Hay cosas que, por el contrario,

se rompen más cuando nadie las toca,

como los corazones, por ejemplo.

Y a nosotros que nos enseñaron a no tocar lo valioso, muchos años después nos da miedo enamorarnos.

No nos dijeron que el no atreverse es ese camino sin atajos hacia la soledad.

Y tampoco nos dijeron que en la soledad ni siquiera estaríamos nosotros.

Luego nos dimos cuenta, de las malas decisiones, de los abrazos que no dimos, del no valorarnos lo suficiente, del no querernos ante el espejo:

han sido muchos errores.

Y en la vida no hay receso, continua sin descanso, evoluciona aunque a nosotros no nos interesen los mañanas.

Quizá sea hora de pararse un poco, de que el tiempo nos espere, y saber por qué o cómo, cuándo o con quién, y quiénes somos.

Parece que nos empujen a la vorágine del atropello, a cruzar las calles sin mirar a los lados, a salir de casa en mitad de una guerra que llevamos encima.

No nos demos dos besos de despedida, démonos la fecha para un reencuentro.

Nos hace falta más esperanza que embargos emocionales.

Necesitamos urgentemente otros métodos para proteger lo valioso que no sea alejándonos de ello, ¿si no qué futuro entonces les espera a nuestros corazones?.
Sergio Carrión

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