vidente del camino 01Para alcanzar la paz interior y sentirme verdaderamente pleno tengo que encontrarme a mí mismo, a mi verdadero yo, y una vez hecho, ser fiel a mí mismo, pues, para ser uno fiel a algo, a sí mismo, hay que encontrar primero ese algo que le llene y haga sentirle realizado, feliz.

 

Pero encontrarse a uno mismo, llegar uno a ver a su verdadero yo, ése con cuya actitud se identifica y satisface uno,  no es fácil, no es tan fácil como verse reflejado literalmente en un espejo. Pues el espejo en que uno se refleja de esta forma es el espejo del cuerpo, y yo hablo de otro, del espejo del alma, pero del alma soterrada que uno quiere ser y está oculta y encarcelada en lo más profundo de uno mismo,  ésa que no se atreve a salir pero que en el fondo lo desea con todas sus fuerzas.

 

¿Cuál es el espejo del alma? Suele decirse que los ojos son el espejo del alma, ¿mis ojos? No sé, no puedo ver mis ojos desde mis propios ojos, ¿los demás pueden ver mis ojos, mi alma? No, más que nada porque no es su alma, no la entenderían, además, soy yo quien tiene que encontrarse, ésa es mi misión, y desde luego, ver mis ojos desde el espejo del cuerpo no tiene sentido, no me dicen nada, son unos ojos que no me inspiran nada, si acaso infelicidad porque no ven lo que quieren ver: el reflejo de mi verdadero yo, no un desgraciado y mediocre fantoche.

 

Sin embargo, si es así… ¿qué falla? ¿Puede ser  que esta recóndita alma de la que hablo no es que esté oculta, sino que realmente no existe?

 

Caminé y caminé, y llegó a metérseme el cruel y persistente pensamiento de que no, no existía nada en mi interior, ni siquiera fuera de él, que hiciera sentirme realizado, satisfecho con mi vida, acaso conmigo mismo.

 

Pero un día, aquel día, vi unos ojos profundos y serenos, unos fulgurantes ojos que no eran míos, y en esos ojos de insondables pero ardorosos deseos de amor, veía su alma, y reflejados en ellos me veía a mí, veía a mi soterrada y palpitante alma feliz. Y por fin, cuando el pesimismo se había convertido en crónico y me consumía paulatinamente, la encontré a ella, y habiéndola encontrado, me encontré a mí, a mí mismo, en sus ojos, en su alma, en ella. Eran sus ojos, aquellos ojos de cálido mar sereno, el espejo de mi alma.

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