*Cómo ocuparte de tus asuntos y dejar de inmiscuirte en la vida de los demás*

Según la sabiduría popular:

“el camino del infierno está empedrado

de buenas intenciones”

y en este caso la frase cobra todo el sentido porque en nombre de una supuesta “preocupación por los demás” las personas hacen todo tipo de barbaridades:

atosigar, manipular, emitir amenazas o reprimir.

Preocuparse por los asuntos de los demás, incluso inmiscuirse en ellos, es la típica acción rodeada de buenas intenciones que esconde motivos y consecuencias discutibles.

Dice Byron Katie, en “Amar lo que es”:

“Sólo puedo encontrar tres tipos de asuntos en el universo: los míos, los tuyos y los de Dios. […]

Buena parte de nuestras tensiones proviene de vivir mentalmente fuera de nuestros asuntos.

Cuando pienso: «Necesitas encontrar un trabajo, quiero que seas feliz, deberías ser puntual, necesitas cuidar mejor de ti mismo», me estoy inmiscuyendo en tus asuntos. […]

Pensar que yo sé lo que es mejor para los demás es estar fuera de mis asuntos. Incluso en nombre del amor, es pura arrogancia y el resultado es la tensión, la ansiedad y el miedo.

¿Sé lo que es adecuado para mí?

Ese es mi único asunto.

Permíteme trabajar en eso antes de tratar de resolver tus problemas por ti. [..]

La próxima vez que sientas tensión o incomodidad, pregúntate de quién son los asuntos en los que te ocupas mentalmente, ¡y quizás estalles en carcajadas! Esa pregunta puede devolverte a ti mismo.

Tal vez llegues a descubrir que, en realidad, nunca has estado presente y que te has pasado toda la vida viviendo mentalmente en los asuntos de otras personas.

Sobra decir que preocuparnos por los demás en un grado saludable es bueno.

Los niños necesitan a toda costa nuestros cuidados, los amigos agradecen que les preguntemos por su vida, conviene estar enterados de los problemas de nuestra comunidad por si podemos echar una mano y a cualquier empresario le preocupa resolver los problemas de sus clientes.

Cuando la preocupación es saludable buscamos el bien de la otra persona (no el propio), asumimos que nuestras opiniones son discutibles y pretendemos dar más apoyo que consejos.

Hasta ahí bien.

Sin embargo, hay un tipo de preocupación que se vuelve obsesiva y soberbia.

Obsesiva porque nos pasamos las horas, los días y las semanas, rumiando los asuntos de otras personas

(lo cual es una forma de pensar en bucle inútil e improductiva).

Y soberbia porque pensamos que la solución al problema de tal o cual persona no la va a encontrar ella misma sino que lo haremos nosotros (¡qué casualidad!)

En este artículo vamos a revisar tres motivos por los que es inútil y contraproducente inmiscuirnos en los asuntos de los demás cuando no nos han pedido ayuda. El mero hecho de comprender, profundamente, que esta forma de actuar no trae beneficios a nadie puede abrirnos los ojos para dejar de hacerlo.

Y si en tu caso te sientes atacad@ por personas que no dejan de entrometerse en tu vida y darte consejos que no les has pedido te recomiendo tres cosas:

paciencia


Poner límites ...
Prestar atención a tu comportamiento porque si has vivido con personas entrometidas o que te repetían en todo momento “lo mucho que se preocupaban por ti” es más que probable que tú tiendas a hacer lo mismo con los demás… aunque sea sin darte cuenta.

¿Quieres saber por qué es inútil y dañino entrometerte en los asuntos de los demás

(cuando no te lo han pedido)?

1. El círculo de influencia y el círculo de

preocupación de Stephen Covey:

Stephen Covey, en su libro

“Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas”

 

El círculo de influencia comprende todo aquello que está bajo nuestro control directo, sobre lo que podemos influir: nuestros pensamientos, errores, comportamientos, cuerpo físico, ideas, etc.

El círculo de preocupación está conformado por todas esas cosas que nos preocupan pero sobre las que no tenemos influencia directa:

básicamente lo que sienten y hacen los demás, lo que pasa en el mundo, los asuntos sociales o catástrofes naturales.

Covey hace una distinción clara entre las personas proactivas y las reactivas. Las primeras centran la mayor parte de sus esfuerzos en el círculo de infuencia, es decir, en las cosas sobre las que pueden hacer algo. Su energía es positiva y va creciendo con el tiempo, porque producen cambios visibles en su vida y en las de los demás.

Las personas reactivas, por el contrario, pasan la mayor parte del tiempo “ahogadas” en el círculo de preocupación: los defectos de otras personas, los problemas políticos, las opiniones ajenas, el hundimiento de la bolsa, las decisiones que toman otros…

Dedicar tanta energía a asuntos sobre los que no tienen ningún margen de acción las deja desvitalizadas, agobiadas, impotentes, eso por no hablar de los conflictos que se generan con las personas a las cuales quieren controlar.

Si reconoces que te preocupas demasiado por cosas que están fuera de tu zona de influencia, lo primero que has de ver con claridad es que todo este tiempo y esfuerzo invertido es inútil. La realidad no cambia por mucho que pensemos en que nos gustaría que fuera diferente. Y tampoco podemos cambiar a alguien por mucho que nos duela su situación.

Entiendo que tener un pariente con anorexia, o con adicción a ciertas sustancias, o maltratad@ sin que se dé cuenta tiene que ser muy duro, pero por mucho que nos preocupemos por él/ella en la soledad de nuestro dormitorio no estamos cambiando nada.

Hasta que una persona se decide a cambiar, no cambia. Da igual que haya un millón “preocupándose” por ella en algún lugar.

Esto que puede ser duro, a la vez es justo.

A nadie le han concedido el poder de controlar la voluntad ajena y está muy bien que así sea.

Para bien y para mal cada uno tenemos nuestra vida, siendo responsabilidad nuestra y sólo nuestra el darle el mejor uso posible.

2. ¿De verdad eres quién para dar lecciones?

La preocupación por los demás puede ser un buen recurso para enmascarar asuntos urgentes a los que no queremos, o nos da miedo, prestar atención.

A veces se da la paradoja de que personas con conflictos serios ponen el foco en solucionar los problemas de los demás.

De esta manera se “distraen” de sus propios problemas con una excusa poderosa.

Es el caso de muchos padres que se preocupan obsesivamente de sus hijos cuando su matrimonio, su actitud en el trabajo o su salud mental están en un punto crítico.

Y es que, claro, es mucho más fácil decir a los hijos lo que deberían estudiar, los amigos que tienen que tener, o quién es una pareja permisible que hacer uno mismo balance de su realidad y mejorar como persona.

Cambiar la PROPIA forma de pensar y actuar es un auténtico desafío… un camino sólo para valientes… de ahí que prefiramos mirar hacia otro lado y dedicarnos a los problemas ajenos, que es más entretenido y no exige tanto esfuerzo.

Como es mucho más fácil dar órdenes y consejos que auto-aplicarlos, tenemos hordas de personas que con el pretexto de la preocupación se inmiscuyen de forma descarada y poco respetuosa en los asuntos de los demás.

Y por si esto no fuera suficiente disparate, esas personas “falsamente preocupadas” se permiten decir que lo hacen “por el bien” del otro.

Cuando la verdad es que juzgar lo que hacen otras personas, entrometernos en sus asuntos con la excusa de “sólo me preocupo por ti” y encima exigirles agradecimiento, es una cosa que origina dolor y conflicto a raudales.

(Ahora mismo me estoy acordando del libro más duro que he leído en toda mi vida que se titula “Por tu propio bien” de Alice Miller. La autora desgrana el engaño que hay detrás de la pedagogía venenosa, el “te lastimo, pero es por tu bien”, que no sólo no hace ningún bien sino que es el origen del mal y la perversión. En fin, algún día hablaré de ese libro y otros similares, pero mientras sigamos con nuestro tema).

Los consejos y la ayuda pueden ser más que bienvenidos cuando se piden, pero que alguien se inmiscuya sin permiso en nuestra decisiones y se permita decirnos “lo que debemos hacer”, no conozco a nadie que lo soporte.

Más cuando quien se entromete también tiene sus propios problemas que no le apetece solucionar.

En resumen: la próxima vez que te estés preocupando en exceso por una persona quizás sea una señal de que algo en tu propia casa no anda tan bien como creías.

Como he dicho más arriba, la preocupación es una excusa perfecta para no ver algunas verdades incómodas que nos atañen.

Ser responsables y maduros es empezar a solucionar los problemas del mundo por donde nos pilla más cerca: nosotr@s mism@s.

3. Cómo minar la confianza de una persona

(y hacerla dependiente)

Aparte de lo que ya se ha dicho, cuando te preocupas en exceso por alguien y te crees en posesión de la verdad sobre su vida, incluso aunque tengas razón, le estás haciendo algo muy nocivo a largo plazo:

minar su confianza.

Cuando ordenas o sugieres a alguien que haga algo, en vez de dejarle experimentar por su cuenta

(y que se equivoque, llegado el caso) estás bloqueando su capacidad para resolver problemas.

No hay manera más eficaz de crear un ser dependiente que decirle todo el rato lo que “debe” hacer y solucionar sus problemas nada más aparezcan.

Me cuentan que ahora en la universidad van los padres a hablar con los profesores de sus hijos cuando hay alguna calificación con la que no están de acuerdo ¡Los padres, en la universidad!

¡Hablando por chicos de 20 años!

¿Que será lo siguiente, que hagan los padres las entrevistas de trabajo?

Algo estamos haciendo muy mal con este afán “sobreprotector” (lo pongo entre comillas porque para mí eso no es proteger, sino crear una persona débil y desprotegida).

Es un despropósito “preocuparse” tanto por alguien como para no dejarle equivocarse y valerse por sí mismo. Además, es un comportamiento controlador que lanza el mensaje subliminal de “menos mal que estoy yo aquí, porque tú solo no puedes hacerlo“.

Si esto no es minar la seguridad y la autoestima…

Es hora de ver esta intromisión en las vidas ajenas como lo que verdaderamente es: un ataque a la integridad y al sentimiento de valía personal.

Cada uno de nosotros poseemos todas las respuestas que necesitamos en la vida. Todas.

Quizás tardemos meses, o años, en llegar a ellas, pero están ahí, dentro de nosotros y no fuera. Lo mejor que puede hacer alguien por amor es es ayudarnos a llegar a estas respuestas, no “prestarnos” o imponernos las suyas propias.

Últimas palabras

Una manera de cambiar el mundo para bien es preocuparnos mayoritariamente de lo que está en nuestra mano y hacer por mejorarlo. Las vidas de otras personas no lo están.

Es cierto que las rozamos, que influimos en ellas, que a veces hay una fusión total, pero siempre hay un límite personal que no podemos, ni debemos, transgredir.

Por ello, lo mejor que podríamos hacer por los que nos rodean es ocuparnos con madurez de nuestros asuntos. Respetar sus decisiones y estar ahí por si nos necesitan, poco más.

Por ello, si quieres mejorar la autoestima de tus hijos, trabaja primero tu sombra y tu propia autoestima. Tu comportamiento hablará por ti más que tus “lecciones” y palabras.

Si quieres enseñar a otros a brillar, brilla tú primero. Enfréntate a esos miedos y culpas derivados del éxito y sólo entonces tendrás una experiencia personal que compartir.

En vez de querer resolver los problemas de otros, resuelve primero los tuyos y luego enséñales a esos otros la manera de hacerlo, pero no lo hagas por ellos.

Tomando las palabras de Stephen Covey:

Si realmente quiero mejorar una situación, puedo trabajar en lo único sobre lo que tengo control: yo mismo.

Puedo dejar de pretender cambiar a mi esposa y trabajar sobre mis propios defectos. Puedo centrarme en ser un gran esposo, una fuente de amor y apoyo incondicionales.

Con suerte, mi esposa sentirá el poder del ejemplo proactivo y responderá con la misma moneda.

Pero, lo haga o no, el modo más positivo en que yo puedo influir en mi situación consiste en trabajar sobre mí mismo, sobre mi ser.

Espero que este artículo, aunque haya dolido un poquito (a mí me ha resultado arduo escribirlo, también me he visto reflejada en ese “querer resolver la vida a los demás”) sea un disparador para un cambio de conciencia.

Ocupémonos prioritariamente de nuestros asuntos… Y tengamos confianza en que cada uno sabe, o encontrará en el futuro, la mejor forma de resolver los suyos.

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