Sigmund Freud

AMORES INSÍPIDOS

Hay amores que son como un huevo sin sal:

desabridos.

Puede que el sentimiento exista,

pero no se ve ni se siente.

Se intuye,

se presiente,

pero no se evidencia.

No aparece.

Solo recorre, discreto y fantasmal,

la periferia

de alguna piel deseosa

de experimentar la bendición de las caricias.

Un amor aséptico

no necesita una cama, sino un quirófano.

Es una flor cerrada

que se ahoga en su perfume.

Un capullo de clima caliente en clima frío.

El amor requiere aire despejado,

largas primaveras

y buena temperatura ambiente.

De no ser así,

se arruga,

se repliega sobre sí mismo y envejece.

El impulso afectivo

debe moverse con libertad

para no morir.

Y no me refiero al sentir desbocado

que lastima y enloquece,

sino a la candela

que necesita el amor para mantenerse vivo.

Un afecto timorato,

amansado y moldeado

por el hipercontrol,

se parece más a un ordenador

que a un ser humano.

No debería extrañarnos

que el primitivo

y encantador lenguaje afectivo

llegue a ser reemplazado

por uno mucho más aburrido y reflexivo.

Por ejemplo:

“Caramba… Caramba…Creo que mi activación interna y las manifestaciones de mi musculatura estriada me indican que estoy llegando al clímax…”.

El beso espontáneo, apasionado y devorador que ha caracterizado a los Rodolfo Valentino de este siglo, podría ser sustituido por una higiénica invitación al roce bucal:

“Discúlpame…

no quiero ofenderte ni pasar por atrevido… pero te invito a que intercambiemos nuestros respectivos alientos…”.

La racionalidad es la peor enemiga de la pasión.

Las personas que han hecho de la mesura sentimental una especie de virtud constipada, no solamente frustran a su compañero o compañera, sino que se autoproclaman en directores espirituales del buen comportamiento.

Una cosa es el pudor natural que acompaña la experiencia amorosa, y otra muy distinta, la fobia a sentir.

Es verdad que la ética del amor requiere una buena dosis de responsabilidad, pero también es cierto que el bloqueo indiscriminado del afecto destruye cualquier vínculo.

“Para qué decirle que la quiero, si ella ya lo sabe”, decía un señor aterrado ante la posibilidad de contemplar a su  mujer.

Pero el cariño nunca sobra. El acto de amar no conoce redundancias. Un “te recontraquiero” es mucho más seductor y placentero que un “te quiero” a secas.

El escueto y tradicional “buen día” se magnifica cuando lo acompañamos de un abrazo y un pico mañanero.

Un pellizcón al atardecer puede ser el preludio de las mil y una noches.

Sacar espinillas, peinar canas, jugar con los dedos del otro, susurrar, murmurar, suspirar cara a cara y sobar, son notificaciones y recordatorios de que la relación está viva.

Es preferible un amor barroco, con mayúsculas y letras góticas, a un afecto postmoderno, mezquino y de letra menuda.

Una buena relación no permite la duda afectiva.

Cuando el sentimiento vale la pena, es tangible, incuestionable y casi axiomático.

No pasa desapercibido porque las miradas casi siempre nos delatan.

Es muy claro: si la persona que dice amarme vive “confundida” y me acaricia cada muerte de obispo, la cosa está grave.

Puede que me aprecie bastante, pero no creo que me ame.

¿Cuándo fue la última vez que te desmadejaste en los brazos de la persona amada?

¿Hace cuánto que no amaneces encalambrado, retorcido, anudado con las piernas del otro, sin almohadas y con tortícolis?

El bienestar afectivo no es otra cosa que cariño al por mayor. Ese es el secreto: dejar salir el amor por los cuatro costados (en realidad son seis) hasta inundar la persona que amas. Lo demás viene por añadidura.

El ímpetu amoroso no puede silenciarse.

Cuando se dispara, el organismo no cabe en su pellejo, lo implícito se hace explícito y el cuerpo, incontenible, se desborda en imprudencias.

Y es precisamente ahí, entre el cataclismo hormonal y la comunión de dos, que el amor comienza a saborearse.
Walter Riso.

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