El gran “ERROR” Por Amor de un Chavo Llamado David.“

David me escribió un largo mensaje por Messenger. Nunca me hubiera imaginado una historia así. Por querer ayudar, cometió quizás un grave error, y ahora solo pensaba en huir, viajar, mudarse, y dejar su pueblo, su familia, sus amigos.

David, de tan solo 14 años, conocía a la pequeña Dulce (4 años menor que él) desde que era una bebé, pero nunca le había prestado tanta atención como en este último verano. Dulce empezó a acompañar a su mamá a unos rosarios que la mamá de David hacía en su casa. Dulce llegaba siempre con el cabello suelto, casi ocultando sus ojos, pero cuando levantaba la mirada, sus grandes ojos café, impactaban a David. Había algo en la tierna expresión del rostro de Dulce, que David no podía dejar de ver, se había vuelto adicto a su mirada. Pero él se consideraba muy mayor que ella, él andaba con niños de su edad. Sin embargo, cuando Dulce empezó a devolverle las miradas, David quedó atrapado, no importaba su edad, no importaba nada, Dulce era simplemente hermosa a sus ojos, y una parte de su corazón se enamoró. Digo una parte, porque David cuenta que nunca actuó en ese sentimiento. Sentía que no quería echar a perder ese puro amor, y nunca le dijo lo que sentía. En su corazón, lo convirtió en un amor platónico, algo que nunca iba a hacerse realidad. Pero así le gustaba a David.

El se contentaba con pensar en lo hermosa que ella era. Podía soñar con ella, y verla de lejos en la escuela del pueblo. Podía dejar que el destino, o los rosarios, le trajeran momentos de tenerla más cerca. David decidió suspender su amor por Dulce, en un lugar tan alto, que nunca tocaría tierra, nunca se haría realidad. Y lo ocultó bien de todos, quizás el único que se había dado cuenta era su hermano menor. Oscar de 8 años, había notado las miradas. Un día le había dicho, “por qué miras tanto a Dulce, ah?”

Pero David no le dió importancia, la opinión de un mocoso como su hermano no le importaba. Casi un año después, la mamá de David le pidió que le ayudara a poner sillas en la entrada de la casa, iban a hacer un rosario por la hija de la señora Ester. David se quedó totalmente confundido… La única hija de la señora Ester era Dulce… ¿Cuál sería el motivo? ¿Por qué era necesario orar por ella? Pero no quiso preguntar nada a su mamá, siempre trataba de no mostrar sus sentimientos por la pequeña Dulce.

Esa noche, David se sentó detrás, aparentando desinterés, mirando al suelo, pero con el oído bien parado. Fue bueno que estuviera atrás, porque así pudo esconder sus lágrimas, cuando escuchó a su mamá rezar: Señor, Tú tienes el poder de curar el cáncer de la niña Dulce, Tú puedes hacer milagros, Señor. ¡Cáncer!

Esa palabra le atravesó el corazón a David e inmediatamente empezó a derramar lágrimas aunque no quería ¿Cómo podía tener cáncer? Lentamente se paró cubriéndose la cara hacia su cuarto. Se tiró a la cama y empezó a llorar muy fuerte, tapando el sonido de su llanto en las sábanas y el colchón. Lloró tanto. El mismo no se había dado cuenta cuánto la amaba, cuánto le importaba. Dulce era lo más puro y hermoso que conocía y no podía imaginarse que ella sufriera o peor aún, que ella muriera.

 Más tarde, David interrogó a su mamá: ¿Qué tipo de cáncer? Leucemia. ¿Cuán grave es? Muy grave. ¿Iba a morir Dulce? Necesita un tratamiento en la ciudad, pero la señora Ester (que es mamá soltera) no tiene el dinero para pagar las medicinas. ¿Estás bien, hijo? ¿Te da tristeza lo de Dulce? - “Un poco,” contestó David, ocultando su angustia con un rostro inmóvil, y volvió a su cuarto. Esa noche, David hizo lo que nunca había hecho en su vida. Se arrodilló y rezó, rezó tanto en el borde de su cama que se quedó dormido allí.

Había querido ver a Dulce, pero ella no había ido a la escuela y no salía. Pensó que quizás en la fiesta de Pascua del pueblo, ella saldría. La angustia que sentía era como una nube oscura que lo rodeaba todo el tiempo. El papá de David era el coordinador, y había habido un gran colecta para el nuevo altar del Santo del pueblo.

Como Dulce no estaba, David, desilusionado, se había alejado del gentío y entró a la iglesia. No había nadie. Entró a la sacristía, para esconderse, no quería ver a nadie, la sacristía que él conocía muy bien pues había sido monaguillo por años. Y fue allí cuando vió el botín. Una gran cantidad de billetes, en una bolsa de tela. “Es lo que se ha recolectado para el nuevo altar,” pensó David. Era tanto dinero que él hubiera pensado que era un millón.

 

David, convencido que nadie lo iba a notar, se persignó, y tomó un puñado, casi la mitad. La guardó en su ropa y salió. Sin pensar, una extraña energía lo dirigió a su casa, que también estaba sola. Puso todo en una bolsa de papel y escribió un mensaje chiquito en la esquina de la bolsa de papel: “Para el tratamiento de Dulce.” Lo escondió bajo su colchón hasta tener la oportunidad de dejarlo en casa de Dulce a escondidas. Le pidió perdón a Dios, y le dijo que él prometía regresar tanto y más dinero para el santito en unos años, cuando el trabajara. Pero que Dulce, su tierna Dulce, tenía que sanarse, tenía que estar bien. “Es que la amo tanto,” continuaba David en su conversación con Dios, “que siento que nada importa, solo que ella esté bien.”

El día siguiente todo el pueblo amaneció tarde. David, también. “Algo terrible había pasado,” contaba su mamá. Alguien se había robado la mitad del dinero. David sintió miedo, pero lo hecho, hecho estaba. ¿Qué dinero? Preguntó cínicamente. “El dinero que habíamos recolectado para el tratamiento de la niña Dulce,” dijo su mamá. Estaba en la iglesia, alguien entró y tomó el dinero. Su mamá casi lloraba porque la señora Ester estaba desesperada. ¿Cómo iba a poder ayudar a su hija ahora?

 David, atormentado, corrió a su cuarto, escondió el dinero en su ropa, y al abrir la puerta de la calle, cuando se disponía a salir, para dejar el dinero nuevamente en la rectoría, el sacerdote estaba en su puerta junto con uno de los nuevos monaguillos que le decía, “fue él, padre, yo lo ví saliendo a escondidas de la sacristía anoche!” “Hijo, ¿tú sabes dónde está el dinero?” Le preguntó el sacerdote. Su mamá que había salido no pudo quedarse callada: ”Padre, mi hijo sería incapaz de algo así. Esto es un gran error.” Pero fue interrumpida por David, que había sacado la bolsa de su ropa, y la había abierto, y mostrando el dinero, susurró las palabras: “este es todo el dinero.” El padre se acercó, y sin notar lo que decía en la bolsa de papel, metió sus manos y miró en su interior como contándolo. “Sí,” dijo, “parece ser todo.”

Terminó de sacar todo de la bolsa de papel, volteó hacia la mamá y le dijo: “Este es el acto de maldad más grande que he presenciado. Robarse el dinero de una pobre niña enferma. Lo siento pero hablaré con la policía,” y se fue sin mirar a la cara a David. La madre solo lloraba. David estaba a punto de explicarle, cuando su mamá gritó algo que le rompió el corazón: “Nunca he sentido más vergüenza de tí. Lárgate de mi presencia.” Su mamá nunca le había hablado así. David no sabía qué hacer. No sentía energía de nada, ni siquiera para tratar de explicarse. Su papá llegó, entró a su cuarto, y le dió una bofetada. Algo que él no acostumbraba. “Nos has decepcionado a todos.”

Luego, resulta que la madre había hablado con el sacerdote, quien había aceptado no hablar con la policía pero con la condición de que David tenía que estar en todas las misas del domingo y para limpiar el templo después de cada una de ellas… que si un solo peso volvía a desaparecer, iba directo a la cárcel. Ese domingo, David se dió cuenta que todos lo sabían. Las miradas de reproche venían de todos lados. Antes de empezar la misa, se sorprendió de ver llegar a la señora Ester de la mano de Dulce.

El sentía morirse. Seguramente que al verlo le iban a reprochar. Seguramente que Dulce lo odiaba. Pero no podía irse, estaba obligado a estar en misa. Solo bajó la cabeza. No se atrevió a mirar hacia el lado donde estaban ellas. Durante la comunión, ellas pasaron frente a él. Notó que Dulce caminaba lento, y que se veía más delgada. “No importa,” pensó, “no importa lo que todos piensen de mí, no me importa ni siquiera si tú me odias, Dulce, con tal de que estés bien, con tal de que te sanes. Te amo tanto.” Y fue entonces que antes de doblar, Dulce volteó y lo miró, pero su mirada no era de odio. Lo miraba quizás con tristeza, pero no con odio.

Fue entonces que David me escribió por Messenger y me contó toda la historia. Me sentí tan mal por él. Me decía que había decidido irse del pueblo a la ciudad. Huir de su casa. Igual ya nadie lo quería, igual ya todos lo odiaban. Me decía que iba a conseguir un trabajo en la ciudad. Que iba a mandar dinero a la casa de Dulce todos los meses para su tratamiento, sin decir de dónde venía. Que era lo único que podía hacer por ella. Estaba aparentemente decidido, y me preguntaba si yo podía orar por él, si al menos yo podía ser su apoyo ahora que todos lo odiaban.

 

SEGUNDA PARTE:

En ese momento, sentí una gran ternura por David. Quería decirle algo que le diera alivio, su corazón jóven había recibido tantos golpes en tan poco tiempo, y de las personas que más amaba. Quería tele-transportarme mágicamente al pueblo de David, reunir a todo el pueblo en la iglesia, y explicarles lo que había pasado. Quería intervenir, pero sabía que esto era algo que David debía descubrir por sí mismo así que le entregué lo único que tenía, una pequeña frase, y le pedí que prendiera un incienso y meditara la frase, que entre sus líneas se encontraba un secreto, un camino para desenredar cualquier nudo en la vida, y que si lo decifraba, todo iba a cambiar a su favor. Y le dije: JUAN 8:32, las cuatro últimas palabras. David respondió: “Siento en mi corazón que esto es algo de Dios, y obedeceré.”

David, como buen ex-monaguillo, le fue fácil encontrar el evangelio según San Juan en su biblia de primera comunión, y leyó las cuatro últimas palabras: “La verdad os hará libres.” En un primer momento, sintió que eso no le decía nada, pero con obediencia, tomó un palito de incienso del altar de su mamá y la encendió en su cuarto. Se sentó, respiró profundamente, y por unos instantes, el olor a canela del incienso brindó calma a su espíritu, sus problemas no habían desaparecido, pero por un momento sintió un alivio espiritual. Y entonces, repitió: La verdad os hará libres… La verdad os hará libres… La verdad os hará libres…

Cuál es la verdad? ¿Cuál es MI verdad? Mi verdad… mi verdad es que amo a Dulce, por mucho tiempo la he amado, pero ahora más que nunca. Yo lo único que quiero es que Dulce esté bien. “La verdad os hará libres,” volvía a repetir en su mente, y cada vez más sentía que debía confesar a Dulce lo que sentía. David salió de su casa con determinación aunque ya estaba oscureciendo, y se dirigió hacia la casa de Dulce, pero cuando estaba a media cuadra de llegar, sintió mucho miedo:

“¿Qué estoy haciendo? Ella seguramente me odia. Ni siquiera me escuchará.”

Se dió media vuelta y regresó derrotado. Esta vez, la mamá lo esperaba con algo en la mano. Era la bolsa de papel. La mamá se acercó a él con una mirada intensa y le dijo: “Hijo, ¿Por qué escribiste aquí: ‘para el tratamiento de Dulce’? Esta es tu letra, esta es la bolsa en la que tenías el dinero.” David se quedó callado. “Hijo, tu hermano me dió la bolsa de papel, él dice que tu quieres mucho a Dulce.

 

¿Es eso verdad?” Una vez más la frase sonó en su cabeza: “La verdad os hará libres,” y como una explosión, David soltó en llanto, mirando al suelo, la mamá se acercó más a él y le dijo: ”Hijo, hemos cometido un gran error.” El llanto de David se hizo aún mayor, y se tiró a los brazos de su mamá. “No quiero que muera, mamá, no quiero que sufra. La quiero, la quiero mucho mamá. Duele mucho, duele mucho.” Su mamá lo apretaba con lágrimas en los ojos, sorprendida por ver sentimientos tan fuertes en alguien tan pequeño. “Todo va a estar bien, hijito, confía en Dios. Tu Dulce va a estar bien.”

Solo una madre podría haberle dado tanto alivio, con su cabeza enterrada en la tibieza del cuello de su mamá, David desahogó toda su angustia. Luego le contaría a su mamá lo que había hecho, ella había comprendido y le había dicho: “no sé si es correcto o incorrecto, hijo, pero te puedo decir que se debe sentir bien bonito ser amada así como tu quieres a Dulce.” Esa noche, David tomó su bicicleta, aquella que tanto su hermanito Oscar había querido que le prestara y que él nunca quiso compartir, se la puso al lado diciéndole: “Oscar, la bicicleta es tuya… y… gracias.”

A la mañana siguiente, su papá antes de irse al trabajo, entró al cuarto de David y se sentó al lado de su cama. David se hizo el dormido. De pronto sintió un tierno beso en la frente. Cuando abrió los ojos, el papá ya había salido... a David le rodaron lágrimas de alegría por las cienes hasta la almohada. Amaba mucho a su papá y ese beso había curado una gran herida.
“Hoy la señora Ester parte a la ciudad con Dulce para su tratamiento, David… ¿quieres acompañarme a despedirnos de ellas?” preguntó la mamá con cara de complicidad. David sintió muchos nervios. “Mamá, ellas no saben nada, deben estar muy molestas conmigo,” dijo David. “Hijo, lo siento pero yo ya llamé a la señora Ester y le expliqué lo que pasó. Ella entendió, hijo. Ella piensa que tu cariño por Dulce es algo muy tierno. Pero no te preocupes, yo le pedí que no comentara nada con Dulce, que eso te corresponde a ti.”

 David reaccionó aparentemente molesto, pero en el fondo estaba muy aliviado de que la señora Ester ya supiera la verdad y que no lo odiaba. “No puedo ir mamá, lo siento.” Y subió a encerrarse en su cuarto. Primero estuvo por un rato mirando el techo, pero al bajar la mirada, vió la biblia en su cama abierta en el párrafo que había subrayado: “La verdad os hará libres.” Y con un salto de fe, bajó para ir con su mamá. Ella ya había salido. Corrió donde su hermano que estaba en la bicicleta, y le dijo: “Oscar, por favor, me prestas mi… tu bicicleta, es urgente.” “Está bien,” dijo Oscar; y con un extraño entendimiento que volvió a sorprender a David, agregó: “Le dices que se mejore de mi parte.”

Al llegar, la señora Ester y su mamá estaban en la entrada de la casa. El tío de Dulce esperaba en el carro con las maletas. Ya estaban a punto de irse. Armado de valor, se acercó y le dijo: “Señora Ester, quiero pedirle disculpas por lo que hice.” Y sin dejarlo continuar, la señora Ester le dijo abriendo los brazos: “Ven aquí hijo.” Y mientras lo abrazaba fuerte, agregó: “Tienes un corazón de oro.” Luego, el rostro de la señora se puso triste, y continuó: “Y ahora tenemos un problemita con Dulce. Está encerrada en su cuarto con Memo. Ella pensó que el perrito podría venir con nosotras pero es imposible. Ya va casi una hora que está allí y no quiere salir.” “Puedo entrar?” dijo David. “Si claro, hijito. Su cuarto es la única puerta cerrada.”

David no necesitó guía pues Memo lo dirigió con sus ladridos. Tocó la puerta. “Dulce, soy David.” David sintió un repentino movimiento dentro del cuarto, pero no hubo respuesta. Cuando estaba a punto de irse, su expresión de fracaso cambió pues la puerta se abrió. Mientras Memo le olía los tenis, allí estaba, Dulce, con los ojos llorosos, parada al lado de su cama. “Se ve frágil,” pensó David, ”pero es tan hermosa.” “Hola Dulce, vine a despedirme,” dijo David con un tono nervioso. Dulce se sentó en su cama, con expresión de cansancio mientras Memo corría a sus brazos.

“Hola, David,” dijo ella. “No puedo dejarlo con mi tío,” dijo Dulce, mientras abrazaba al perrito con fuerza, “él trabaja todo el tiempo y mi tía también, y el pobre se va a quedar solo todo el día.” “Memo es lo que más quiero, después de mi mamá,” agregó. David de pronto se dio cuenta que en su mente de niña de 10 años, Dulce no había dado importancia a toda la confusión de lo del dinero, que no le importaba esas “cosas de grandes,” que lo único que le interesaba era que su Memo estuviera bien. ¿Cómo explicarle el amor que sentía, a alguien tan pequeña? ¿Cómo expresarle la profundidad de sus sentimientos? Memo se acercó y puso su cabeza sobre el tenis de David. “Le gustas,” mencionó Dulce con una pequeña sonrisa. No importa cuán pequeña, David sintió que esa sonrisa iluminó todo el cuarto; se sentía tan feliz de verla sonreír.

Se agachó para acariciar a Memo, y le dijo. “También quería decirte que si tú me das el honor, yo quiero ser el que cuide de Memo por ti hasta que regreses. Yo te prometo que nunca lo dejaré solo… es decir, cuando esté en la escuela mi mamá lo puede cuidar.” Cuando la miró, la pequeña sonrisa de Dulce se había convertido en una sonrisa gigante. “Se que contigo si estará bien. Claro que te lo dejo. No te hará trabajar mucho, solo le gusta que lo saquen a dar una vuelta en la noche, antes de dormir. Es un buen perro, siempre obedece,” dijo Dulce con notable alegría. Aunque no se notara, el corazón de David estaba explotando de gozo en ese momento, al darse cuenta que podía hacerla tan feliz. Desde ese instante, hacerla feliz se convirtió en su misión, como si fuera su responsabilidad hacer sonreír a Dulce. 

Unos minutos después, la señora Ester y la mamá verían sorprendidas cómo Dulce, y David cargando a Memo, salían de la casa. David dijo: “Mamá,...” su mamá lo interrumpió para decir: “Por supuesto hijo, Memo puede quedarse con nosotros.” “Gracias señora María,” dijo Dulce. “Por supuesto, hija. Cuando regreses después de tu tratamiento, Memo y todos estaremos esperándote.” Agregó, la mamá de David mientras se acercaba a darle un abrazo de despedida. Dulce se acercó a David y cargó a Memo para despedirse, la señora Ester y María se alejaron hacia el carro donde el tío esperaba, para darles privacidad. Dulce le dio un beso en la frente al perrito, y con mucha ternura dijo: “¿Sabes por qué le doy un beso en la frente? Mi abuela siempre lo hacía conmigo y me decía: ‘Un beso en la frente se le da a aquello que tú más amas.’ Adiós, Memo,” dijo con los ojos húmedos, y lo volvió a besar en la frente mientras se lo entregaba a David. “Hasta pronto, no adiós,” dijo David. Y entonces, sintió su corazón acelerarse mucho… algo muy dentro de él lo empujó a hacer esto: suavemente, y con mucha ternura, se inclinó y besó la frente de Dulce. Ella elevó los ojos lentamente y lo miró fijamente; no había necesidad de palabras porque ambos se dijeron tantas cosas con esa mirada.

Mientras el carro se alejaba, David preguntó a su mamá: “¿Cuánto tiempo durará el tratamiento de Dulce, mamá?” “La señora Ester dice que si todo va bien, estarán aquí para mediados de la primavera,” respondió a la mamá. “Mamá,” dijo David con un entusiasmo repentino, ”Si vengo a plantar unas semillas de flores aquí, al lado de su ventana, Dulce las podrá ver todos los días desde su cuarto cuando esté de regreso, seguro que eso le ayudará a sentirse mejor... ¿Qué pasa, mamá?” Los ojos de la señora María se habían llenado de lágrimas. “Nada hijo,” dijo ella aprentándolo contra su cuerpo, “creo que es una hermosa idea.”

Cuando David volvió a escribirme, era para agradecer por la frase que había compartido con él. “Es muy cierto,” escribió, “La verdad hace que uno se sienta libre y feliz, Doctor Ronaldo.” También me contó que Dulce ya había regresado y que estaba bien; que los médicos habían dicho que se iba a curar; que él mismo había leído que ahora más de la mitad de casos de Leucemia se curan; que su hermoso cabello se había caído, pero que sus ojos, seguían siendo los ojos más bellos que había visto.

También me dijo que casi todos los días iba a su casa y jugaban con Memo, que la señora Ester hacía las galletas de canela más ricas del mundo, que las rosas habían crecido en la ventana de Dulce. Yo todo lo leí con gran alegría, pero no estaba preparado para la profunda sabiduría de la última frase del mensaje de David: “Para tener esas rosas, solo una vez necesita semillas. De allí en adelante, solo necesita plantar sus mismas ramitas para obtener más rosas. Las inserta en una papa y las entierra, las papas ayudan a crear las raíces. Pueden ser para siempre, si las cuidas. Una sola semilla, puede crear un gran jardín de rosas, Doctor Ronaldo.” No sé si David lo decía figurativamente, pero me hizo llorar al darme cuenta todo lo que la semilla de amor en el corazón de un jovencito podía originar, un gran jardín eterno de los sentimientos más puros.

Como el efecto de las ondas del agua cuando cae un pequeña piedra en ella, el impulso de amor en el corazón de David tocó a mucha gente, tiene un efecto multiplicador. No solo para los protagonistas, sino también para todos nosotros que ahora conocemos su historia y somos sus testigos.

Queridos y queridas, dejen que ese impulso los lleve a hacer algo por la persona que aman; que el amor sea más fuerte que el temor y que el orgullo. Sigue a tu corazón aunque tu mente no lo comprenda… en cosas del amor, el cerebro es más lento que el corazón. Y si cometes un error al tratar de amar (como le pasó a David), no escapes, mantente fiel a lo que sientes, vive en tu verdad. Recuerda: La verdad os hará libres.

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Comentario por Amilca el mayo 30, 2019 a las 4:48am

Gracias a ti preciosa dama Luli por leerlo y si siempre cuando se comete un error el amor y el perdón son nuestros primeros pasos. Dice el autor mantente fiel a lo que sientes, vive en tu verdad. porque: La verdad os hará libres. Te repongo esas bendiciones.

Comentario por Luli Gámez el mayo 28, 2019 a las 7:50am

Que relato más hermoso y cuantos mensajes contiene.

Me ha conmovido tanto me puso melancólica; pero a la vez una sensación de alivio me conmovió mucho ...sobretodo:” La verdad os hará libres”.

Gracias querido amigo por compartir algo tan conmovedor.

Bendiciones siempre.

Luli

Comentario por Amilca el mayo 28, 2019 a las 4:46am

Agradecido con mi Diocito por esas bendiciones que recibo gracias Nallely Ciertamente, es una historia conmovedora donde se pone a prueba dos grandes amores el del humano en este caso el chavo David por su amor para con Dulce  quien se atrevió a sacrificar su honradez por ofrecer esa ayuda a quien amaba y por otro lado el amor  en Dios que se manifiesta a través de la fe … demostrado que hacer algo por la persona que amamos; nos indica que el amor es más fuerte que el temor y que el orgullo. Gracias por tu comentario preciosa amiga, te reestablezco esas bendiciones…

Comentario por Nallely el mayo 27, 2019 a las 4:39am

Es de los escritos que más me ha gustado, y la reflexión inesperada me cautivo aún más. 

Un amor tan puro muchos creen que sólo se siente a esa edad, pero yo no lo creo así. El amor de verdad es puro a cualquier edad.. SI ya quieres ver por tus intereses o pasar sobre tu sentir por "X" razón, no es amor..

Recibe un fuerte abrazo. Bendiciones. 

Comentario por Amilca el mayo 27, 2019 a las 2:44am

Gracias amiga Dolores luna tu comentario da luz y es bien apropiado..es cierto eso del efecto de la mariposa.... que tengas un buen inicio de semana...

Te repongo ese abrazo  buena amiga... 

Comentario por Dolores luna el mayo 26, 2019 a las 1:09am

Dicen que cuando las alas de una mariposa baten en un lado del planeta el otro lo siente de una forma más fuerte ...así es con los buenos actos ...generan otros.
Precioso escrito amigo querido.

Un abrazo.

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