento celoso

cuando está con otras personas;

no siento envidia de sus éxitos.

Tal vez el amor sí existe,

pero no es lo que todo el mundo

piensa que es».


Entonces un día

decidieron convertirse en amantes y vivir juntos,

e increíblemente, las cosas no cambiaron entre ellos.

Continuaron respetándose el uno al otro,

apoyándose, y el amor siguió creciendo

cada vez más.

Eran tan felices

que incluso las cosas más sencillas

les provocaban un canto de amor en su corazón.


El amor que sentía él llenaba de tal modo su corazón que, una noche, le ocurrió un gran milagro.


Estaba mirando las estrellas

y descubrió, entre ellas,

la más bella de todas; su amor era tan

pero tan grande que la estrella

empezó a descender del cielo, y

al cabo de un instante,

la tuvo en sus manos.

Después sucedió otro milagro,

y entonces, su alma se fundió

con aquella estrella.

Se sintió tan inmensamente feliz

que apenas fue capaz de esperar un instante

para correr hacia la mujer

y depositarle la estrella en sus manos,

como una prueba del amor

que sentía por ella.

Pero en el mismo momento

en que él colocó la estrella en sus manos,

ella sintió dudas:

pensó que ese amor tan grande resultaba arrollador, entonces titubeó y en ese instante la estrella se le cayó de las manos y se rompió en un millón de pequeños fragmentos.


Ahora,

un hombre viejo anda por el mundo

jurando que no existe el amor,

y una hermosa mujer mayor

espera a un hombre en su hogar,

derramando lágrimas por un paraíso

que una vez tuvo en sus manos

pero que, por un momento de duda

e incertidumbre, perdió.

Esta es la historia del hombre que no creía en el amor.

¿Qué sucedió?

¿Quién de los dos cometió el error?

¿Sabés qué es lo que no funcionó?

Pensalo un poco, y cuando tengas una conclusión,

leé la mía más abajo.

Quizás estemos de acuerdo...quizás no...


El que cometió el error fue él al pensar que podía darle SU felicidad a la mujer. La estrella era SU felicidad y el grave error fue poner SU felicidad en las manos de ella.

LA FELICIDAD NUNCA PROVIENE DEL EXTERIOR.

Él era feliz por el amor que emanaba de su interior;

ella era feliz por el amor que emanaba de sí misma.

Pero, tan pronto como él la hizo responsable de su felicidad, ella rompió la estrella porque no podía responsabilizarse de la felicidad de él.


No importa cuánto amase la mujer al hombre, nunca hubiera podido hacerle feliz porque nunca hubiese podido saber qué era lo que él exactamente quería.

Nunca hubiera podido conocer cuáles eran sus expectativas porque no podía conocer sus sueños.


Si tomás TU felicidad y la ponés en manos de alguien, tarde o temprano, la perderás.

Si le das TU felicidad a otra persona, ésta siempre podrá llevársela con ella. Y como la felicidad sólo puede provenir de tu interior y es resultado de TU amor, sólo vos sos el responsable de tu propia felicidad.


JAMÁS PODEMOS RESPONSABILIZAR

A OTRA PERSONA

DE NUESTRA PROPIA FELICIDAD!!!


Sin embargo,

cuando acudimos a la iglesia para casarnos,

lo primero que hacemos

es intercambiarlos anillos.

Colocamos la estrella

en manos de la otra persona

con la esperanza de que nos haga felices

y de que nosotros la haremos feliz a ella.


NO IMPORTA CUÁNTO AMES A ALGUIEN, NUNCA SERÁS LO QUE ESA PERSONA QUIERE QUE SEAS.


Ese es el error que la mayoría de nosotros cometemos al comenzar una relación.


Asentamos nuestra felicidad en nuestra pareja y no es así como funciona.

Hacemos todas esas promesas que somos incapaces de cumplir, y entonces, poco a poco vamos armando el escenario en el que inevitablemente fallaremos...

de la red

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Comentario por antabi el agosto 24, 2014 a las 4:19pm

¡Muy completo|.

Gracias por la lectura.

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