Victoria se levantó muy temprano. Había pasado mala noche con una pesadilla en la que era perseguida por un hombre a quien ella no veía, pero a quien si tenía miedo, mientras otro hombre, del que tampoco podía ver su rostro, abría los brazos para recibirla. Era la primera vez que soñaba algo así y se despertó bañada en un sudor frío y con la almohada abrazada, igual como había hecho en el sueño con el desconocido que la había apartado del peligro que representaba el otro. Cuando consiguió serenarse se levantó y se dio una larga ducha de agua caliente y al salir del cuarto de baño se sentía como nueva. Su mascota, un Yorkshire terrier enano de ocho años, llamado Óscar, la esperaba impaciente en la puerta del aseo, para recibir su desayuno. Se maquilló muy poco, apenas un poco de color en sus mejillas, carmín beige rosado en unos labios carnosos, pero bien dibujados, y un toque de perfilador negro en sus grandes ojos color miel. Llevaba el abundante cabello, de color castaño, simplemente recogido en una coleta, pero, aún así, estaba bellísima y apenas aparentaba los treinta y cinco que había cumplido el último dieciocho de mayo, y que, a pesar de la insistencia de su amiga Margarita, se había resistido a celebrar ocho meses atrás. Se colocó unos pantalones marrones y un suéter de cuello alto color beige, y como únicas joyas unos pequeños pendientes de oro, a juego con una cadena del mismo metal, de la que colgaba una reproducción en oro de la famosa imagen de perfil de Nefertiti que, siendo un regalo de cumpleaños de su madre, no se lo quitaba desde que se lo puso, unos quince años atrás. Se miró al espejo, pero sin reparar demasiados en su imagen. Hacía siglos que había perdido el interés por su aspecto. Para terminar sacó una americana de lana color marrón del armario, aunque estaban a mediados de enero, pensó que tal vez sería suficiente para volver por la noche a casa, un bolso negro de asa larga y se decidió por unos cómodos zapatos del mismo color y de tacón medio. Terminó aplicándose un par de gotitas de su perfume favorito detrás de ambas orejas y en la parte interna de las muñecas. Por fin, salió de su dormitorio y se encontró con el impaciente can, que la miraba con fijación como diciéndole:”Date prisa, mujer, que estoy hambriento”. Ella le leyó el pensamiento al animalito y agachándose hasta quedar de cuclillas le acarició la cabecita negra como el resto de su lomo que cubría un pelaje mucho más claro que le asomaba en las patitas.
- Ya estoy por ti, Óscar. No seas impaciente, renacuajo. Además, eres un glotón, hace menos de una hora que te di tu golosina, después de venir de hacer tus cosas.-El perro se puso a juguetear con su mano.- Deja que me levante y te pongo agua fresca y pienso crujiente.
El perro pareció entenderle, pues se apartó de ella y salió corriendo en dirección a la cocina ladrando de lo más feliz. Después de hacerse cargo de la alimentación de Óscar, se preparó su propio desayuno, unas tostadas con mantequilla y mermelada de fresa y un café con leche descafeinado. Cuando acabó de desayunar, cogió su chaquetón negro, se lo puso y después cogió el bolso. Fue entonces cuando apareció la diminuta figura de Óscar, de apenas tres kilos, ladrando pues se había “olido” ya que se iba a quedar sólo. Miró al perrito y llevándose el dedo índice a los labios le ordenó que se callase, pero como no le hizo el más mínimo caso le grito enérgicamente:
-¡Cállate, enano. Siéntate! -Fue entonces cuando Óscar se sentó sobre sus pequeños cuartos traseros y bajó la cabeza como entendiendo que se había portado mal.- Buen chico, Óscar, hasta la tarde, mi tesoro.
Volvió a agacharse, le dio otro beso en la cabecita, y luego le tiró su juguete favorito, un pequeño hueso de goma, que conservaba desde cachorro, en dirección contraria a la puerta. El animalito cayó de lleno en la trampa y mientras fue a buscarlo, su dueña salió del pequeño piso de dos habitaciones a toda prisa.
Cuando Vicky estaba buscando en su bolso la llave escuchó como alguien la saludaba por la espalda. Allí estaba la insufrible doña Milagros. La “locutora oficial” de Radio Patio, la “emisora” de aquel edificio y sus aledaños.
- Buenos días, doña Milagros, ¿cómo se encuentra?-Rápidamente, mientras echaba la doble llave en la puerta, se arrepintió de haber formulado aquella, aparente, inocente pregunta de cortesía.
- Pues, igual que siempre, querida, este reuma no me deja ni barrer, ni fregar el suelo, ni los platos. Nada de nada.-se quejó con su habitual voz lastimera, pero descaradamente fingida, como ya sabía todo el barrio.
- “Pero no te duele cuando estas todo el día de pie en el balcón, pendiente de la vida y milagros de los demás” pensó Victoria, pero se mordió la lengua y optó por un comentario mucho más diplomático.-Lamento mucho oír eso, doña Milagros.-dijo, después de decirse a si misma:”Eres una mentirosa, Victoria”.
- Gracias, hija, eres un cielo, querida.- respondió la mujer de pobre cabellera grisácea que intentaba aumentar con una espantosa permanente que, según el criterio de Vicky, probablemente había sido “perpetrada” por el peor enemigo de aquella mujer.
Vicky consultó su reloj de esfera ovalada y se dio cuenta de que como no acabase pronto con aquella conversación, su socia acabaría con ella de un zapatazo en la cabeza. Sistema que aquella solía emplear con los gatos que, atrevidamente se aventuraban a entrar en el local, atraídos por la estatuilla de barro de una preciosa gata persa que Marga se había traído años atrás de un viaje a la Costa Brava.
- Ahora, le pido disculpas, pero he de irme a trabajar. Que tenga un buen día, doña Milagros.-se despidió ya bajando los primeros peldaños de la escalera.
- Tranquila, hija, pronto llegará mi Ambrosio.- dijo la mujer utilizando su mejor tono afligido, que solía poner en práctica cuando la situación lo requería, o sea, siempre que pretendía dar una imagen de “mujer de carácter débil”, que desde luego, no era su caso, como sabía muy bien Vicky, el resto de sus vecinos, y la mitad de la ciudad.- El pobre se ha ofrecido a ir a buscar el pan.
Victoria la oyó cuando ya iba a mitad de la escalera y susurró:
- Don Ambrosio se tiene ganado el cielo, pobre…qué digo, se ha ganado la silla de San Pedro, pobre hombre.
   Cuando llegó al portal, precisamente, don Ambrosio entraba en él desde la calle y, cómo no, con la bolsa del pan. Cuando el hombre la vio sonrió y dijo:
-¿A dónde va lo más bonito del bloque?
Era este un comentario que a Victoria le hubiera molestado si hubiese venido de otro, pero nada que dijese aquel hombre de pelo blanco en el cráneo, sonrisa abierta y bondadosos ojos de un gris resplandeciente, le molestaba. Es más, le consideraba como el abuelo que perdió siendo una niña.
- Pues a trabajar, don Ambrosio, ¿dónde sino?-respondió la mujer con gesto de pesar.-Por lo menos hasta que me toque la Lotería. Claro que, supongo que sería de gran ayuda que comprase el décimo ¿no?
Ambos rieron cómplices.
- Pues si, sería una buena idea, hija mía.-repuso el hombre con su cariñoso semblante.
- Bueno, don Ambrosio, me voy o no llego hoy al trabajo.-dijo Vicky aligerando el paso en dirección a la calle.
- Ay, hija mía, y yo haciéndote perder el tiempo.-se lamentó el anciano de más de setenta años, pero que aún se conservaba bastante bien para su edad.
Victoria, o Vicky, como le gustaba que la llamasen, le sonrió con cariño.
- Usted nunca me hace perder el tiempo, ya sabe que le aprecio mucho, don Ambrosio.- y cuando llegó a su altura, le dio un espontaneo beso en la mejilla.- Y ahora me marcho, que Marga me va a matar si llego tarde.
- Bueno, hija, que no sea por mi culpa. Hasta luego, preciosa niña.
- Espero que no les dé mucha lata hoy el golfo de Óscar.- dijo abriendo ya la puerta exterior de la portería.
- No, si en cuanto se queda sólo se calla.-comentó el bueno de don Ambrosio cuando Vicky ya salía.
-“Será gamberro el enano”, pensó riéndose mientras se montaba en su Renault Megane color granate metalizado de cinco puertas. Antes de ponerlo en marcha encendió un Winston.

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