“Nunca te vi, siempre te amé” (1987). Título original: 84 Charing Cross Road. David Hugh Jones.

Actualmente, siendo tan inmediata y fácil la comunicación por internet, esta hermosa historia podría repetirse en muchas veces y en muchos lugares del mundo.

La acción se desarrolla a principios de la década de 1940.

Érase una vez un hombre (Anthony Hopkins) y una mujer (Anne Bancroft), maduritos. Ambos amaban profundamente los libros: los clasificaban, los ponían en orden, les sacudían el polvo…

El caballero, de aproximadamente cincuenta y cinco años de edad, solía vestir de traje oscuro y usaba sombrero. Vivía en Londres, donde trabajaba en una gran librería.

Su esposa había fallecido hacía seis años. No tuvieron hijos. Ahora estaba solo.

La dama de nuestra historia era una mujer también solitaria, de unos cincuenta años de edad. Vestía de manera elegante y sencilla. Era gerente de una gran librería en Nueva York.

Frecuentemente, como parte de su trabajo en la librería, ella recurría a los libreros y editores europeos para obtener algún ejemplar raro, para lo cual escribía cartas en elegante caligrafía.

En una ocasión, el caballero recibió una de sus cartas, en la cual solicitaba información acerca de un libro que en Estados Unidos era imposible encontrar. Leyó la carta y se dio cuenta de que no era tarea fácil, pero él gustaba de esa clase de retos, ya que eso era casi lo único que le daba atractivo a su vida.

Revisó cada uno de los catálogos infructuosamente. Buscaba afanosamente en su memoria y no lograba solucionar el problema. Leyó la carta un sinnúmero de veces.

Aquella caligrafía… Era indudablemente femenina, de rasgos delicados, pero a la vez firmes. ¿Cómo sería aquella mujer?

Decidió escribirle para informarle de sus pesquisas hasta el momento infructuosas; ya duraba una semana su búsqueda.

De tal manera que el lunes a primera hora nuestro personaje escribió una segunda carta a la dama neoyorquina para darle la noticia: un amigo tenía el libro y estaba dispuesto a cedérselo.

Así que la mujer se puso feliz con las buenas nuevas, pues su cliente era muy insistente y pasaba por la librería varias veces a la semana para enterarse de cómo iban las cosas en torno a su pedido.

Contestó inmediatamente aquella carta con mayor entusiasmo que el de su colega de ultramar: “Por supuesto, estamos dispuestos a pagar el precio del libro. ¿Cómo agradecerle tan invaluable servicio?”

La dama se expresaba con desenvoltura y de una forma un tanto familiar, sin dejar de ser formal. Por lo que el caballero se atrevió a comentarle que su caligrafía era muy bella, muy elegante, muy femenina. Le confió que se preguntaba cómo sería una mujer que escribía de aquella forma y que atendía a sus clientes con tanta solicitud.

Cuando leyó aquellas líneas, la mujer sonrió y también se preguntó a sí misma qué aspecto tendría su amable colega.

Lo pensó un par de días y finalmente se decidió a redactar una carta para contarle que los libros eran su pasión desde niña; siempre había estado rodeada de libros. Había leído a Shakespeare, a Tolstoi, a Óscar Wilde… Le preguntó quiénes eran sus autores favoritos… Le dijo que siempre había soñado con conocer Londres… Le pidió que le describiera tan bella ciudad…

Él contestó a esa carta el mismo día que la recibió, pero ahora se sentó a escribir en su departamento, después de cenar; ya no lo hizo en su oficina como en las ocasiones anteriores. Ahora buscó en su biblioteca personal a sus poetas favoritos y citó para ella algunos fragmentos selectos de bellos, emotivos poemas.

Ella se puso muy feliz al leer tan hermosa carta. Igualmente le escribió por la noche y releyó antiguos libros de poesía olvidados de su juventud para citarle sus fragmentos preferidos.

Así se inició una bella amistad. Cuando transcurrían suficientes días como para esperar una respuesta, ambos revisaban sus respectivos buzones.

Después de intercambiar varias cartas, dejaron de esperar la respuesta a la anterior para volver a escribir. Cuando les ocurría algún incidente divertido o tenían una conversación o idea que les parecía suficientemente interesante, se ponían a escribir por las noches.

Ahora la revisión del buzón era cotidiana. Los preparativos para ponerse a escribir empezaban en la compra semanal. Cada cual adquirió papel y sobres especiales, cuidadosamente seleccionados en la papelería. La hora de leer y escribir cartas se convirtió en un ritual para ambos.

Para la cena, ella encendía velas sobre la mesa y se servía una copa de vino. Una plácida sonrisa se dibujaba en su rostro. Él descorchaba una botella de una cosecha muy especial, la cual estaba olvidada en un mueble de la sala, e igualmente sonreía mientras tomaba la cena.

Ambos empezaron a ser más amistosos con sus compañeros de trabajo, con sus vecinos, con el vendedor del periódico…

Ella se compró un vestido nuevo de gasa con colores pastel y un sombrero casi juvenil, en comparación con el que usaba casi a diario. Él revisó su armario y sacó sus corbatas de seda; ahora empezó a usarlas para ir a trabajar. Hacía seis años que se vestía casi con los mismos trajes: se compró dos nuevos.

Ahora él le resolvía todas sus dudas bibliográficas; no recurrió más a otros servicios de consultoría en la materia. Y ella lo mantenía informado de las novedades editoriales estadounidenses. Los clientes de ambos vieron sumamente mejorados los servicios de sus respectivas librerías.

Ahora ella hacía caminatas por Nueva York con una sonrisa esbozada en el rostro y le describía la llegada de la primavera: los árboles, los pájaros, las flores, los niños con sus ropas de vivos colores, el atardecer. Le contaba que asistió a un maravilloso concierto de la orquesta sinfónica, que escuchó embelesada a Bach, a Brahms…

Fueron varios años de intensa comunicación, solicitud de consejos, confidencias de la vida pasada, de las desilusiones. Le contó que estuvo enamorada de un hombre que se casó con otra mujer…

Se desató la Segunda Guerra Mundial.

Ella recibió una carta con alarmantes noticias. Bombardeos aquí y allá. Nada era seguro.

Cuatro meses sin una carta.

Por fin, un día, un sobre arrugado y sucio en su buzón. “Tenemos un refugio antiaéreo” le informaba. Puedes escribirme a esta dirección.

La película sigue...Ojalá este comienzo les interese a tod@ y les vengan ganas de ver la película. FIN DE MI PARTE

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La puse a descargar. 

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